No sé si fue un sueño o un recuerdo que todavía no me ha sucedido.
Había nacido. Lo sabía con certeza. Vivía en un bosque donde los troncos de los árboles ascendían como columnas intrincadas. La frontera entre la espesura y los prados era tan incierta como la que separa la memoria del porvenir.
No tenía nombre. Yo era un arquero. Llevaba un gran arco y un carcaj colmado de flechas. El peso de aquellas armas parecía sostener mi existencia.
Sin razón aparente, me acerqué a un árbol cuya corteza tenía la antigüedad de los siglos y vacié el carcaj. Las flechas fueron cayendo una a una sobre la tierra.
Entonces ocurrió el prodigio. Entré en el carcaj.
No recuerdo el tránsito. Solo sé que ya no era el arquero. Era una flecha montada en la cuerda del arco. Nadie disparó. O quizá fui yo mismo quien tensó la voluntad de lo ignoto.
Atravesé la abertura donde el bosque terminaba y comenzaba el cielo. El viento golpeaba mi rostro y los paisajes pasaban debajo de mí con la indiferencia de los siglos. Comprendí que todo vuelo es una pregunta. Caí.
La tierra me recibió sin violencia. Permanecí clavado en un suelo árido mientras mi cuerpo era lentamente devorado por el tiempo. Pensé que aquello era la muerte. Me equivocaba.
Cuando la última fibra desapareció, algo en mí se desdobló. Me incorporé sin cuerpo, recogí el arco que había vuelto a existir junto a mí y, convertido otra vez en arquero, lancé una nueva flecha que era, nuevamente, yo.
Volé. Caí. Me consumí otra vez.
Ignoro cuántas veces repetí aquel rito. En los sueños el tiempo no transcurre: se contempla a sí mismo.
Al cabo de innumerables vuelos, advertí una verdad que ninguna filosofía me había concedido. El arquero, el arco, la flecha y la caída: eran una sola conciencia imaginándose fragmentada para experimentar el viaje.
Entonces dejé de ser flecha. Después dejé de ser arquero. Más tarde olvidé el arco.
No ascendí; desperté.
Abrí los ojos en mi habitación. A la derecha de las sábanas creí distinguir, durante un instante que no pertenecía a la vigilia ni al sueño, la silueta de un arco. No sentí alivio.
Pensé que la eternidad no comienza después de la muerte, sino cuando descubrimos que nunca hemos dejado de ser lanzados.
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