El hombre que siempre tenía razón.

Hay hombres que han llegado a una conclusión admirablemente sencilla: siempre tienen razón. No necesitan demostrarlo; les basta con recordárselo a sí mismos. Su memoria, dócil como un escriba, elimina los errores y conserva únicamente las victorias.

Con el tiempo, esa convicción tiene un precio secreto. El hombre que siempre tiene razón deja de escuchar. No porque los demás hayan dejado de hablar, sino porque sus palabras ya no pueden modificarlo. Cada argumento ajeno se convierte en una molestia, cada contradicción en una ofensa y cada duda en una debilidad que debe ser corregida.

Quizá la inteligencia consista, precisamente, en lo contrario: en conservar una pequeña habitación para la incertidumbre. Allí pueden entrar las ideas de los otros, incluso aquellas que contradicen las nuestras. Allí descubrimos, con algún asombro, que una verdad puede ser más grande que el hombre que la pronuncia.

El que está convencido de saberlo todo ya no aprende, porque aprender supone admitir que algo nos falta. Y tampoco escucha: oye solamente el eco de sus propias convicciones.

Tal vez por eso los antiguos desconfiaban tanto de la certeza. La duda, que parece una imperfección del pensamiento, acaso sea su forma más noble.

Porque el hombre que sabe que puede estar equivocado todavía puede aprender.

El que sabe que siempre tiene razón ya lo ha aprendido todo.

Y ésa, quizá, sea la más perfecta de las ignorancias.

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