El porqué me siento así, tal vez yo no lo sé decir o simplemente me rehúso a explicar mi sentir. No es que dejara de sonreír, pero las cosas ya no dan tanta gracia como hace unas semanas. Sí, hay días en que el sol es muy fuerte, pero no se siente así; el frío recorre mi espalda y siento que todos me atacan con espadas. No sé si de verdad cambié tanto como dicen; tal vez el problema no fue mi cambio, sino la manera en la que les fue arrebatada aquella versión que ellos preferían de mí.
Quizá nunca extrañaron quién era, sino la facilidad con la que podían leerme, moldearme y esperar siempre la misma respuesta. Y, si la respuesta cambia, quizá suena grosera y se siente ajena, pero ¿qué tan mal se tiene que estar para que empiecen a darse cuenta?
A veces me pregunto si de verdad cambié o solo me agobié de existir y de que nadie notara mi sentir. No escucharon lo que hablaba y ahora les molesta que esté tan callada. Es difícil entender cómo solo extrañan que permanezcas ahí, sin que realmente les importe lo que sientes mientras actúan así.
Me desprendí de una parte de mí, y del todo yo no lo quise así; pero, al crecer, noté que, cuando cambias, no siempre es solo por ti, sino por la manera en la que tu alma intenta impedir que le sea arrebatado todo aquello que se rehusó a sentir.
Ahora el silencio me acompaña como un viejo amigo, y su compañía pesa más que mil palabras. A veces me miro en el espejo y noto algo raro en mi reflejo: se deforma cada vez más con el paso del tiempo. Los muebles de mi cuarto tratan de guardar silencio, pero escucho sus cuchicheos y entiendo por qué lo hacen; siento que notaron que prefiero eso antes que unas vacías palabras de consuelo.
Me convertí en un árbol durante el otoño: todos notaron las hojas que perdí, pero no las tormentas que me obligaron a soltarlas. Y es curioso cómo el viento recibe el mérito de las hojas que cayeron y no la rama que resistió hasta romperse.
Hay heridas que no hacen ruido, pero aun así despiertan a todos los fantasmas que uno creía muertos.Y te remueven las entrañas hasta hacerte sentir como una extraña en el cuerpo que aloja tu alma.
Las cicatrices de mi alma conversan entre ellas cuando el espejo me mira demasiado tiempo en silencio e intercambia una mirada con la ventana, que ya hace tiempo perdió el interés en los ruidos externos. Se observan en silencio, tratando de buscar respuestas a todo esto que les resulta ajeno.
Y el silencio que se apoderó de mi cuerpo resultó ensordecedor; en mi pecho sentía el calor de la desesperación de mi alma, gritando por dejar de sentirse enferma.
La palidez dibuja su firma en mi rostro y mis demonios internos se miran entre ellos, buscando un valiente que pregunte sin ser destruido en el intento. Y el espejo me mira con desconcierto, incapaz de mentir; me enseña mi reflejo y se queda perplejo al notar que mi alma parece haber abandonado mi cuerpo.
Los muebles detuvieron su crujir; la madera, que se quejaba ante el más mínimo movimiento, guardó un pesado y reverente silencio, como si temiera despertar aquel cuerpo sin movimiento. Y la cama, adormecida, se negó a mostrar su queja, pues no sentía del todo el peso del cuerpo. Luego miró al reloj de la pared, buscando una respuesta sobre el tiempo que aquel cuerpo inerte se negaba a mostrar el más mínimo movimiento; pero en su rostro se dibujó el miedo al notar que este perdió la noción de su propio tiempo.
A un lado del cuerpo recostado, hace días, tal vez semanas, las paredes parecían encogerse tratando de brindar consuelo, pero fallaron en el torpe intento.
Y a los objetos que rodeaban la figura en la cama no les quedó más consuelo que abrazarse entre ellos y aferrarse al recuerdo de lo que alguna vez fui para ellos.
Aunque quizá los muebles nunca se consolaron, pues se mantenían inmóviles, como si no les quedara más remedio que esperar aquel momento en que aquel cuerpo sin movimiento externo decidiera volver a pertenecerles.Pero… ¿cómo podrían esperar algo si ellos no son nada más que pedazos de madera que almacenan todas las pertenencias de aquello que se rehúsa a entenderlos?
El reloj tampoco parecía desesperado o mucho menos preocupado. Su cristal roto no era muestra de su angustia, pues solo era un débil recordatorio de que todo parecía incierto. Pero ¿cómo podría perder la noción de su tiempo? Quizá no la perdió; solamente se averió y se mantuvo quieto en la hora que condena al cuerpo al inevitable recuerdo de aquel límite de su soporte que lo guió a su propio colapso.
Y el espejo, asombrado, nunca quitó la ansiosa mirada de todo lo que lo rodeaba, y el reflejo nunca cambió, pues ¿cómo habría de hacerlo si no era más que un cristal condenado a devolver aquello que tenía delante? No era el reflejo el que cambiaba; era el alma la que, poco a poco, dejaba de parecerse al cuerpo que habitaba. El vidrio nunca sintió asombro ni compasión. Permaneció inmóvil mientras contemplaba cómo unos ojos, que alguna vez estuvieron llenos de vida, aprendían a sostener el vacío sin apartar la mirada.
Y las paredes nunca intentaron abrazar aquella habitación. Seguían siendo solo concreto, incapaces de moverse un solo centímetro. Aun así, el aire parecía reducirse con cada pensamiento y parecía pesar cada vez más. Quizá no era el cuarto el que se hacía pequeño, sino una mente cuyos límites comenzaban a derrumbarse sobre sí misma.
Y nunca hubo secretos escondidos entre la madera. Solo una mente consumida por pensamientos que se desgastaron de tanto repetirse. Se volvieron irreconocibles, ajenos, hasta reducirse a un ruido sin voz que devoró cada rincón de su conciencia, dejándola frente al único desenlace que ya no pudo evitar.
Fue tanto el desgaste de su mente que terminó desapareciendo entre aquello que creyó comprenderla. Y solo entonces descubrió que los objetos nunca ignoraron su dolor; simplemente nunca pudieron verlo. Quienes sí podían hacerlo, jamás supieron mirar más allá de aquella fría expresión dibujada en el rostro del alma que abandonó el cuerpo antes de que realmente sucediera.
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