¿Qué es la memoria?
Al tercer día advertí una anomalía que nadie parecía notar.
La biblioteca era más vasta.
No porque hubieran aparecido nuevos anaqueles, sino porque algunos pasillos desembocaban en otros que yo no recordaba haber recorrido. Pensé que acaso la memoria no fuera un depósito del pasado, sino un arquitecto paciente que modifica la casa mientras dormimos.
Los invitados ocupaban ya sus lugares.
Sobre la mesa había un único objeto: una pequeña llave de bronce.
Nadie preguntó qué puerta abría.
Borges tomó la palabra.
—Hoy nos reúne una facultad más misteriosa que la inteligencia. ¿Qué es la memoria?
Homero respondió primero.
—Es el único puerto al que siempre regresa Ulises, aun cuando haya olvidado el camino.
Virgilio añadió:
—Es la herencia invisible de los pueblos. Un hombre puede ignorar quién fue su padre; una nación no puede ignorar quiénes fueron sus muertos.
Dante habló con la gravedad de quien ha descendido al reino de las sombras.
—Los condenados recuerdan demasiado. Los bienaventurados recuerdan con justicia. Quizá el Paraíso consista en no olvidar nada sin sufrir por ello.
Cervantes dejó escapar una sonrisa.
—La memoria es una excelente novelista. Corrige los hechos con la misma naturalidad con que un hidalgo corrige la realidad para convertirla en aventura.
Shakespeare contempló la llave.
—Los hombres creemos recordar el pasado. En verdad recordamos al actor que fuimos cuando el pasado ocurrió.
Dostoievski cerró lentamente las manos.
—No hay cárcel más severa que un recuerdo que se niega a pedir perdón.
Kafka habló casi en secreto.
—Hay recuerdos que no pertenecen a nadie. Sin embargo, son los que gobiernan nuestra vida.
Joyce pareció escuchar un rumor lejano.
—La memoria nunca avanza en orden. Una palabra llama a otra, un olor despierta una calle, una calle devuelve una infancia y la infancia inventa un hombre distinto del que somos ahora.
Proust sostuvo la taza de té con la delicadeza de un sacerdote.
—No buscamos el pasado. Es el pasado quien nos encuentra cuando menos lo esperamos. Un sabor basta para derrotar a los calendarios.
Montaigne sonrió.
—Recordamos menos lo vivido que lo pensado acerca de lo vivido.
Pascal levantó la vista.
—La memoria es una de las pruebas de nuestra miseria y también de nuestra grandeza. Nos impide ser eternamente felices y nos salva de ser eternamente necios.
Nietzsche habló sin énfasis.
—Olvidar es tan necesario como recordar. Una memoria absoluta haría imposible la vida.
Chesterton asintió.
—El milagro consiste en que todavía podamos sorprendernos de aquello que hemos visto mil veces.
Camus miró la llave.
—La memoria no redime el dolor. Apenas le concede una forma soportable.
Umberto Eco recorrió los estantes.
—Toda biblioteca es una memoria que sabe más de lo que cualquier lector podrá recordar.
Hasta entonces Borges había permanecido en silencio.
Con la punta del bastón acercó hacia sí la pequeña llave de bronce.
—Hace muchos años imaginé a un hombre incapaz de olvidar nada.
Nadie necesitó que pronunciara el nombre de Funes.
—Creíamos que la memoria perfecta era un don. Descubrimos que podía ser una prisión. Olvidar no es una derrota de la inteligencia; es una de sus misericordias.
Levantó la llave.
—Empiezo a sospechar que la memoria no conserva el pasado. Conserva aquello que el tiempo aún no ha conseguido perder.
Guardó la llave en el bolsillo.
Nadie protestó.
Entonces advertí que algunos libros habían cambiado de lugar.
No era la biblioteca la que se había transformado.
Éramos nosotros quienes ya no la recordábamos igual.
Y comprendí, con una certidumbre que me inquietó más de lo que me consoló, que la memoria no es un espejo del tiempo.
Es el tiempo cuando decide soñar consigo mismo.
OPINIONES Y COMENTARIOS