Mientras ustedes intentan definirlo, el tiempo ya pasó por otra calle. Es esa la primera y más grande verdad sobre él: se escapa justo cuando creemos haberlo alcanzado. Lo buscamos en fórmulas, en relojes, en páginas de historia y en esquemas, y mientras nosotros debatimos si es una línea, un ciclo o una ilusión, él ya se ha transformado en lo que fue, dejando apenas huellas sutiles, casi invisibles.
El tiempo no necesita que lo nombremos para existir. Está en el olor del pan recién horneado que inunda una cocina y de pronto nos devuelve, sin aviso, a una tarde de hace años; está en una palabra que despierta otra, en esa cadena de recuerdos que se desata apenas pronunciamos un nombre o un lugar; está también en el pensamiento que se distrae mientras creemos pensar otra cosa, cuando la mente, sin darnos permiso, se va hacia donde el presente no llega.
Por eso se dice con certeza: el tiempo nunca avanza en línea recta. No es ese camino recto y ordenado que nos dibujan en los calendarios, donde cada día sucede al anterior sin cruces ni retornos. El tiempo se curva, se desvía, vuelve. Se queda quieto en un instante de felicidad y corre veloz cuando no miramos. Une lo que fuimos con lo que somos y lo que seremos, sin separarlos. No viaja solo hacia adelante: camina con nosotros, dentro de nosotros, y se manifiesta en cada detalle que la medida no logra atrapar.
En definitiva, intentar definir el tiempo es como intentar atrapar el viento con las manos. Su verdadera naturaleza no está en lo que podemos medir, sino en lo que sentimos: en los aromas que nos regresan, en las palabras que nos conectan, en los pensamientos que se nos escapan hacia el pasado. Porque el tiempo no es una línea que se aleja: es todo aquello que permanece vivo en nosotros, mucho después de haber pasado.
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