Profecías (obra en un acto)

Profecías (obra en un acto)

Facundo Pistola

05/08/2026

Escenario:

Un transatlántico cruzando el océano. Un gran salón con muchas mesas y sillas donde varios personajes toman su desayuno y se dedican al ocio. Dos mozos van y vienen atendiendo las demandas de los pasajeros. Se escucha de fondo el murmullo de las charlas, alguna risotada, el tintinear de una cuchara golpeando la vajilla. Cuatro pistones hidráulicos, uno en cada esquina del plateau, van subiendo y bajando lenta y alternativamente, logrando que el escenario emule el balanceo del navío. Si no hay presupuesto para esto último puede apostarse alguna persona en la concha del apuntador que bambolee un cartel con olas dibujadas.

Personajes:

* Arnau. Personaje principal. Un alfarero nativo de Alfara de Carles. Un catalán fornido, de cabellos negros y ojos penetrantes en el mismo tono de ébano. Sus sienes se ven algo plateadas por las nieves del tiempo. Por su aspecto puede estimarse que está en sus cuarenta. Sus cuarenta años multiplicados por los diez dedos que usa para moldear la arcilla nos dan los cuatrocientos habitantes del poblado donde vive. O vivía. Cansado de la apacibilidad y la predictibilidad de su vida en esa pequeña sociedad decide jugar un pleno y aventurarse en lo desconocido, dejando desde ayer que el horóscopo decida, día a día, el destino de su nueva vida. El vaticinio de la víspera rezaba así: “Capricornio: Neptuno está unido mediante un Trígono con la fuerza de Plutón entre Piscis y Virgo, siendo esto una fuerza muy poderosa con la que se pueden ir dando transformaciones a nivel interior y espiritual que puedan ayudarles a reformar y crear nuevas opciones de vida ante la gran energía universal o Prana que poseen. Puede ser muy bien usada a su favor por los nacidos bajo el signo de Capricornio. Es un momento ideal para atravesar los océanos de dudas que los limitan y embarcarse en nuevas propuestas”. Arnau toma este hado lo más literal que puede y, para no andar navegando en las medias tintas del aurea mediocrita, juntó cuatro de sus trapos, los metió en un bolso y corrió al puerto de Barcelona a tomar el primer transatlántico que partiera a cruzar este océano de dudas que muchos se obstinan en llamar Atlántico.

* Frida: una artista. La suponemos mexicana por su traje de Tehuana. Las piernas recogidas, sentada en el suelo “a lo indio”. Las largas polleras forman a su redor un mar de tela sobre el cual parece flotar. Pelo trenzado, trenzas recogidas formando una tiara de queratina sobre la parte más alta del hueso frontal, coronada por un tocado floral. Tiene puestos unos pendientes con forma de mano. En una pequeña libreta pinta el sonido del color carmesí. Está apoyada sobre sus espaldas contra una columna. Amurado en ella un cartel horizontal parte al medio la verticalidad de la columna. El cartel reza: “Prohibido fumar”.

* Teniente Coronel Benigno Varela: militar, de soberbio aplomo. El mentón bien alto, la mirada siempre al frente, mirada de asesino. Durante el acto se quita el quepis, lo deposita sobre la mesa y empieza a tusarse el bigote, enroscando sendas puntas y apuntándolas hacia el norte. En su cara puede leerse un “yo no lo hice”. O mejor, “sí, lo hice yo, ¿y?”.

* Severino Camposanto: un hombre con apariencia de erudito, majestuosa. Sentado a una mesa con su café lee “Los cuadernos de Malte Laurids Briggs” de Rainer Maria Rilke. Pulcramente vestido de abajo hacia arriba con mocasines marrones, dos tonos más arriba del canela, pantalón de gabardina color camel, remera blanca con cuello tortuga y un saco negro, abierto. Gafas de montura en símil madera. Remata el outfit un gorro de lana fucsia.

* El cortesano: pelo blanco ensortijado, peinado cual peluca de juez inglés. Lleva un traje “a la francesa” con chupa, casaca y calzón, todo en color azul petróleo. Medias blancas hasta las rodillas por encima de la parte baja del calzón. Zapatos negros, cerrados, con un poco de tacón. Con su mano derecha revuelve, cuchara de madera mediante, un caldo verde fosforescente. Mientras repite unas palabras en voz baja agrega con su mano siniestra unos pelos de rata al fluido sin dejar en ningún momento de revolver. Se presume que es el conde de Saint Germain elaborando una pócima para obtener los favores de Madame de Pompadour.

* Simone: una parisina de edad avanzada, con pinta de castor. No nació mujer, sino que llegó a serlo con los años. Viste un traje de dos piezas, con hombreras muy marcadas y un abrigo, al menos, dos talles más grandes que el de su cuerpo. Tiene un pañuelo en la cabeza a modo de turbante. Está enfrascada en una discusión mano a mano, de tú a tú con su pareja, un hombre con un marcado estrabismo escasamente disimulado con sus anteojos. Se deja escuchar la frase “la condena de ser libre”. No se sabe bien quién de los dos la pronuncia.

* Wilckens: un obrero alemán, anarquista, todo vestido de rojo. Hasta lo blanco de sus ojos está rojo; ojos que miran, inyectados de sangre, hacia los bigotes del militar Varela. En ningún momento del acto le saca esa mirada de encima que parece decir “yo no lo hice”. O mejor, “yo no lo hice, pero lo haré”.

* Mozos: dos jóvenes con barbas incipientes, rubios, pelo cortado al rapé. Parecen hermanos gemelos. Zapatos y pantalones negros. Camisa bordó con cuello Mao, la línea de botones blancos empieza a la altura de la cadera, del lado izquierdo y corren de forma oblicua hasta la parte derecha del cuello.

* Extras: en cantidades necesarias, dependiendo del tamaño del escenario. El productor teatral dispondrá del número que considere oportuno, de acuerdo a las dimensiones que se manejen y a la reverberación de la sala, para crear la atmósfera adecuada de avispero y murmullo.

Acto Primero y Último:

Varela se quita el quepis, lo deposita en la mesa y se tusa los bigotes, Wilckens lo ve hacer. El cortesano revuelve su caldo verde fosforescente, repite un mantra en voz baja. Camposanto lee su Rilke. Los dos mozos van y vienen entre los artistas. Un extra revuelve el azúcar de su café, exagerando el movimiento para que suene la cuchara contra la taza. Frida suelta por un momento la libreta y el lápiz y enciende un cigarrillo a la sombra del cartel que prohíbe fumar. Simone la mira, se levanta, camina hacia ella, saca del bolsillo un cigarrillo y le pide fuego.

Entra Arnau en escena. Camina hacia el proscenio, su mesa se encuentra bien pegada al público. Mientras avanza mira extrañado los menesteres del cortesano. La fisonomía de su rostro se tensa, esos elementos de ocultismos le generan mala espina. ¿Será un mal augurio?

El catalán se sienta a la mesa y toma el periódico del día que descansa sobre ella. Nadie sabe cómo llegó hasta allí, a esa isla flotante que es el transatlántico. Quizás un canillita con un potente y hercúleo brazo lanzó el periódico desde la orilla de Barcelona a mil setecientos kilómetros mar adentro. Lo abre directamente y sin escalas en la página del horóscopo. Hace los gestos típicos del hombre que lee.

Una voz en off, clara, con excelente tono y modulación lee para el público el horóscopo de Arnau. Al principio pone cara de no entender, posteriormente su semblante se va ensombreciendo a medida que avanza la dicción. El iluminador va atenuando las luces, acompañando el oscurecimiento del rostro del personaje principal. Se oye:

“Capricornio: Marte entra hoy en la conjunción de Venus. Urano entra en oposición y, a su vez, Mercurio comienza su avance retrógrado. Es un momento para buscar estabilidad en la vida, Capricornio. Hacer lo que venís haciendo, que tan buenos resultados te ha dado hasta ahora. Las nuevas aventuras son un profundo deseo de tu signo, pero los eventos astrológicos dicen que es tiempo de esperar. Cualquier cambio en tu rutina puede venir seguido de sucesos catastróficos e irreparables”.

Arnau: (parándose de un salto mientras el iluminador hace estallar las luces del escenario en una alba y radiante explosión) ­― ¡Ostia puta! ¡Frenad el barco! ¡Capitán! ―.

Cae el telón.

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