El funeral de los cuervos

El funeral de los cuervos

Ema UB

23/08/2026

—¡Arrendajos! ¡Arrendajos! ¡Arrendajos! ¡Solo arrendajos volando alrededor!

—¡A callar! No son arrendajos, son cuervos. Sus ojos negros y profundos nos observan con curiosidad, y ese plumaje negro obsidiana parece reflejar nuestros miedos más recónditos, esos que no terminamos de conocer. En este momento, seguramente planean sacarnos los ojos y devorar nuestros sesos, tal como hacían con los cadáveres de guerra que empalaban los bárbaros y dejaban a la buena de Dios en los campos. De entre todas las aves creadas por el Creador, es el cuervo la que mayor curiosidad siente por los hábitos humanos, y quisiera no saber por qué, pero lo sé.

En épocas de guerra, surcan los cielos observando con fascinación las diversas formas que tenemos para matarnos. En épocas de duelo, se posan en los jardines de las salas de velación y crematorios; observan en silencio a aquellos que lloran, pero le prestan mayor atención al cadáver helado que descansa en el ataúd; lo contemplan como si estuvieran dotados de un extraño poder, como si pudieran hablar con los muertos. En épocas de agonía, circundan las ventanas de las habitaciones de los moribundos, golpean con sus picos los cristales y graznan extasiados, como si fueran capaces de observar a la misma Muerte susurrándole al oído a esa gente.

En épocas de tristeza, se posan a las orillas del escritorio del poeta; recitan estrofas que solo el versado puede entender, mientras leen con inquietud los versos recién nacidos de aquella pluma adolorida. Graznan al leer, gritan y hasta se ríen, porque ellos no conocen de las desesperaciones nacidas del amor. En épocas de sosiego, vuelan en las alturas de los bosques elevando declamaciones al Dios del viento, le cuentan lo que han presenciado y murmuran oraciones para sosegar la maldad.

Aquel día, el cuervo más viejo de la parvada volaba lentamente; las ráfagas de viento le herían las alas y sus oraciones ya no eran escuchadas, porque la corrupción de los tiempos ya no era la misma de ayer: se había acumulado en el aire y la pureza de las almas humanas estaba casi extinta. La fuente de toda vida espiritual se agotaba, y la presencia de los cuervos en el mundo de los vivos desaparecía. Fue entonces cuando algunos graznidos hicieron eco en el aire y, a lo lejos, se pudo observar una pequeña mancha oscura que se debatía en el horizonte. La última parvada se hacía ver y, mientras marchaban con rumbo al Norte, los últimos seres conscientes lloraban su partida.

Volaban hacia el norte, hacia donde partió el cuervo más viejo, cuyas palabras hicieron eco en los corazones de los últimos supervivientes. Antes de emprender el vuelo, les preguntó: «¿Qué es lo que hace al hombre un hombre y qué es lo que hace al cuervo un cuervo? ¿Se trata solo del cuerpo o quizá del espíritu?».

«Las almas, eso es lo que hay que salvar», se decían entre ellos mientras graznaban y caminaban por los estrechos pasillos de los cementerios. «Las almas, eso es lo que se debe salvar». Pero los hombres se contaminan entre sí, haciendo de su tarea una misión difícil, casi imposible. Y ahora, cuando los tiempos se deslizan entre los trazos de los poemas que nadie escribió y que ella traza con su último aliento, el tiempo se acabó. Acabó súbitamente.

Se colocó el velo, tomó la pluma del viejo cuervo, la impregnó con su sangre fresca y escribió la última sentencia:

«Allí están, curiosos, callados. Sus ojos negros y profundos no me observan a mí: observan mi alma y esperan con ansias que esta abandone mi cuerpo para por fin devorarla y darle la paz que en vida no le pude dar. No hay miedo en mi corazón; sin embargo, la falta de tiempo me destroza. Ya no puedo escribir más porque la sangre que corre por mis venas se agotó. Ya no puedo advertir ni profetizar lo que ocurrirá, porque ahora solo falta un acto final: su funeral, el funeral que solo los cuervos pueden celebrar».



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