Las últimas figuras del caleidoscopio

Las últimas figuras del caleidoscopio

—Te lo dije. Quería que me atraparan —Contestó en actitud desafiante la presunta asesina.

La sargento Mina Folch miró con inquietud al inspector Nicanor Gómez.

—Está bien, señora Díez. Discúlpenos un momento.

Los dos policías salieron entonces de la sala de interrogatorios para hablar unos momentos a solas.

—Estarás de acuerdo conmigo en que las pruebas son irrefutables —afirmó Mina Folch con total convencimiento— el arma del crimen, plagada con sus huellas dactilares, el motivo…

—Eso parece —la interrumpió el inspector Gómez—. Y, sin embargo, una lectura más profunda del caso arroja dudas sobre esos motivos tan… evidentes. Realmente, no me convence el ataque de celos.

—De acuerdo, jefe, tú ganas. Haremos las averiguaciones pertinentes. Y… ¿se sabe por fin la identidad de la víctima? A tenor de cómo ha quedado su rostro, espero que las pruebas de ADN arrojen más luz en ese sentido.

—Varón. De complexión fuerte. Quizá de unos treinta y tantos años. Poco más se puede decir sobre él.

AQUEL REGALO DE CUMPLEAÑOS TAN BONITO

Mina no comprendía por qué su padre había esperado al día siguiente de su cumpleaños para entregarle casi en secreto aquel regalo tan especial. Quizá no sabía del todo cómo cuidar de su niña en esos momentos tan delicados para ella. Quizá pretendía compensarla por la muerte de su madre en accidente de coche hacía tan solo seis meses. O quizá lo único que deseaba, sin ser realmente consciente de ello, era protegerla ante la complicada relación que la pequeña mantenía con su madre “adoptiva”, con su madrastra, la actual pareja de su padre.

—Feliz cumpleaños, hija. No siempre se cumplen siete años, tesoro —dijo mientras ponía cuidadosamente en sus manitas aquel regalo tan bonito ya desprovisto de envoltorio alguno, como si no pudiera contener su impaciencia de padre amoroso por revelar y compartir aquello tan valioso e importante.

—¿Qué es esto, papá? —preguntó Mina con insaciable curiosidad ante ese objeto que no había visto en su vida.

Su padre, sin apenas poder contener la emoción del momento, se dispuso a dar las explicaciones oportunas.

—Se llama caleidoscopio. Como puedes ver, es un tubo que contiene un prisma triangular que dibuja en su interior figuras simétricas y repetitivas, gracias a la reflexión de objetos diminutos dentro del tubo a través de tres espejos.

La niña, después de mirar por el agujero del cono, exclamó:

—¡Oh, es precioso!

—Sí, querida. Al girar el caleidoscopio las figuras se transforman constantemente unas tras otras en incontables formas y colores.

EL JUEGO DE LA IDENTIDAD

—Y bien, jefe, ¿se sabe ya quién es el fallecido? Circulan rumores de que se trata de un policía.

Un inquietante silencio se interpone entre la sargento y el inspector. Y, por fin, este contesta, sembrando el germen de la duda y una fuerte sensación de irrealidad en la mente de la mujer.

—Mina… yo… siento tener que decirte esto, pero el hombre muerto es… tu marido.

Las imágenes de las formas cambiantes del caleidoscopio se mezclan con pensamientos de desesperación e incredulidad. Finalmente, las últimas figuras del caleidoscopio son las que predominan en la mente de Mina, anunciando el último momento, convertido en muerte, como fotografías que se han detenido en la rueda del tiempo.

***

—Papá, ¿cuáles son las últimas figuras de un caleidoscopio que se pueden ver?

—Cariño mío, nunca terminaríamos de ver sus figuras, pues la combinación de todas ellas es casi infinita. Necesitaríamos millones de años para efectuar todas las combinaciones posibles de todos sus dibujos. Por esa razón este regalo es tan especial. Recuerda que tienes en tus manos un instrumento casi mágico, un objeto que desafía el tiempo, pues su belleza es eterna. No lo olvides, Mina.

***

¿A partir de qué momento aquello que parece real deja de serlo? ¿Y por qué nosotros somos quienes somos? Lo cierto es que cuando se traspasa la delgada línea roja de lo verdadero entramos en una dimensión que no nos asegura nuestra identidad, ni la identidad de todo aquello que nos rodea.

Dos identidades yacen en la cama de matrimonio de la casa de Mina y su marido. Las dos identidades, aún despiertas, se hablan la una a la otra. Pero, ¿realmente son conscientes de ello?

—Cariño… dime que no estás muerto, que no es tu cuerpo el que se encuentra en el depósito. Prométeme que no me dejarás… por esa.

—¿Por quién, querida?

—Lo sabes muy bien. Por esa… buscona.

—En realidad es ella la que me ha matado, querida.

—¿Y por qué?

—Por celos, cariño. Por celos.

DESPACHO DEL INSPECTOR NICANOR GÓMEZ

—Se trata de una mujer de mala reputación. De una prostituta, vaya —trató de aclarar Mina Folch, mostrando un evidente estado de agitación.

—Mina… el móvil del crimen no parece pasional. Las pruebas conducen, en cambio, a una especie de ajuste de cuentas. Hay varios drogodependientes sospechosos. Su cadáver no fue encontrado en una cama ajena, sino en el frío suelo, con una bala incrustada en la cara, de una calle de un barrio marginal, donde se trapichea con drogas —la contradijo el inspector.

—Mi marido no se mezclaría nunca con ese tipo de gente. No tenía tratos con narcotraficantes —repuso la mujer con rabia.

—¿Cómo estás tan segura?

—Bien. Explícame entonces qué hacen las huellas de esa… mujer en el arma encontrada junto al cadáver.

—ES evidente que quería que la inculpasen. Ya sabes lo que nos dijo en el primer interrogatorio, que quería que la atrapasen. Encargaremos los pertinentes informes psiquiátricos y psicológicos de la señora Díez. Pero… créeme, Mina, el móvil pasional no se sostiene. Además, no va con la personalidad de la sospechosa —le aseguró él.

—¡Es una zorra, Nicanor! Conozco muy bien a las de su calaña. Pero descuida, estoy segura de que pronto aparecerán más indicios y pruebas en su contra.

La cara del inspector Gómez ahora lo decía todo.

—Mina. No quería llegar a tener que decirte esto, pero… creo que sería conveniente que dejaras el caso. Ya sabes. Tu proximidad afectiva hacia tu marido quizá te esté impidiendo ser… objetiva. No me obligues a tomar medidas drásticas que no me gustarían.

—¡No lo puedo creer! No de ti, Nicanor.

Tras decir estas palabras, la sargento Folch dio media vuelta y salió del despacho del inspector Gómez, dando un portazo.

***

—Esta mañana he estado en el despacho del inspector Gómez. Me amenazó con apartarme del caso.

—¿Y eso… por qué, querida?

—Dice que tu asesinato me ha afectado mentalmente, que no soy una policía objetiva.

—No creas todo lo que dicen por ahí acerca de ti, cielo.

—Pero tú… me crees, ¿verdad, cariño?

—¿Y por qué tendría que tener importancia si te creo o no? Estoy muerto.

—Pero si tú… eres real. Te estoy viendo delante de mí.

—Cariño, considera la posibilidad de que solo esté en tu imaginación.

MADRE, ¿ERES TÚ?

Mina Folch vuelve a interrogar a la sospechosa. Pero entonces le parece que tiene el mismo cuerpo y rostro que el de la madrastra de su infancia. Cuando va a hacerle una pregunta se da cuenta de ello y se para en seco.

—¿Ocurre algo, Mina? ¿Por qué has dejado de hablar de repente?

—No… es nada. Disculpad, necesito que me dé un poco el aire.

La sargento Folch se marcha como un rayo de la sala de interrogatorios, dejando perplejos a sus compañeros.

***

La segunda madre, como la pequeña Mina llama a su madrastra, la mira con cara de pocos amigos. La niña no puede evitar ser apercibida por ella.

—Mina, no me parece conveniente que estés todo el rato con ese artefacto extraño.

—Se llama caleidoscopio —le contesta ella con rabia.

—Me da igual como se llame. Es evidente que ejerce una mala influencia sobre ti, querida. Te quita tiempo de estudio. Sería mejor que… me lo dieras… y yo te lo guardara.

—¡Ni hablar! ¡Solo pretendes quitármelo! —El colérico rostro de la pequeña parecía el de un animal salvaje dispuesto a atacar—.

—¡Y qué, si así fuera! ¡Es un objeto pernicioso que no sirve para nada!

—¡Te equivocas! Me ayuda a tomar decisiones. Y es verdaderamente hermoso. ¡No como tú, bruja asquerosa!

—Pero ¡cómo te atreves! Eres una niña realmente maleducada.

Mina se aleja corriendo de su madre adoptiva sin soltar ni por un segundo el caleidoscopio de su mano. Y lo esconde en un lugar seguro. Pero antes ha creído ver sus últimas figuras, aun sabiendo por su padre que sus combinaciones son casi infinitas. Es cuando la pequeña toma una determinación con respecto a su madrastra. La última decisión.

DESPACHO DEL INSPECTOR GÓMEZ

—Pero ¿qué es esto, jefe? Me acaban de comunicar que me relevan del caso.

—Así es, Mina. Entiéndenos. Es por tu bien. Queremos lo mejor para ti. Que te recuperes. Somos conscientes del duro golpe por la muerte de tu esposo.

—¿Qué sabréis vosotros lo que es mejor para mí?

Súbitamente, el marido de Mina aparece en medio de la discusión. Sin decir ni media palabra, observa a los dos contendientes. Mina lo mira y le dice así:

—¡Díselo, Julio! Venga, díselo. Dile a mi estimado jefe, el gran inspector Gómez, lo que piensas de todo esto. Que si no fuera jefe tuyo, le partirías la cara. ¡Venga! ¿A qué esperas?

Nicanor Gómez no daba crédito a lo que estaba oyendo. Y pensó en la verdadera magnitud del trastorno de una de sus mejores policías.

***

—¿Has averiguado algo? —quiso saber el inspector Gómez.

—Solo un poco, inspector. Parece como si esta mujer no tuviese pasado. He tenido que recurrir a fuentes muy precisas. Lo que hemos sabido es que ingresó en un centro de menores, una especie de reformatorio, a la edad de ocho años.

—¿Motivo? —preguntó con curiosidad el inspector.

—No está muy claro. Parece ser que estuvo involucrada en cierto asunto trágico en su familia. Pero es todo muy difuso. Es como si la familia hubiera tratado de ocultar ciertos hechos a la opinión pública. Tras tres años encerrada, salió del centro y marchó a vivir de nuevo con su padre. Pero este murió de cáncer varios meses después, por lo que la niña vivió en varios centros de acogida.

—Me pregunto cómo logró convertirse en policía.

—El último hogar en el que estuvo parece que le dio cierta estabilidad.

—Bien, vigilémosla. Pero procuremos que no se dé cuenta de ello.

***

Numerosos sargentos de policía salían de la casa de Mina Folch. Tras un minucioso registro se halló sangre en algunas de sus ropas. También encontraron la pistola con la que presuntamente cometió el crimen de su pareja disparándole en la cara en el sucio callejón de aquel barrio marginal. Cuando llegó a casa olvidó que ella era la asesina y concentró todas sus acusaciones en la que creía que era la auténtica culpable, la amante de su marido.

—Carmina Folch, queda detenida como sospechosa del asesinato de su esposo, el subinspector de policía, Julio Navarro.

—¡No! ¡No soy yo! ¿Es que no lo ven? ¡Es esa mujer! Es la zorra de su amante la que lo ha matado. ¡Mi marido me lo ha dicho! ¡Es a ella a quien deben detener, no a mí!

—Tranquilícese, señora Folch. Debe hacer un esfuerzo y creer lo que le decimos. Esa tal señora Díez no existe en realidad. Es producto de su imaginación. Tampoco ha existido interrogatorio alguno contra ella. Así que, pórtese bien y colabore. Será mejor para todos. Necesita ayuda.

—¡No! ¡Es mentira! ¡Queréis engañarme! ¡Nooo!

Pero los gritos de Mina Folch resultaron inútiles y no pudieron evitar su detención.

RADIOGRAFÍA DE UN ASESINATO

El inspector Nicanor Gómez lee parte del informe realizado acerca de la sospechosa.

Tras los estudios psicológicos y psiquiátricos hechos a la presunta asesina, podemos afirmar que la sargento Mina folch padece una enfermedad que no le permite conocer la realidad, ni distinguir lo que está bien de lo que está mal. Su mente enferma ha creado una trama irreal que ha imaginado los últimos acontecimientos que han rodeado su vida. En relación con este hecho, resulta pertinente y curioso el hecho de que nombre un instrumento, llamado caleidoscopio, como el causante de parte de sus creencias delirantes y sus alucinaciones. Pues está convencida de que dicho artefacto, que en realidad muestra diseños coloridos ilimitados, es capaz de mostrar sus últimas figuras, aquellas que le incitan a tomar ciertas determinaciones sobre sus circunstancias vitales.

A pesar de ser ella, presuntamente, la autora del asesinato de su marido, Julio Navarro, también policía, cree imaginar a una mujer que, en realidad, no existe, y a la que señala como la causante de la muerte de su esposo, como una amante despechada que sucumbe a los celos.

A medida que pasa el tiempo, la sospechosa se ve más afectada psicológicamente y su mundo se convierte en algo irreal. Este proceso se agudiza posteriormente. Es en esos momentos cuando empieza a dudar de la realidad que la rodea. Según su propia confesión a los médicos que la tratan, ha creído ver en ocasiones diversas a su difunto esposo como un ente real, como si todavía estuviese vivo, manteniendo incluso conversaciones con él. Ha creído igualmente ver a la que imagina amante de su pareja en medio de interrogatorios policiales. Sin embargo, la interrogada siempre ha sido ella misma, cuando ha pasado a convertirse en sospechosa del crimen.

Según su propia confesión, hecha ante los policías que la interrogan, admite su culpabilidad y narra que mató a su esposo, Julio Navarro, de un disparo en el rostro, incompatible con la vida, que le produjo la muerte casi instantánea. Los hechos ocurren en plena calle, de noche, sin la ayuda de cómplices y sin la presencia de posibles testigos de los acontecimientos. Tras cometer el crimen, la mujer se lleva la pistola consigo, la cual aparecerá más tarde en los registros hechos en su casa, donde se hallan sus huellas dactilares impregnadas en el arma y algunas ropas manchadas de sangre, de la que se realizan las pertinentes pruebas de ADN, que confirman que se trata de la sangre de Julio Navarro, su marido.

LA FIGURA FINAL

El inspec Gómez estaba sentado delante de ella, separado por aquella mesa aséptica en la que estaba acostumbrado a interrogar tantas veces a presuntos delincuentes y asesinos, pero que no pensó nunca que sería ocupada por su amiga y colega, la sargento Mina Folch. La mujer, con la cabeza agachada, inmersa en su propio mundo de quimeras y sombras. Él, sencillamente, obligado por aquellas circunstancias tan poco deseables, mirándola detenidamente, con incomprensión, como quien intenta desentrañar un rompecabezas irresoluble. Ciertamente, también era una mirada de profunda pena y lástima hacia la que había sido su más exitosa subordinada.

—¿Por qué, Carmina? ¿Por qué lo hiciste? Era tu esposo. Y mi amigo. Un excelente policía.

Mina pronunció aquellas palabras sin apenas mirar a su interrogador, como si viviera ajena a todo cuanto la rodeaba:

—Porque las personas cambian cada vez, como las figuras en un caleidoscopio.

Sentada todavía en la silla de los detenidos, los ojos de Mina miran sin ver. Sus pensamientos son protagonistas de una realidad alternativa. Una persona que ha demostrado ser tan destructiva, ahora vive implantada en el pasado, en unos recuerdos que la conducen a un infierno que creía olvidado, a una infancia de odio y destrucción. La mujer adulta se ve ahora de nuevo como una niña inocente y peligrosa a un tiempo, una niña que no supo defenderse de otra manera, una niña cuyo corazón se rompió en mil pedazos que el tiempo volvió a reunir de una manera incompleta y defectuosa, tratando de ocultar unas circunstancias que siempre habían estado presentes en su subconsciente y que en realidad jamás la habían abandonado.

Mina observa su querido caleidoscopio, escondido en aquel lugar que ella cree inexpugnable. “Aquí nunca te encontrarán. Mi segunda mamá me lo quiso quitar, pero yo lo oculté y lo aparté de ella”, piensa. Está dispuesta a hacerlo. Debe ser ahora, que es cuando se siente más segura de que lo que está a punto de hacer es lo correcto. En realidad, nunca ha estado tan segura de algo en su corta vida. Así que agarra el cuchillo de cocina con gran determinación. Y lenta y pausadamente, pero con gran seguridad a la vez, empieza a caminar. Sus pasos la llevan hacia delante.

Sí. Sabe perfectamente lo que debe hacer. Ahora ha llegado hasta la puerta de la habitación de su madrastra. Sabe también que su padre está ausente esta noche. De viaje de negocios. Solo su madre permanece allí dentro. Durmiendo. “A papá no. Él es bueno. Solo a mamá. No me lo quitará. No lo echará a la basura. Es mío. Mi amigo. Mi caleidoscopio. Él me ayuda a decidir”.

Entonces se aferra al cuchillo con más fuerza todavía, como si toda la energía de su cuerpo se concentrara en la mano en la que lleva el arma homicida. Solo debe abrir la puerta, siguiendo el empuje de esa energía. Y… todo habrá terminado. Para Mina, el final del tiempo es el momento final que marca la última decisión, el último consejo. Es el instante preciso en que todo debe acabar. Como la vida de su segunda madre. Y a pesar de que las combinaciones de formas y colores son infinitas, como recordaba que su padre le había dicho, en su mente se cruza la imagen de esa última figura del caleidoscopio, la figura final que lo transforma todo, la que señala a la muerte misma.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS