La historia cuenta que en la nao capitana, la Santa María, desde donde Cristóbal Colón comandaba, viajaban algunos gallegos. No eran muchos, pero la nave, llamada también La Gallega, parecía llevar en sus adentros el ruido de una costa remota. Eran hombres de mar y de silencio, tripulantes que conocían el Atlántico no por devoción, sino por hábito.
Imagino que, en las noches del primer viaje, cuando el océano era una página en blanco y el nuevo mundo aún no había sido nombrado, esos gallegos se reunían en la cubierta, mirando el horizonte haciéndose preguntas sin respuesta. Quizás hablaban en voz baja, con ese acento que parece hecho de elegancia y viento; quizás recordaban Lugo, Pontevedra, o algún puerto donde la gaita sonaba como un animal antiguo.
Uno de ellos, quizás, llevaba en el bolsillo una pequeña estampa de su madre. Otro conservaba un trozo de madera de un barco anterior, como un amuleto. Y todos, sin saberlo, estaban inaugurando una historia que no les pertenecía, pero que los necesitaba: la historia del Nuevo Mundo.
La Santa María avanzaba, y con ella avanzaba Galicia, como si la tierra entera se hubiese embarcado en secreto. Porque cada marinero lleva su terruño en la mirada; y la travesía, con el tiempo, se tornaría en exilio.
Ellos no lo sabían, América tampoco.
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