¡Hostia! ¡Qué gran susto me he llevado! Pensaba que ya te habías ido a casa, puesto que tu código ya está registrado en el marcador.
¿Qué haces todavía por acá? ¿Estás esperando a alguien? O es posible que no quieras regresar a casa…
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Bueno, qué te digo. Es cierto que estoy cansado, pero al llegar a casa me siento infinitamente solo. Y no es que no disfrute de mi soledad, pero siento que estoy perdiendo mi humanidad. La última vez que cené acompañado de alguien que no fuera mi gato fue hace seis meses, cuando Maxim nos invitó a su cumpleaños. Desde ese día he debatido con mi gato sobre mis libros de interés, el sushi y alguna otra cosa que él no entiende y yo finjo que sí, porque es lo único que nos queda: fingir que no entendemos, o al menos yo finjo que él me entiende.
Días como hoy me quedo después de marcar para reducir mis tiempos de soledad. Me dedico a observar con atención a todos los compañeros abandonando sus oficinas. Algunos van con prisa, tienen una esposa, novia o a alguien a quien llegar. Otros demoran un poco, dudan, revisan una vez más el computador y, después de olvidar siempre algo, se retiran pensando que lo llevan todo. Otros se retiran con calma, ordenan incluso el trabajo para el día de mañana; sus rostros reflejan serenidad y hasta paz. De esa gente envidio la forma en la que viven, y en muchas ocasiones he estado a segundos de preguntarles cuál es el secreto de su felicidad. Después de todos ellos, están otros como yo: gente que no quiere regresar a casa, que se desgasta las horas fumando en una esquina del parqueadero, bebiendo una taza de café amargo por horas o discutiendo trivialidades.
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Hombre, a ver si lo contabas antes para hacerte la visita y cenar, siempre que no sea sushi: el pescado crudo me da asco. Si es por soledad, digamos pues que no diferimos mucho. Yo también tengo un gato y cada vez que llego a casa me muerde la pierna. En este caso creo que el animal espera que no vuelva a aparecer nunca más; sin embargo, el muy sádico no paga la renta, así que sigue siendo mi casa.
Volviendo al tema, creo que la soledad de hoy es la enfermedad de la sociedad de esta época. Aunque el internet facilita las cosas, no es lo mismo: siempre falta algo, siempre falta calor humano, empatía, más compañía, charla, risas y hasta una buena discusión. En mi casa discuto con mi gato, pero reconozco que en ocasiones parece que estoy sufriendo de esquizofrenia, y el animal creo que opina lo mismo.
Pero bueno, vamos a cenar. Yo invito y tú pagas… Hombre, que hay que sacarle partido a todo. Notarás que, por estar enferma, me he gastado casi todo el sueldo en exámenes y medicinas. Mi despensa está vacía y, bueno, si a ti te sobra algo de dinero o comida, no veo problema en esta compañía; esta extraña compañía en la que uno de los dos rebosa de vida mientras la otra parte casi se despide. En estas condiciones no hay nada mejor que hacerse compañía, ¿no lo crees?
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¡Pero qué risa! Tú sí sabes cómo levantarle el ánimo a otros. Claro que te invito a cenar, se me antoja algo de pizza, pero eso de que te nos vas… no lo creo. Nuestros gatos pueden llevarse bien.
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Cierto es. Te encargo al mío.
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