LAS GALLINAS DEL HAMBRE
El sol quemaba sobre el desierto del Magreb. Bakary, Diallo y Amadi caminaban hacia el norte en dirección a la frontera de Ceuta. Llevaban varios días sin comer y con poca agua. Apenas hablaban para no gastar saliva; la falta de alimento los tenía débiles y mareados.
Al caer la tarde vieron unas construcciones de adobe y dos tiendas. Era un asentamiento pequeño. Al acercarse, salieron a recibirles varias mujeres y niños. En total eran unas diez personas. No había hombres adultos en el lugar.
Diallo se acercó a una de las mujeres mayores y le pidió agua. La mujer trajo un recipiente de barro con algo de agua salobre y les dejó beber.
—No tenemos comida —dijo la mujer en un árabe básico—. Los hombres salieron hace semanas con los camellos para comerciar y no han vuelto. Y apenas nos queda un poco de grano.
Amadi miró alrededor. A un lado del asentamiento había un cerco hecho con cañas y alambre con seis gallinas.
—¿Y esas gallinas? —preguntó Bakary.
—Son lo único que nos queda —respondió la mujer—. Damos un huevo al día a los niños más pequeños. Si comemos las gallinas antes de que regresen los hombres, nos quedaremos sin nada.
Las mujeres les dejaron quedarse a dormir fuera, junto a una pared de barro.
Durante la noche bajó la temperatura, pero los tres hombres no podían dormir por el hambre. Oían el ruido constante de las gallinas a pocos metros.
—Si no comemos algo, no vamos a llegar a la frontera —dijo Diallo en voz baja.
—Tienen niños —dijo Amadi.
—Nosotros tampoco vamos a aguantar dos días más caminando así —contestó Bakary—. No van a compartir las gallinas si se lo pedimos.
—Tenemos dinero, podemos comprárselas.
—No nos la van a vender. Las necesitan tanto como nosotros —dijo Diallo.
Amadi no respondió. Nadie volvió a hablar.
Cerca de la medianoche, los tres se levantaron. Caminaron despacio hacia el cerco. Bakary apartó el alambre. Las gallinas estaban dormidas y débiles; apenas hicieron ruido cuando las agarraron. Les retorcieron el cuello una a una, las metieron en dos sacos de tela y salieron del poblado en silencio.
Caminaron un par de horas en la oscuridad hasta ponerse a salvo. Ocultos en una zanja, encendieron un fuego pequeño. Desplumaron los animales, los cortaron y los pusieron sobre las brasas. Comieron rápido, directamente con las manos, hasta dejar solo los huesos.
Al amanecer, Amadi subió a una duna cercana desde la que todavía se divisaba el asentamiento a lo lejos.
Vio a la mujer mayor salir de la casa y caminar hacia el cerco. Se detuvo frente al alambre roto y miró el suelo vacío. Después se agachó y se llevó las manos a la cabeza. Las demás mujeres y los niños salieron poco después al oír los gritos y se juntaron alrededor del cerco.
Amadi se quedó mirando unos segundos desde la loma. Sabía que sin las gallinas y sin la llegada de los hombres, esa gente no tenía ningún medio para conseguir comida en varios días.
Bajó de la duna. Diallo y Bakary estaban apagando las brasas con tierra y recogiendo sus cosas.
—Hay que seguir —dijo Bakary.
Ajustaron sus mochilas y reiniciaron la marcha a pie en dirección a Ceuta.
a.

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