Fernando, el hombre oblicuo.

En el tablero del mundo, la mayoría de los hombres se desplaza como torres o peones: en línea recta, con la obstinación de quien cree que el destino es una avenida. Fernando, en cambio, era un alfil. No metafóricamente: lo era con la precisión de quien ha comprendido que la única verdad posible se escribe en diagonal.

Lo vi por primera vez en el Club de Ajedrez de la calle Maipú, una tarde en que el aire olía a madera antigua y a derrotas acumuladas. No jugaba. Observaba. Se sentaba siempre al costado del tablero, nunca de frente, y seguía las partidas con esa inclinación de cabeza que ya entonces me pareció sospechosa. Cuando alguien le preguntaba por qué no participaba, respondía con la misma frase:

—Yo ya estoy jugando. Sólo que mi casilla no está en este tablero.

Afirmaba que el alfil es la única pieza que conoce el secreto del universo: que el espacio no es un cuadrado, sino una serie de rombos que se escapan hacia lo invisible. “Las torres creen dominar las filas y las columnas”, decía, “pero el alfil sabe que las diagonales son los verdaderos meridianos del azar”. Y para demostrarlo, sacaba de su bolsillo un pequeño alfil de madera oscura, tallado de manera imperfecta, y lo colocaba sobre cualquier superficie. Entonces el objeto proyectaba una sombra que no coincidía con la geometría del lugar, como si perteneciera a otro plano, ligeramente ladeado.

Se contaba que Fernando había escrito un tratado titulado Del movimiento oblicuo, del cual sólo se conservan fragmentos contradictorios. En uno de ellos sostiene que el jaque mate no es el final de la partida, sino el momento en que el alfil revela que el rey siempre estuvo en diagonal respecto de sí mismo. En otro afirma que la vida de un hombre es una única casilla blanca o negra, y que sólo el alfil puede saltar de una a otra sin traicionar su naturaleza. Nadie ha visto el manuscrito completo. Algunos aseguran que lo quemó; otros, que lo dejó escondido en una casilla que no existe.

Una noche, en un sueño que todavía me perturba, me encontré en un tablero infinito. Las casillas se extendían hacia todos los horizontes, pero las diagonales eran las únicas que no terminaban. Fernando caminaba por ellas, inclinado, como si el aire mismo lo empujara hacia una esquina que nunca llegaba. Cuando me alcanzó, no me miró de frente. Se colocó a cuarenta y cinco grados de mi posición y dijo, casi en un susurro:

—No hay escape en línea recta. Sólo hay escapatorias oblicuas. El que camina de frente ya está perdido.

Al despertar, descubrí que mi propia sombra se proyectaba en diagonal sobre la pared, aunque la lámpara estuviera perfectamente centrada. Desde entonces, cuando juego ajedrez, no puedo mirar el alfil sin sentir que alguien, desde un ángulo imposible, me observa. Y a veces, en el silencio de la biblioteca, creo oír el leve roce de una pieza de madera que se desliza, una y otra vez, por las diagonales de un tablero que nadie ha visto.

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