
Hay frases que, por repetidas, han dejado de necesitar explicación. Todo el mundo lo hace. Todo el mundo lo sabe.
La primera parece una confesión; la segunda, una absolución.
Quizá la civilización consista en eso: en construir cuidadosamente aquello que todos saben que no es cierto, para poder vivir como si lo fuera. Hay secretos que no necesitan ser ocultados porque pertenecen a todos. Se los guarda con la misma naturalidad con que se guarda una llave en el bolsillo: no porque alguien pueda verla, sino porque nadie pregunta.
«Todo el mundo lo hace», decimos cuando queremos convertir una falta en costumbre. «Todo el mundo lo sabe», cuando pretendemos que el conocimiento compartido nos exima de la responsabilidad de decirlo. Entre ambas frases hay una curiosa forma de complicidad. Nadie acusa a nadie porque la acusación, de algún modo, alcanzaría también al acusador.
Pienso que los hombres hemos inventado el eufemismo para no tener que inventar una mentira nueva cada mañana. Cambiamos las palabras, conservamos los hechos. Llamamos prudencia al miedo, experiencia a la resignación, cortesía al silencio y normalidad a aquello que, si lo miráramos demasiado tiempo, nos resultaría intolerable.
Los antiguos tenían dioses para explicar lo inexplicable. Nosotros tenemos estadísticas, costumbres y frases hechas.
Hay, sin embargo, algo inquietante en ese «todo el mundo». Porque todo el mundo es una ficción. No existe. Es una multitud imaginaria que invocamos cuando queremos diluir nuestra propia singularidad. Si todos lo hacen, yo no soy culpable. Si todos lo saben, yo no soy responsable. El anonimato de la mayoría es una de las formas más antiguas de la inocencia.
Tal vez por eso las grandes verdades suelen comenzar con una voz solitaria que dice algo que todos ya sabían.
Y entonces ocurre el pequeño milagro: aquello que era evidente se vuelve, por haber sido pronunciado, verdadero.
Quizá la historia no sea más que la sucesión de esos instantes: alguien dice en voz alta lo que todos sabían y nadie quería decir.
Después, naturalmente, todos recuerdan haberlo sabido desde siempre.
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