El universo, que suele complacerse en la simetría y en las pequeñas crueldades, dispuso que el amor más verdadero de mi vida no tuviera lugar en este plano. Ocurrió en una zona intermedia, un territorio movedizo donde habitan las causas perdidas, las cartas que jamás se enviaron y las melodías agridulces.
Cada vez que pongo videos de Fleetwood Mac y en la pantalla aparece Stevie Nicks, no veo a una estrella de rock de los años setenta cubierta de gasas negras y encajes, la veo a ella. Hay algo en la geometría impredecible de sus rasgos, en la insolencia de esa mirada que parece saber más de lo que dice que me devuelve intacto el fantasma de un amor que no fue. En la voz raspada de Stevie habita el mismo aire desmedido, la misma inclinación hacia los excesos del alma y esa belleza trágica de lo que se consume mientras brilla.
Dicen los muchachos que dicen saber que enamorarse de una imposible es un truco de la cobardía para no enfrentar el fracaso, y la verdad que puede ser, pero hay derrotas que son más nobles que cualquier victoria de cabotaje; ella pertenecía a esa clase de mujeres que no se dejan poseer; pasaba por la vida con el andar de quien camina sobre un escenario invisible, dejando a su paso un tendal de poetas desvelados y hombres sensatos convertidos en ruina.
Nunca cruzamos la frontera de las palabras definitivas, nos quedó pendiente el abrazo largo, la caminata sin rumbo a las tres de la mañana y la discusión por cosas menores, nos quedó pendiente todo lo que destruye el tiempo y sin embargo, cada vez que suena una guitarra de doce cuerdas y Stevie entona una melodía triste sobre novias del desierto y corazones rotos, entiendo que ese amor platónico no fue una falta de suerte, sino una forma de la eternidad.
Los escépticos dirán que el pasado es inmodificable y que las distancias son definitivas, pero yo mantengo una terquedad antigua, casi metafísica. A pesar del tiempo transcurrido, a pesar de los desvíos del destino y de la evidencia aplastante de la realidad, no pierdo la esperanza de que este amor platónico, un día cualquiera y sin aviso, pase a ser realidad.
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