A falta de nuevos horizontes, un futuro prometedor, un pasado menos pesado, un presente más apetecible, amigos que entendieran mi locura o chicas que me ofreciesen el calor suficiente para poder decir que tengo la sangre a 36 grados, como creí que debería ser.
Pues va a ser que no. Sin viajes ni lujos, solía tener, o si no tenía, de una u otra forma siempre acababa llegando a mí, alcohol, libros, un portátil bucanero sin Windows activado, algún hierbajo que había sido secado en un radiador, y mi bendita mano, para escribir y complacerme hasta que no saliera ni gota. Era la envidia de un pobre niño albino y manco de Burundi.
Ese era mi pequeño limbo, lejos de todo infierno, más lejos aún de todo paraíso. Pero por muy seco que me quedara siempre salía más, siempre había algo, una idea, una sensación, un aleatorio acontecimiento, como la intrusión de una molesta mosca cojonera en mi cuarto en pleno mes de enero.
El flujo de mi imperecedero ser. Si tuviera una vida satisfactoria y medianamente normal, no podría escribir nada o tal vez escribiría sobre el color del viento y lo bien que marcha todo. ¡Arriba las pesadas cadenas! ¡Qué vivan nuestros empáticos dirigentes! ¿Así de dilatado o más? ¿Y qué le vamos a hacer? Tendrá que ser así…
Todo cambio que se precie exige una revolución, en su mayoría esas revoluciones se nutren de sangre roja y azul. Y con sangre se escribe la Historia. Yo considero que eso es arcaico. ¿Qué importan los colores? Las almas son las que se deben revolucionar. Pequeños cambios originan uno grande. De lo atómico a lo universal. Ese es mi consuelo, no poder ser como ellos. Me alumbra la misma incapacidad que me condena. Y sé que no será eterna.
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