En la mañana Lucy abrió la puerta del cuarto sin hacer ruido. La escena la detuvo un segundo.
Scarlett estaba sentada en la cama, con la espalda encorvada y el cabello revuelto, como si hubiera peleado contra las sábanas durante horas y hubiera perdido. Tenía ojeras profundas, sombras violáceas que no parecían pertenecer a una niña. Su expresión no era solo cansancio: era desconcierto.
—Vaya… —murmuró Lucy, entrando del todo—. ¿Mala noche?
Scarlett levantó la mirada con lentitud.
—La peor —respondió, frotándose los ojos con ambas manos—. Sé que anoche hablamos. Me avisaste, a tu manera, que esto pasaría, y en mi mente lo normalicé… —bajó las manos—. Pero mi cabeza no estuvo muy de acuerdo.
Lucy dejó escapar una pequeña risa, suave, más para aliviar que por diversión. Se sentó frente a ella, sobre la cama.
—Todo cambio es difícil al principio —dijo—. Incluso los que pedimos durante años. Pero es necesario para avanzar. Lucy le sostuvo el rostro con ambas manos y la observó con atención.
—Y para que lo sepas —añadió—, yo te veo igual de hermosa que siempre.
Scarlett torció la boca, como si quisiera creerlo sin lograrlo del todo. Lucy la abrazó. Scarlett se dejó caer en ese refugio con una media sonrisa, respirando al fin un poco más tranquila.
La puerta se abrió de golpe.
—Traje café —anunció Walter. Ambas giraron la cabeza al mismo tiempo.
Walter dio un paso más… y se congeló en el sitio.
—Pero Scarlett… ¿Qué te pasó?
Lucy bajó la mirada, claramente decepcionada. Scarlett, en cambio, frunció el ceño.
—¿Ah, sí? —dijo, bajando de la cama con rapidez—. Te voy a mostrar exactamente qué me pasó.
—Espera— Demasiado tarde.
Walter dejó caer las tazas, que estallaron contra el suelo, y salió corriendo por la granja como si su vida dependiera de ello.
—¡Pequeña! —gritaba mientras huía—. Solo veo algo… un poquito diferente, ¡no es para tanto!
—¡Tú empezaste! —respondió Scarlett, persiguiéndolo—. ¡Me miraste como si fuera Talo Barriga Floja!
—¡Los dos sabemos que un vago como él no puede correr tras de mí como tú lo haces!
La frase quedó flotando apenas un segundo antes de que todo se volviera caos.
Pasos apresurados. Una silla que cedió con un golpe seco. Algo de madera o loza rompiéndose fuera de cuadro. La casa entera parecía protestar con cada carrera.
Lucy se quedó inmóvil en medio del desastre, miró el techo como pidiendo paciencia a algo superior… y soltó un suspiro largo, cansado, resignado.
—…Claro —murmuró.
Y en ese suspiro, como si nada hubiera pasado lo suficientemente importante como para detener el mundo, el caos terminó.
La hora de partida
Minutos después, Walter cerraba la puerta principal con seguro, mientras Lucy hablaba con Scarlett, ya calmada, acomodándole el cabello.
—Recuerda comportarte bien con Corvin y con su hijo—decía con tono firme, pero cariñoso—. Y no olvides que no puedes contar nada de tus habilidades, en especial a Tommy. La discreción es un regalo, Scarlett. Quienes cargan secretos importantes… deben aprender a dominarlos.
Walter se acercó, apoyando una mano en el hombro de Lucy.
—Va a estar bien —dijo—. Ella es inteligente. Y confiamos en ella, ¿verdad?
Scarlett tenía la cabeza inclinada hacia el suelo. Luego alzó la vista, mirándolos a ambos.
—No se preocupen. De igual forma, Tommy no es muy bueno escuchando—dijo con voz tranquila—. Voy a portarme bien. Prometo… no hacer nada imprudente.
La forma en que lo dijo no tranquilizó a nadie, pero tampoco levantó sospechas. La dejaron en la panadería poco después. Lucy la abrazó largo, con ternura. Walter fue más firme, pero al final le sonrió y le revolvió el cabello. Antes de irse, Walter miró a Corvin con seriedad.
El hombre asintió.
—Está en buenas manos.
Apenas Lucy y Walter se alejaron, Corvin abrió la puerta y le hizo una señal a Scarlett.
—Ven —dijo—. Quédate adentro mientras pasa la celebración. Así puedo vigilarte.
Scarlett asintió… y entró corriendo. Cuando Corvin cruzó la puerta tras ella, comenzó a hablar.
—Podríamos jugar a algo mientras esperamos que Tommy llegue con el trigo. O puedes ayudarme a decorar unos panecillos para— Se detuvo.
—¿Scarlett? Silencio. Frunció el ceño. —Nunca he sido bueno para las escondidas —dijo en voz alta, avanzando lentamente.
La panadería estaba dividida por la barra central, que tenía dos columnas circulares en sus extremos. Corvin alcanzó a ver una sombra moverse detrás de la columna.
—Scarlett… —dijo, entrecerrando los ojos—. No hagas nada que me obligue a explicarle a Lucy.
Scarlett apareció de pronto desde atrás. En un movimiento rápido, le pasó una soga por el torso y lo ató de espaldas a la columna.
—¡¿Qué—?!
—No puedo quedarme —dijo ella, con seriedad absoluta—. —Fue una orden del rey, lo sé. Pero quedarme atrás me da más miedo que Jim. Porque si algo les pasa… yo estaría esperando.—Scarlett continúa mientras termina de hacer el nudo— Sin poder hacer nada.
Corvin la miró, entre sorprendido y preocupado.
—Scarlett, puedes meter a tus familia en muchos problemas— Ella le puso un panecillo en la boca.
—Shhh.
Corvin continuó quejándose entre murmullos mientras Scarlett salía de la panadería y desaparecía entre la gente.
El pueblo entero parecía haberse reunido para despedir la embarcación.
Banderines de colores cruzaban las calles. La música llenaba la plaza. Los comerciantes regalaban fruta a los niños y el olor a pan recién horneado se mezclaba con el del río.
Scarlett avanzó agachando un poco la cabeza, procurando no llamar la atención.
Entonces escuchó una voz.
—¡Scarlett!
Se quedó inmóvil.
Giró apenas el rostro.
Era Talan.
Un muchacho que caminaba por el Tiempo del Horizonte. Alto y delgado, de cabello desordenado y sonrisa fácil. Parecía incapaz de caminar diez pasos sin detenerse a saludar a alguien. Un pescador le levantó la mano desde uno de los muelles. Una anciana le ofreció un pedazo de pastel. Dos guardias le hicieron un gesto amistoso al verlo pasar.
Talan respondió a todos.
Como si todo Monchesquiue fuera su familia.
—¿También vienes a despedir el barco? —preguntó con naturalidad—. Escuché que hicieron unos cambios sobre quién llevará la entrega este ciclo. Ya sabes… nadie quiere quedarse con esa misión.
Scarlett dudó apenas un instante.
—Sí… dicen que es un viaje bastante peligroso.
Intentó acompañar la respuesta con una sonrisa, pero le salió forzada.
Talan soltó una risa breve.
—La verdad es que ni siquiera alcancé a enterarme de quiénes irán al final. Me escabullí cuando la conversación se puso demasiado seria. Esas discusiones siempre terminan aburriéndome.
Mientras hablaba, notó que Scarlett no dejaba de mirar alrededor, recorriendo con la vista cada uno de los caminos que salían hacia el puerto.
—No vayas por la plaza.
Scarlett volvió la mirada hacia él.
—¿Por qué?
—Porque está llena. Debe de haber medio reino reunido ahí.
Se acercó un poco, bajando la voz con la emoción de quien está a punto de compartir un gran secreto.
—Ven.
Sin esperar respuesta, se desvió hacia un callejón tan estrecho que Scarlett habría jurado que no llevaba a ninguna parte.
Al fondo había un viejo almacén. Talan empujó uno de los barriles apoyados contra la pared. Detrás apareció una pequeña abertura de piedra.
—¿Qué es eso?
—Un pasadizo.
Respondió con la naturalidad de quien habla de una puerta cualquiera.
—Conecta con los depósitos del puerto. Casi nadie lo conoce.
Scarlett arqueó una ceja.
—¿Cómo sabes eso?
Talan se encogió de hombros.
—La gente habla.
Sonrió otra vez antes de continuar.
—Y yo escucho.
Scarlett observó el túnel.
Oscuro, estrecho y silencioso… Perfecto.
—Gracias.
Antes de que Talan pudiera responder, ella ya había desaparecido en la oscuridad.
El muchacho la vio alejarse y soltó una pequeña risa.
—Qué raro…
Luego siguió caminando, saludando a otra persona como si nada extraordinario acabara de ocurrir.
Entre saludo y saludo, también se encontraba el Rey Jim, quien había bajado al puerto para despedir la embarcación. A su lado, Apolinar observaba todo con una sonrisa enigmática.
—Que los vientos les sean favorables —dijo el rey, alzando la voz—. Monchesquiue confía en ustedes.
Lucy inclinó la cabeza con respeto, mientras Walter respondió con firmeza.
Apolinar dio un paso adelante.
—Y recuerden… —dijo, observando el barco más que a ellos—. Los barcos rara vez se hunden por culpa del agua.
Nadie respondió de inmediato.
Porque incluso entre la música y la celebración, aquella frase no sonó como una broma.
La tensión se disipó apenas cuando el Maestre del navío hizo presencia entre la multitud.
—Permítanme, señor y señora Pentesky, presentarles su medio de transporte.
El hombre realizó una inclinación elegante antes de hacerse a un lado. Su abrigo oscuro se movía con firmeza bajo el viento marino, y la seguridad con la que caminaba dejaba claro que aquel puerto también respondía a su voz.
—Por supuesto —respondió Walter.
Luego dirigió una respetuosa inclinación de despedida hacia el Rey Jim y Apolinar antes de seguir al Maestre Thael Veynor.
El hombre los condujo hasta la embarcación con un orgullo que no intentó ocultar.
El casco descansaba sobre el agua como una sombra sólida y silenciosa, hecha de una madera oscura poco común, tratada con antiguos procesos que la volvían resistente incluso a fenómenos mágicos.
—Este navío fue diseñado para un solo propósito —explicó mientras avanzaban por la pasarela— transportar cargamento real sin demoras innecesarias.
Lucy esbozó una leve sonrisa, satisfecha. Al menos el barco había sido construido con ese propósito.
Maestre Veyron señaló la cubierta superior antes de continuar.
—Las velas responden con rapidez incluso cuando el viento cambia de golpe. El timón mantiene el rumbo con mucha menos corrección que los modelos antiguos… y mi parte favorita…
Miró hacia la cubierta inferior.
—El salón de mapas está conectado directamente con el catalejo de la cubierta superior. El navegante puede corregir la ruta sin abandonar la mesa de cartas.
Walter recorrió el mecanismo con la mirada sin ocultar del todo su sorpresa. Aquella conexión entre el catalejo y la mesa de navegación no existía cuando abandonó la Armada Real. Había oído hablar de ella, incluso había estudiado sus principios, pero verla funcionando era otra cosa. Bastaron unas cuantas explicaciones y un breve recorrido para comprender el sistema. Cuando terminó, la incertidumbre había desaparecido. Podía hacerse cargo de aquella embarcación.
—Las habitaciones son austeras —Veyron continuó con el recorrido—, la cocina es compacta, los cofres están asegurados al centro del casco… y la celda —hizo una breve pausa— es solo una precaución.
Walter observaba cada detalle con atención, estaba por terminado la muestra del barco, Veyron estaba empezando a abandonar el barco pero algo lo inquietó los ojos de Walter. La proa.
—¿No es arriesgado? —preguntó finalmente—. Esos vidrios azules… pueden reflejar la luz a gran distancia. Podrían delatar nuestra ubicación.
Miró al Maestre Veynor—. ¿No lo cree?
El hombre sonrió apenas, como si hubiese esperado la pregunta.
La proa estaba recubierta por amplias ventanas de cristal azul celeste, el mismo tono que aparecía también en fragmentos de la popa y en líneas discretas que recorrían el casco.
—No son un adorno, señor Pentesky. Son un sello de la Corona.
Walter frunció apenas el ceño mientras observaba el cristal reflejar la luz del puerto.
—Cualquier puerto sabe que este barco transporta un cargamento real.
Lucy respondió enseguida.
—Entonces también lo saben los piratas.
Veyron sostuvo su mirada.
—Sí.
Silencio.
—Y precisamente por eso nadie acepta este viaje con facilidad.
Apolinar, que escuchaba con los brazos cruzados, dejó escapar una risa baja.
—Supongo que ya es tarde para pedir un barco más feo.
El Rey Jim asintió.
—Un reino que esconde sus propios barcos ya empezó a perder el mar.
—Ya entiendo… —dijo Walter—. Veo que algunas cosas han cambiado desde que dejé la armada.
—Unos cuantos cambios. —respondió Veynor con tranquilidad—. Pero puedo asegurarle algo, señor Pentesky…
El Maestre levantó apenas la mirada hacia el horizonte oscuro.
—El mar todavía pone a prueba a los mismos hombres.
El viento golpeó suavemente las velas.
Entonces Veynor inclinó la cabeza y dio la orden de abordar.
Mientras los últimos preparativos se cerraban y las amarras comenzaban a soltarse, nadie notó una figura pequeña que, con pasos calculados y el pulso firme, se deslizó por una de las rampas laterales, aprovechando el bullicio del puerto.
Scarlett contuvo la respiración mientras se ocultaba entre los barriles cercanos a la bodega inferior.
El barco comenzó a moverse.
Y con él, algo más antiguo que el oro, más peligroso que el mar… también zarpó.
⇺
Cuando Monchesquiue desapareció finalmente del alcance del catalejo, Walter dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Ajustó el timón con precisión y luego extendió uno de los mapas sobre la mesa de navegación, repasando la ruta con el dedo.
—El mar está tranquilo —murmuró—. Demasiado.
Lucy subió a cubierta, acomodándose la capa contra el viento.
—Propongo revisar el oro —dijo—. Antes de que nos relajemos demasiado.
Walter asintió sin discutirlo.
Bajaron juntos al nivel inferior. El salón de cofres estaba en penumbra, iluminado apenas por lámparas de aceite que proyectaban sombras largas entre las arcas alineadas. Lucy comenzó a contar en voz baja, marcando cada cofre con la mano.
Uno. Dos. Tres…
Entonces algo se movió… fue rápido, demasiado como para ser una rata. Un sonido suave, casi un roce; algo que pasó de un cofre a otro.
Walter levantó la cabeza al mismo tiempo que Lucy se detenía en seco. Se miraron en silencio. Lucy ya tenía un arma en la mano; Walter estaba listo para atacar.
El viaje… ya había comenzado.
Avanzaron con cautela.
—Sal —ordenó Lucy, firme.
Hubo un segundo de quietud, y entonces, desde detrás de un cofre, emergió una figura pequeña, con el cabello oscuro algo revuelto y los ojos brillantes como si aquello fuese un juego.
—Hola —dijo Scarlett.
Por un instante, nadie habló.
Walter fue el primero en reaccionar. Una sonrisa, involuntaria y sincera, se dibujó en su rostro. Lucy no sonrió.
Se puso pálida.
—…No —susurró primero, como si su mente aún no lo aceptara.
Y luego explotó—: ¡¿SCARLETT?!
La voz de Lucy cortó el aire.
—¿¡Cómo se te ocurre!?
Scarlett ya estaba corriendo.
—¡No es para tanto! —respondió mientras saltaba hacia las escaleras—.
—¡Sabes en cuántos problemas nos metiste! —Lucy fue tras ella, esquivando cofres—. ¡Esto no es un juego!
—¡Ustedes tampoco fueron honestos conmigo! —replicó Scarlett, girando sobre el primer escalón y deslizándose por el pasamanos—. ¡Van a Balqueester!
—¡Tú no tienes porque saberlo todo! —corrigió Lucy—. ¡No tienes por qué estar aquí!
Su voz ya no era solo enojo. Era algo más pesado. Algo que empezaba a rozar el miedo.
Scarlett dio un salto ágil, cambió de dirección, subió dos escalones y bajó otros tres en zigzag, riendo nerviosa mientras Lucy intentaba alcanzarla, pero cada vez más tensa.
—¡Scarlett, baja ahora mismo! —ordenó Lucy—. ¡Si alguien sabe que estás aquí…!
No terminó la frase.
Porque Scarlett giró… y se encontró con Walter frente a ella.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Walter la sujetó con firmeza por los brazos. No fue brusco. Pero fue definitivo. Como si el movimiento mismo ya estuviera decidido desde antes.
—Basta.
Su voz no era alta, fue peor, fue firme.
Scarlett dejó de moverse al instante.
Lucy se detuvo detrás de ellos, respirando rápido. Sus ojos iban de Scarlett a Walter, como si recién en ese momento entendiera la gravedad completa de lo que acababa de pasar.
Walter se agachó un poco para quedar a la altura de Scarlett.
—Esto no es un lugar para juegos —dijo en voz baja—. Y se que lo sabías antes de subirte al barco Scarlett.
Scarlett bajó apenas la mirada.
—No iba a hacer nada malo…
Walter negó lentamente.
—No es lo que ibas a hacer. Es lo que ya está pasando, ¿porque estás aquí?
Un silencio.
Más pesado que los pasos anteriores.
—No siempre podrás hacer lo que quieres —continuó—. No porque no puedas… sino porque tus decisiones afectan a quienes te protegen.
Lucy apretó los labios, como si quisiera decir algo, pero se obligó a callar.
Walter miró a Scarlett con seriedad contenida.
—A tu madre, a mí y a ti también.
Scarlett tragó saliva.
—Pa… tú siempre dices que “el problema no es esperar; el problema es esperar sin hacer nada”.
Walter exhaló por la nariz, apenas sorprendido de oírse reflejado.
—Sí… pero esto no es “hacer algo”.
Se inclinó un poco más.
—Esto es ponerte en riesgo en un lugar donde no puedes estar.
Scarlett bajó la mirada. El silencio que siguió no fue cómodo, fue denso. Walter la soltó lentamente, pero no dio un paso atrás. Lucy cruzó los brazos, pero no era una postura de control, era contención.
—Esto es una locura —dijo al fin, más bajo—. Una locura que no debió pasar.
Walter miró alrededor del salón, luego hacia las escaleras.
—Ya pasó.
—¿Cómo? —replicó Lucy—. Damos media vuelta y…
Walter negó con la cabeza.
—Estamos demasiado lejos para regresar sin levantar sospechas. Y si lo hacemos, no solo pondremos en riesgo el cargamento… también a ella.
Scarlett alzó la vista de inmediato.
—¿A mí?
—Sí —confirmó Walter—. Si alguien nota un cambio de rumbo, preguntarán por qué. Y entonces empezarán las preguntas, dudas que harán que nos quiten la misión de llevar la embarcación y terminarán dando un veredicto definitivo sobre la reubicación de la granja.
Lucy chasqueó la lengua.
—Genial —murmuró—. Así que, básicamente, tenemos una pasajera clandestina porque es mejor pedir perdón que permiso.
Walter esbozó una media sonrisa.
—Exactamente.
Scarlett sonrió con orgullo.
—Lo sabía.
Lucy la miró.
—No sonrías —advirtió—. Aún no he decidido si te arrojo al mar o te encierro en la celda.
Scarlett abrió los ojos, dramática.
—¡Lucy!—dice Walter poniendo su mano en su hombre para que considere sus palabras.
—Es broma —dijo ella, suspirando—. Creo.
Se hizo un breve silencio. El barco crujía suavemente, recordándoles que las cosas seguían un curso, con o sin consenso. Lucy apretó la mandíbula, no parecía convencida, parecía derrotada.
—Odio esto —dijo al fin.
Miró a Scarlett de arriba abajo.
—Pero escucha bien, pequeña: si te quedas, no eres una princesa. Eres tripulación.
—¿Tripulación? —repitió Scarlett.
Lucy asintió, con una sonrisa peligrosa.
—Exacto. Y acabamos de nombrarte… la tripulante estrella del aseo durante todo el viaje.
Walter soltó una breve risa, incapaz de evitarlo. Scarlett parpadeó.
—¿Todo… el viaje?
—Todo —confirmó Lucy—. Cubierta, cocina, escaleras… incluso los rincones que nadie quiere limpiar.
Scarlett pensó un segundo… y luego sonrió.
—Trato hecho.
Lucy la miró de reojo resignada mientras subía las escaleras.
—Definitivamente —dijo Walter acercándose a Scarlett—. Tu madre va a matarnos.
Walter miró hacia la escalera, luego al horizonte invisible más allá del casco.
—Pero primero lleguemos a Balqueester —dijo—. Luego nos preocupamos por sobrevivir a lo demás.
Su mano descansó un segundo sobre el hombro de Scarlett.
—Dime algo… ¿Qué fue lo que le hiciste a Corvin? —
Scarlett sonrió apenas y el viaje continuó.
Y con él, algo más importante que el oro viajaba hacia Balqueester.
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