Te miro, y sé que tu recuerdo se mezcla con mi forma de amar.
Jamás hubo una luz en la oscuridad, hasta que llegaste a brillar.
Una vez soñé que estabas aquí, y eras esa magia que me sostenía. Había sabiduría en cada pequeño gesto, como si el silencio también supiera hablar.
En las estrellas puedes encontrar una forma de salvar tu respiración. Cuando no tengas adónde ir, recuerda que siempre existirá un lugar: mira el cielo y encuéntrame allí.
Ya no recuerdo cómo era tu aroma; aun así, te siento en esas noches donde no existen auroras.
Me pregunto qué habría sido de nosotros si para ti no hubiera existido el deseo de marcharte. Pero así fue: te fuiste justo cuando más te amaba.
Por eso escribo. Para que una parte de ti regrese. Para que te convenzas de que siempre estuve aquí, esperándote.
Un ave puede volar y también aterrizar, a menos que pierda el deseo de hacerlo. Así vamos nosotros: cada vez aterrizamos menos, planeando vuelos que, al final del viento, nos obligarán a buscar un lugar donde posar los pies.
Quizás entonces nuestras raíces crezcan fuertes y, tal vez, nunca más quieras marcharte de un paraíso tan hermoso como el que tenías aquí, conmigo.
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