En el mes de noviembre, cuando la tranquilidad de mi ser estaba en su plenitud, suele aparecer el fruto prohibido cuando menos te lo esperas. Aparecen estos seres luminosos, con un aura de paz y tranquilidad.
La puerta la abrí. Pasó adelante, se quedó en mi sillón y me habló de lo magnífica que es la vida.
Tenía tiempo de no dejar pasar a nadie. O, si pasaban, se iban dejando la puerta cerrada. Para ese tiempo era bueno no prestarle la cocina a nadie. Ese es el detalle: cuando tu tranquilidad es tu rutina diaria, no hay por qué preocuparse por nada.
El tiempo pasa y el alcohol es el que se queda contigo después de la fiesta. Me quedaba sentado escuchando melodías de Silvio Rodríguez y me sentía en plenitud. Ponía a Facundo Cabral. No tenía rumbo para ese tiempo, soñaba con nada y el futuro era algo que no me preocupaba.
Cuando aquel ser llegó y se quedó, todo pasó de la tranquilidad a pensar en el futuro. Pasaron los meses, y un año, y no se iba. Bueno, yo tampoco quería que se fuera.
Había tiempos en los que ella se marchaba y dejaba la puerta abierta, pero regresaba. Siempre eran más los buenos tiempos que los malos.
Después de un año y varios meses, todo iba a vapor. La tranquilidad se volvió amor por mi casa, y la casa se convirtió en el futuro.
Pero ¿quién conoce las garras del destino? Nadie previene la desgracia. El tiempo es cruel cuando uno quiere superarlo.
Había habladores que vociferaban a lo lejos, pero nunca pude escucharlos. Tal vez estaban muy cerca, pero yo me encontraba demasiado lejos.
Un día, este ser se marchó. Me explicó, pero no pude entender por qué. ¿Qué había pasado? ¿Por qué mi hogar ya no era cómodo? Si di mi corazón a cambio de nada.
Pero lo más jodido de todo, y lo que maldigo hasta el día de hoy, es que veo la puerta y la dejo medio abierta. Ahora no quiero que nadie entre, pero tampoco quiero levantarme a cerrarla por completo.
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