Joyas en el polvo

Las veo venir con las azadas al hombro. De lejos parecen tres princesas que regresaran a su palacio. No existen flores en el mundo que puedan presumir del color de sus vestidos. Me acerco. Quiero pedirles permiso para fotografiarlas. Ellas me esperan con sus sonrisas. Tienen joyas en nariz, cuello, brazos y manos. De oro. 

Van a arar y sembrar como si fueran a la fiesta de un príncipe. Es lo único que poseen. Ni siquiera su vida les pertenece. Los hombres que las rodean son como las nubes negras del monzón, pero sin la benevolencia de la lluvia. No saben inglés. Las sonrisas suplen las palabras. 

Las fotografío y después aprieto, cariñosamente, sus manos. Me miran sorprendidas. Quizá sea la primera desconocida que las haya tocado. Quizá, también, sea de las pocas personas, a lo largo de su vida, que pueda reconocer su valía. 

Son como joyas en el polvo que nadie ve. Ese polvo que viene del desierto de Thar y que ciega cuanto toca. Menos los corazones. Los corazones, la mayoría, los traen cegados de casa.

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