¿Por qué, Mary, por qué?
Tú eres la verdadera mente detrás de mi miseria. Me diste la vida, pero te olvidaste de darme un lugar donde guardarla. ¿Por qué me hiciste tan feo? Me diste una fealdad que espanta y no logro comprender qué costura de tu mente decidió que mi piel debía transparentar las arterias y que mis ojos debían parecer dos pozos de agua estancada.
¿Por qué, Mary, me implantaste esta maldita necesidad de amigos? ¿Para qué me diste un corazón que late con la urgencia de ser abrazado? Hubiera preferido la mente de un lobo o la indiferencia de una serpiente o, mejor aún, si me ibas a condenar al rechazo, ¿por qué no me hiciste de piedra?
¿Por qué, Mary, me diste unos ojos capaces de percibir la belleza de los demás y solo me sirven para llorar por la ausencia de la mía? Tú me hiciste humano en el deseo y un monstruo en el espejo.
¿Por qué Mary, inventaste el amor si ibas a dejarme tan solo? ¿Por qué me negaste una compañera? ¿Tanto miedo tenías de que dos monstruos pudieran hallar la paz en los márgenes de tu mundo?
Tengo más preguntas para ti, Mary, ahora que el hielo cruje bajo mis pies: ¿Por qué me diste el don de la lectura? ¿Por qué permitiste que encontrara El paraíso perdido? Adán tenía a su Dios, e incluso Satanás tenía a sus ángeles caídos en el infierno. Yo no tengo iguales. Ando solo y perdido en un mundo que me expulsa. Un mundo ajeno donde me siento extranjero. Un mundo amargo en que mis oídos solo escuchan a los niños gritar de terror en cuanto me ven.
Me diste la fuerza de un gigante y la fragilidad de un niño asustado, ¿por qué, Mary, por qué?
Aquí estoy, en el fin del mundo, contemplando las estrellas fijas sobre el hielo, esperando tus respuestas, mi amada Mary.
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