
«Mi vida es de temer, sí. Pero en ese temor hay memoria, hay huella, hay testimonio. No del triunfo —que es efímero y ruidoso—, sino de la persistencia. De esa obstinación callada que hace que incluso lo descartado siga estando.»
Se ha dicho que el temor es una de las formas más rigurosas de la lucidez. Spinoza conjeturó que todas las cosas anhelan perseverar en su ser; la piedra quiere ser eternamente piedra y el tigre, tigre. Sin embargo, en el hombre esa regla padece una sutil desviación: perseveramos no en la plenitud de lo que fuimos, sino en las ruinas de lo que no supimos o no quisimos olvidar.
El triunfo es siempre estridente y, por lo mismo, deleble. Pertenece a la mitología vulgar de los calendarios, de los arcos de triunfo y de la histeria colectiva. La memoria verdadera, en cambio, no habita en las estatuas de bronce ni en los anales de las batallas, sino en las zonas penumbrosas del laberinto:
En la llave de bronce que ha perdido su cerradura.
En el verso apócrifo anotado al margen de un libro olvidado.
En la cifra que un desconocido trazó con el dedo en la capa de polvo de una mesa de café en la calle Belgrano.
Que una vida sea «de temer» no debiera afligirnos. Un teólogo sirio del siglo VI —cuya obra, afortunadamente, solo nos llega a través de fragmentos mutilados— sugirió que el Infierno no es el fuego, sino la imposibilidad de la nada. Lo verdaderamente aterrador no es el olvido, sino la inagotable y secreta permanencia de los desperdicios. Saber que nada se borra del todo. Que cada cobardía, cada error y cada sombra descartada aguardan en una suerte de almacén platónico, ejerciendo la modesta gravedad de lo que se negó a desaparecer.
El universo, me atrevo a sospechar, no es más que la vasta acumulación de todo aquello que creímos haber arrojado al fuego. En esa biblioteca de lo descartado, nuestra única y secreta dignidad consiste en la persistencia: la callada certidumbre de haber durado.
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