Las madrugadas en que no encuentro el sueño, como si un ser inteligente y extracorpóreo se empeñara en evitarlo, me hacen mirar una, dos y hasta más veces el reloj digital. Al rato vuelvo a mirarlo de reojo, y las horas se desgranan como mazorcas de un maíz que no alimenta. Entonces decido no dormir. Pero ocurre algo extraño, ajeno a la desesperación. Mi cerebro comienza a tejer historias: las inventa, las recrea, les concede una belleza que durante el día quizá no tendrían; luego las vuelve a escribir, las deshace, las transforma. Y cuando la mañana entra por la ventana, a pesar de haber permanecido despierto, ya he olvidado aquellas creaciones, como si las hubiera soñado.
Un amigo, José, con quien suelo discutir asuntos ajenos al mundo de lo cotidiano, me dice siempre: «La conciencia de nuestra ignorancia podría ser una de las formas más elevadas del conocimiento». Y estoy empezando a darle la razón.
Una madrugada de insomnio insoportable ocurrió algo que todavía no sé cómo nombrar. No llegué a dormir, o al menos eso creo, pero algo en mí se permitió ser un sueño. Imaginé que caminaba por la calle central de un pueblo de Sevilla, España, donde nunca había estado. A la entrada había un letrero salpicado de barro. Decía: Torbiscal. La calle principal estaba en ruinas. Las casas que todavía conservaban el aspecto de antiguas viviendas eran todas blancas y contrastaban con una iglesita destartalada, como si alguien hubiera abandonado allí una memoria que el tiempo no hubiera terminado de borrar. Todo parecía una imagen caprichosa, exhibiendo un lugar inexistente. Sin embargo, yo tenía una extraña certeza: aquel pueblo existiría mientras yo lo imaginara.
La luz del sol, al colarse por los bordes de la cortina, me devolvió a la realidad. Me levanté. El ajetreo de la ducha caliente y el esfuerzo de estirar mis huesos cansados —como si la noche hubiera sido de juerga— consiguieron que olvidara, por un momento, aquel pueblucho fantasma.
Después revisé mi correo. Había un mensaje de José. Lo abrí.
«Hermano —comenzaba—, estoy de vacaciones en Sevilla y visité un pueblito fantasma. Tiene tres habitantes, pero está en ruinas. Es una maravilla estar en esta ruta. El pueblo se llama Torbiscal. Pronto te contaré su historia». Y se despedía.
Volví a leer el texto. Luego miré por la ventana. Durante unos segundos tuve la sensación absurda de que el pueblo no estaba en Sevilla, sino en algún lugar más difícil de localizar: el territorio donde la memoria, el sueño y la realidad parecen confundirse. Quizá lo más inquietante no sea haber percibido un lugar desconocido. Creo que lo verdaderamente inquietante es que, antes de conocerlo, ya lo recordaba, y en plena vigilia.
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