Creo que me he propuesto llevar la tristeza puesta como un traje recién comprado.

No porque me quede bien, ni porque la haya elegido, sino porque, después de tantos días, ha terminado por adquirir la forma de mi cuerpo. Ya no me incomoda. La llevo con una naturalidad casi elegante, como quien sale a la calle con una prenda que nadie sabe cuándo fue comprada.

Hay tristezas que no hacen ruido. No lloran, no reclaman, no golpean ninguna puerta. Se limitan a acompañarnos. Caminan a nuestro lado, se sientan a la mesa, miran por la ventana.

Quizá la tristeza sea eso: una prenda que el tiempo nos regala sin que la hayamos pedido y que, sin embargo, terminamos llevando como si siempre hubiera sido nuestra.

Lo extraño es que, a veces, frente al espejo, uno se pregunta si todavía es posible quitársela.

Y entonces descubre que no sabe dónde dejó la ropa que llevaba antes.

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