No porque seis veces haya vuelto agosto, ni porque el tiempo haya puesto seis inviernos sobre su nombre, ha de decirse que mi padre murió; que no muere quien, habiendo enseñado a vivir, dejó en otros la lección que a él le sobrevive. Vive, pues, mi padre: viven sus ochenta años, que no los ha cortado el sepulcro, ni los ha podido deshojar la muerte; ochenta primaveras que, detenidas en la orilla de la eternidad, no saben ya de calendarios ni de relojes.
¿Quién, pues, podrá decirme que envejeció, si tan presente lo encuentro en aquello mismo que enseñó? ¿Quién llamará ausencia a lo que en cada consejo vuelve, silencio a lo que en cada recuerdo habla, muerte a quien, sin cuerpo ya para abrazarme, todavía me corrige el corazón?
Fue profesor, y más que profesor, maestro; y más que maestro, padre. Profesor amado, por la grandiosidad de la cátedra y por la dulzura de su paciencia; que si en la lección era firme, en el trato era misericordia, y si enseñaba con la palabra, persuadía mejor con aquella sonrisa que parecía haber hecho pacto con el cansancio para no conocerlo jamás. Tímido era en su interior, aunque grande en el ejemplo; que muchas veces se esconde el oro más puro donde menos presume su brillo, y acaso por eso fue su modestia tan grande como su bondad.
¡Oh paciencia suya, inagotable tesoro de los que tuvimos la fortuna de ser sus discípulos y, sobre todos, sus hijos! Nunca parecía cansarse de explicar al que no entendía, de esperar al que tardaba, de corregir al que erraba. Y cuando la vida le ponía delante la torpeza de nuestras edades, no sacaba del pecho el látigo del reproche, más bien, la lámpara de la enseñanza. Sonriente educaba, para él no era obligación, lo entendía como amor que había tomado forma de oficio.
Yo, quisiera parecerme a él… y descubro precisamente en mi deseo la distancia que me separa de su ejemplo. Porque sí, heredé de su sangre alguna semejanza, pero, no heredé bastante de su nobleza; si llevo su nombre, todavía no llevo con igual dignidad sus virtudes. Y ésta es quizá la pena que más me duele entre todas las penas: no haber llegado a ser el hombre que mi padre fue.
Quisiera su tacitez y me vence la prisa; quisiera su serenidad y me vence el impulso inconsciente; y aunque reconozco en mi aquella mansedumbre suya que jamás fue cobardía, o la firmeza que jamás necesitó violencia… La verdad es que aquel sentido del honor con que parecía enseñar al mundo me es ajeno, no siento haber atendido esa lección… Quisiera, en fin, ser como él; y cuanto más lo quiero, más claramente descubro cuánto me falta para conseguirlo.
No se queja de esto el amor, porque lo confiesa.
Porque amor fue la primera materia de su enseñanza. Antes que la doctrina, el afecto; antes que la reprensión, la paciencia; antes que el orgullo, la humildad; antes que el juicio, la comprensión. Así educó, así quiso, así fue padre: poniendo el amor delante, puso una luz delante del hijo caminante para que aun el error encuentre camino de regreso.
Y ahora, seis años después, ¿qué hago yo con esta ausencia que no sabe ausentarse?
Te busco, padre, en mis propios gestos, que a veces sin querer repiten los tuyos, y entonces vuelves a mí con esa astucia que sólo poseen los que verdaderamente viven. Porque la muerte podrá llevarse el rostro, pero el ejemplo era muy pesado para los huesos; habrase cerrado unos labios, mas no puede desenseñar aquello que una vida entera enseñó.
Hace seis años que resides en la morada construida por el Divino Autor del Todo, y acaso desde aquella casa que no conoce ocaso miras todavía con la misma sonrisa al hijo que no terminó de aprender tus lecciones. Si allí donde estás existe memoria de lo terrestre, sabrás que aquí abajo todavía se pronuncia tu nombre con amor; y si el cielo permite al padre contemplar las obras de sus hijos, perdona, quizá, que algunas veces no haya sido como me enseñaste.
Hace 6 años despedí a un muchacho de 80 años.
Tu rostro sigue teniendo aquella edad en que te recuerdo; tu sonrisa no ha envejecido; tu timidez no ha envejecido; tu manera de enseñar no ha envejecido. Sólo envejecemos nosotros, los que permanecimos aquí abajo contando aniversarios de tu ausencia, mientras tú, acaso, has comenzado a contar eternidades.
Y si algún día consigo ser mejor porque yo fui paciente; si consigo enseñar sin humillar, corregir sin herir, amar sin medida; si alguna vez, ante la dificultad, consigo sonreír y nunca en mi vida juzgar, entonces algo de ti habrá vencido en mí.
No seré tú; bien sé que no.
No alcanzaré aquella bondad que no necesitaba proclamarse. Pero quisiera, al menos, que cuando alguien encuentre en mí una pequeña virtud, pueda decirse en secreto que alguna vez hubo un matrimonio que me enseñó a tenerla.
Así, padre, no te habrás ido.
Porque si el sepulcro guarda tus huesos, mi memoria guarda tus lecciones; el cielo guarda tu alma, mi corazón guarda tu ejemplo; y la muerte se quedó con tus años, a mí me dejó el privilegio —doloroso y dulce a un tiempo— de seguir llamándote padre.
Seis años hace que moras junto al Divino Autor del Todo.
Seis años hace que aquí te lloramos.
Pero seis años no han bastado para que la muerte aprenda tu nombre.
Ni para que mi amor aprenda a despedirse de ti.
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