Hace ya bastante tiempo, si acaso lo suficiente para no recordar cuando fue que después de dos años de estudiar filosofía en el Colegio de la Ciudad de Puebla, bajo la improbable tutela de un filósofo catalán cuyo nombre he olvidado —olvido que acaso sea una forma involuntaria de filosofía—, me convertí en platónico.
No fue una conversión religiosa, aunque tuvo algo de fe. Comprendí entonces que Platón había cometido la audacia de dividir la realidad en dos: de un lado, el mundo perfecto de las Ideas; del otro, este mundo visible, cambiante y sospechoso, que los hombres habitamos como quien ocupa provisoriamente una casa ajena.
Las cosas que vemos, aprendí, no son sino pobres aproximaciones de otras cosas que no vemos. Un caballo concreto envejece, enferma y muere; pero la Idea de caballo permanece, intacta, en alguna región que no alcanzan los sentidos. Lo mismo ocurre con la belleza, la justicia, el círculo, la verdad. Todo cuanto existe parece ser una copia; lo verdadero sería aquello de lo cual ignoramos hasta la forma.
Durante mucho tiempo encontré en esa doctrina una explicación satisfactoria del mundo. Me consolaba pensar que detrás de cada objeto había otro objeto secreto, detrás de cada hombre un hombre ideal, detrás de cada amor una forma perfecta del amor que nuestras pobres vidas apenas consiguen imitar.
Con los años comprendí que el platonismo tiene una consecuencia más inquietante: quizá nuestra vida entera consista en confundir las copias con los originales.
Recordamos una casa y creemos recordar la casa; amamos a una persona y suponemos que amamos a la persona; perseguimos una idea de justicia, de belleza o de felicidad sin sospechar que tal vez hemos visto apenas sus sombras. Vivimos, acaso, en una interminable caverna donde las sombras han adquirido tanta precisión que ya no necesitamos el mundo exterior.
A veces pienso en aquel filósofo catalán cuyo nombre no recuerdo. Tal vez nunca existió. Tal vez fue una invención de mi memoria, una figura necesaria para justificar aquella antigua conversión. Si fuera así, su inexistencia no disminuiría su influencia: habría enseñado filosofía sin haber existido, que es una forma particularmente pura de enseñar.
Quizá ésa sea la última paradoja del platonismo: llegar a comprender que las Ideas son eternas y que nosotros, sus imperfectos habitantes, somos apenas recuerdos de algo que nunca hemos visto.
Y sin embargo seguimos buscando.
Tal vez porque, en algún lugar, existe la Idea perfecta de aquello que llamamos vida. O tal vez porque toda vida no es más que la nostalgia de una Idea que jamás nos fue concedida.
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