La sala de espera

Hoy me tocó estar sentado en la sala de espera de un hospital. Lugar donde a pocos metros de distancia, había personas viviendo momentos completamente diferentes.

De un lado, una familia festejaba la llegada de un bebé. Sonrisas, abrazos, lágrimas de felicidad. Una vida que recién comenzaba.

Unos metros más allá, una familia esperaba noticias de alguien que había llegado por un accidente o por una enfermedad. Miraban una puerta, un teléfono, un médico que pasara por el pasillo. Esperaban que alguien les dijera que todo iba a estar bien.

También estaban aquellos a quienes les tocaba recibir la noticia que nadie quiere escuchar: que esa persona que amaban ya no iba a volver.

Todo estaba ocurriendo al mismo tiempo.
Nacimientos. Esperanza. Miedo. Angustia. Alivio. Dolor. Despedidas.

Y pensé…

Pasamos gran parte de nuestra vida preocupándonos por la plata, por tener más, por comprar cosas, por conseguir un auto, una casa, un teléfono nuevo, por llegar a fin de mes, por cuánto ganamos o cuánto nos falta.
Y está bien. Necesitamos dinero para vivir.

Pero hay algo que muchas veces olvidamos: La salud es probablemente una de las cosas más valiosas que tenemos y, al mismo tiempo, una de las que menos valoramos mientras la tenemos.

Nos levantamos, caminamos, respiramos, comemos, trabajamos, salimos, hacemos planes… y ni siquiera pensamos en lo extraordinario que es poder hacer todo eso.

Hasta que un día algo cambia y de repente, todo aquello que parecía tan importante deja de importar.

Una persona que está esperando un diagnóstico no está pensando en el celular que quiere comprar.

Una familia que espera que salga un médico del quirófano no está pensando en cuánto cuesta el auto nuevo.

Y alguien que acaba de perder a un ser querido probablemente daría todo lo que tiene por cinco minutos más con esa persona.

Quizás necesitamos que la vida nos recuerde un poco más seguido que no todo lo importante tiene precio.

Porque mientras nosotros discutimos por plata, por cosas materiales, por problemas que mañana probablemente ni recordemos, en algún hospital hay alguien pidiendo solamente una cosa… que su ser querido esté bien.

Aquella sala de espera me hizo pensar que la vida no avisa cuándo cambia de capítulo.

En un mismo pasillo alguien puede estar celebrando un comienzo mientras otro está enfrentando un final.

Y nosotros, que muchas veces tenemos la posibilidad de simplemente volver a casa, abrazar a alguien, caminar por la calle y seguir haciendo nuestra vida, deberíamos detenernos un instante y agradecer.

No porque todo sea perfecto. Sino porque estamos acá. Porque estamos vivos. Porque tenemos salud.

Quizás eso que hoy nos parece tan común, mañana podría convertirse en lo único que estaríamos dispuestos a darlo todo por recuperar.

La salud no debería ser importante solamente cuando la perdemos. Deberíamos aprender a valorarla mientras todavía la tenemos.

La vida puede cambiar en cuestión de minutos.
Y mientras nosotros seguimos esperando el momento perfecto para disfrutarla, la vida ya está sucediendo.

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