Cuentan que una noche el sol desapareció de la isla.
Al principio nadie se alarmó. Los hombres dijeron que era un apagón, como tantos otros. Las mujeres encendieron velas. Los niños, que todavía creían en prodigios, miraron hacia el cielo.
Pero el sol no volvió.
Con los años se supo que no había sido un apagón. Un eclipse, cansado de recorrer el mundo, había escogido aquella isla para vivir. Desde entonces permanece sobre los tejados, inmóvil y negro, como un gato gigantesco que hubiera olvidado cómo marcharse.
Dicen que a veces el sol intenta entrar por alguna rendija, pero la sombra lo rechaza.
Los ventiladores dejaron de girar. Las madrugadas se hicieron interminables.
Sin embargo, hay quienes aseguran que, en ciertas noches, cuando nadie duerme y el silencio parece escuchar, una pequeña claridad aparece en el horizonte.
Nadie sabe si es el sol regresando o simplemente la esperanza.
Los viejos prefieren no averiguarlo.
Han aprendido que algunas sombras duran tanto que terminan pareciéndose a la eternidad.
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