Me gusta cuando me miras,
tus ojos profundos sobre mí,
tu aliento agitado,
tus manos torpes sobre mi cuerpo.

Tus labios se saborean mientras
mis manos palpan tus pensamientos más oscuros,
la distancia exacta
entre tu prisa y mi inercia.

El intento de huida
es tosco, desesperado.
Pero vuelves a mí.

Regresa esa mirada que consume,
esa que pretende escapar
y termina quedándose.

Y yo, sin moverme,
te atraigo con una sonrisa,
como si supiera de antemano
que volverías.

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