EL DESCENDIENTE

Las pesadillas. Siempre las mismas. Disimulo con mi familia. Me distraigo tomando cerveza, mirando un partido o leyendo, pero la verdad vuelve cuando intento dormir. Una lluvia permanente. Barro. Gritos. El tableteo seco de las metrallas. Algunas noches salgo al jardín y fumo un cigarrillo.

—Usted sabe que eso no lo ayuda. Ya lo hablamos. Y ya le dije que no soy doctor —dijo Alexander, psicólogo. Escuchaba atento el relato del excombatiente de Vietnam. Se especializaba en ese tipo de pacientes. Jugaba con la lapicera cara. Le servía para disimular el temblor de una de sus manos, que el medicamento no terminaba de ocultar.

—Fumar me quedó de esa época. Pero, volviendo a lo que le comentaba, necesitaría que me ayude a poder dormir.

Alexander se quedó pensativo. Tomó una libreta y escribió dos o tres renglones. Dejó la lapicera a un costado y arrancó la hoja, esperando que el paciente no notara su temblor, ya casi invisible. Le extendió una especie de receta. Le dijo, con su voz casi monótona:

—Llámelo. Es un psiquiatra amigo, lleve el papel. No sé si funcionarán del todo, pero él puede recetarle unas pastillas para dormir mejor. Pruebe, y nos vemos la semana que viene.

—Muchas gracias.

El paciente se retiró. Alexander acomodó dos o tres cosas sobre el escritorio y se fue por otra puerta, que daba a su comedor.

Había impulsos que no lograba dominar. No hablaba de ellos. Con nadie. Los combatía como podía, con métodos que cambiaban semana a semana, sin éxito.

Al salir, se sentó en la mesa, con un café amargo. Tenía tiempo de sobra hasta su próximo paciente. Enfrentaba las imágenes que le surgían. Nunca pisó un campo de batalla. Veía aviones girando sobre poblaciones. Bombas. Fuego. Esas escenas se le repetían, mientras saboreaba el café y escuchaba el tic-tac del reloj de pie, heredado.

Nunca obtuvo respuestas sobre ese reloj. Lo entendió solo.

Ese día se hizo una promesa, sin saber que, no muy lejos, otros también harían promesas que cumplirían.

Su mano juega con la lapicera.

Faltan tres minutos. Regresa a su escritorio. Toma la lapicera. Espera que ingrese otro paciente.

Su mirada se detenía siempre en el sur de Alemania, en el mapa que colgó cuando se mudó. El chasquido de la puerta y el saludo de otro excombatiente al que atendía, lo interrumpieron.

Imaginaba aquellos años.
Cuando ese territorio le había pertenecido.

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