En una modesta habitación de Ámsterdam, iluminada por la luz cenicienta del Norte, Baruch Spinoza pulía cristales de óptico. El oficio era modesto, pero la tarea secreta que ejecutaba en la penumbra de su memoria era desmesurada: erigir, mediante definiciones y axiomas rigurosos como el diamante, un universo que no necesitara de la piedad ni de la ira de un dios personal. Para Spinoza, ese entramado infinito —al que llamó indistintamente Dios o Naturaleza— no se rige por el capricho, sino por una geometría ineludible.

En la arquitectura de la Ética, la razón no es una mera facultad de cómputo; es el único camino hacia la liberación. Spinoza sabía que el hombre común es un prisionero de las pasiones porque las padece sin comprender sus causas: llamamos «libertad» a la simple ignorancia de los hilos que nos mueven. La razón, entonces, consiste en elevarse de la percepción confusa —las imágenes pasajeras que dejan en el cuerpo los impactos del mundo— a la aprehensión de las causas necesarias. Transformar un afecto en una idea clara y distinta es dejar de ser su víctima. Para el pulidor de lentes, entender la necesidad que nos atisba es ya una forma de la libertad; una forma que culmina en ese gozo supremo y casi abstracto que él llamó el amor intelectual de Dios.

Según yo, sin embargo, sospecho que este mapa geométrico encierra una paradoja no menos compleja que las del infinito.

Inevitablemente me pregunto si la razón no es, después de todo, un laberinto más elegante y sutil que el de las pasiones, pero un laberinto al fin. Imaginar que el intelecto nos emancipa del destino implica suponer que el pensamiento habita un reino ajeno a la cadena causal que gobierna la materia. Pero si el universo de Spinoza es un continuo en el que pensamiento y extensión son solo dos caras de una misma moneda infinita, entonces la razón que descubre la necesidad forma parte de esa misma necesidad. El acto de razonar no nos rescata del gran engranaje; es el engranaje mismo cobrando conciencia de su giro.

Quizá la libertad no sea la abolición de la jaula, sino la nitidez con la que alcanzamos a contemplar sus barrotes.

«Decimos que una cosa es libre cuando existe por la sola necesidad de su naturaleza…» —anotaba Spinoza.

Aceptarlo exige admitir que un hombre es tan «libre» de razonar como un tigre de ser encarnizado o un cristal de refractar la luz. La razón nos concede una sola tregua: la sustitución del terror ciego por la serena resignación. No dejamos de estar escritos en el libro de los días, pero al razonar, nos leemos a nosotros mismos mientras la tinta se seca.

No sé si Spinoza halló la libertad en sus ecuaciones del espíritu o si solo construyó el más hermoso de los espejos. A mí me basta con adivinar que, en la noche de Ámsterdam, mientras sus pulmones respiraban el polvo mortífero del vidrio, aquel hombre razonaba no para escapar de su destino, sino para ser, de un modo perfecto y absoluto, la humilde pieza del infinito que le había sido asignada.

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