Prohibido pasar hambre

Hoy era un día histórico. El gobierno nacional había aprobado la controvertida ley de Indigencia Cero, una medida revolucionaria que prometía erradicar la pobreza extrema de una vez por todas. Sus defensores la presentaban como un avance social sin precedentes, un paso hacia una sociedad más limpia y ordenada. Sus detractores la calificaban de inhumana.

La ley era simple: todo ciudadano debía realizar un monto mínimo de transacciones mensuales. Si no lo alcanzaba durante tres meses consecutivos, era considerado indigente. Y la indigencia estaba prohibida.

Quienes caían en esa categoría tenían 72 horas para que alguien regularizara su situación pagando la multa correspondiente y comprometiéndose a sostenerlo económicamente. De lo contrario, eran ejecutados y cremados, eliminando así cualquier carga innecesaria para la sociedad.

La implementación fue inmediata. Las calles se limpiaron. Los parques, antes llenos de sombras, se llenaron de familias. Los mendigos desaparecieron, y con ellos, la incomodidad de ver su miseria. Yo misma sentía una paz desconocida al caminar por la ciudad. Por fin podía disfrutar sin sentir culpa.

Todo iba bien hasta que me despidieron.

Mi jefe había visto mis publicaciones en redes sociales. “Racismo”, las llamó. Intenté explicarle que solo eran opiniones personales, que no afectaban mi desempeño, pero no hubo caso. Me quedé sin trabajo de un día para otro.

Al principio no me preocupé demasiado. Aproveché la oportunidad para descansar y reflexionar sobre mi futuro. Pero los meses pasaron, y lo único que encontré dentro de mí fue un vacío que no sabía cómo llenar. Intenté buscar empleo, pero nadie respondía mis mensajes. Intenté emprender, pero todo fracasó. Los ahorros se agotaron.

De pronto, pagar el alquiler significaba no comer. Atrasarme en la tasa de indigencia significaba la muerte.

La primera noche que no tuve otra alternativa más que dormir en el banco de una plaza, me despertaron dos agentes de seguridad con guantes de látex. «Señora, debe venir con nosotros». No hubo explicaciones. Sabía qué significaba: había excedido el límite de tiempo permitido sin domicilio fijo. La Ley de Indigencia Cero era clara.

Me llevaron esposada, como a una criminal. La celda donde me encerraron era oscura y olía a desesperación. En la pared, un reloj digital mostraba una cuenta regresiva. 72 horas. Ni un minuto más.

El primer día estuve sola. Luego trajeron a Ana. Cuando llegó, mi reloj marcaba 45:05.

Ana era distinta. Irradiaba una calma imposible. Me contó su historia sin rencor: una adicción al juego la había llevado a la ruina. Su familia la amaba, pero estaban cansados de esta situación.

28:43

—Vendrán por mí —dijo con certeza—. Solo me están dando una lección.

19:12

Las horas pasaron. La cuenta regresiva avanzaba. Un guardia llegó y apagó su reloj. El mío continuaba. Su hijo había pagado la multa. Ana salió de la celda y, antes de irse, se detuvo frente a la mía. Me miró con tristeza y me tendió la mano: sucia, imperfecta.

Olía a alguien que no podía bañarse tan seguido como quisiera.

15:58

Y se fue.

3:18

Me quedé sola. La pantalla marcaba

0:12.

Cerré los ojos. Esperé.

El sonido del reloj deteniéndose me sobresaltó. Sentí la presencia de un guardia.

—Alguien te dio otra oportunidad —dijo—. Se ve que causaste una buena impresión en tu compañera de celda. Ana se hará cargo los próximos meses.

No supe qué decir. Solo me quedé allí, temblando, mientras las puertas se abrían.

Fuera de la celda, el mundo seguía igual de limpio que antes.

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