¿Existe Dios?
La biblioteca había cambiado otra vez.
No porque hubiese nuevos libros, sino porque algunos títulos parecían haber olvidado sus autores. En ciertos lomos sólo podía leerse Tratado, Confesiones, Poemas, Evangelio, Diálogos. Como si, ante la inminencia de la pregunta, los nombres hubieran preferido retirarse discretamente.
Nadie ocupó su asiento con prisa.
Comprendí que aquella tarde el silencio no era una cortesía. Era un argumento.
Borges recorrió la mesa con la mirada.
—Caballeros, la pregunta de hoy ha sobrevivido a todas las civilizaciones. Ignoro si sobrevivirá a esta conversación. ¿Existe Dios?
Nadie respondió.
Fue Pascal quien rompió el silencio.
—No conozco demostración concluyente. Conozco, en cambio, el vértigo del hombre cuando descubre que el universo guarda silencio. Allí comienza la fe.
Dante habló después, con la serenidad de quien cree haber visto aquello de lo que habla.
—Preguntar si Dios existe es como preguntar si existe la luz mientras uno contempla el sol.
Montaigne movió lentamente la cabeza.
—Desconfío de toda certeza excesiva. La ignorancia confesada suele ser más sabia que la convicción orgullosa.
Nietzsche sonrió con una mezcla de ironía y tristeza.
—Dios ha muerto.
Nadie pareció escandalizarse.
Él mismo continuó.
—No fue una victoria del hombre. Fue una pérdida. Ahora debemos soportar el peso de un cielo vacío.
Dostoievski levantó los ojos.
—Y precisamente por eso el hombre se vuelve peligroso. Cuando deja de responder ante Dios, comienza a responder únicamente ante sí mismo.
Camus apoyó los codos sobre la mesa.
—No sé si Dios existe. Sé que el sufrimiento de un solo niño vuelve insuficientes muchas respuestas.
Kafka habló casi sin mover los labios.
—Yo no busqué a Dios. Busqué una puerta. Siempre estaba cerrada.
Homero contempló un punto lejano.
—Los dioses existen mientras los hombres los recuerdan. Los olvidos también tienen sus divinidades.
Shakespeare dejó escapar una sonrisa apenas visible.
—He escrito reyes que hablaban con Dios y bufones que lo comprendían mejor. El cielo rara vez distingue entre ambos.
Joyce jugueteó con una palabra antes de pronunciarla.
—Tal vez Dios sea el idioma que el universo intenta aprender desde el principio.
Proust permaneció pensativo.
—Si existe, acaso habite en esos instantes en que el pasado regresa intacto y nos concede, durante un segundo, la ilusión de vencer al tiempo.
Chesterton rió con la alegría de quien disfruta una paradoja.
—Lo extraordinario no es que algunos hombres crean en Dios. Lo extraordinario es que un universo tan improbable haya conseguido convencer a tantos de que todo ocurrió por casualidad.
Umberto Eco intervino sin levantar la voz.
—Cada época escribe un nuevo comentario sobre Dios. Lo curioso es que el manuscrito original continúa perdido.
Durante un largo rato nadie dijo nada.
Entonces todos miraron a Borges.
Él parecía distraído, como si escuchara una conversación que tenía lugar en otra biblioteca.
—No sé si Dios existe —dijo finalmente—. Me basta saber que la humanidad nunca ha dejado de imaginarlo. Quizá la teología sea la forma más alta de la literatura fantástica; quizá toda literatura sea un modesto capítulo de la teología. Ignoro cuál de las dos conjeturas es la verdadera.
Guardó silencio.
Después añadió:
—Hay, sin embargo, una sospecha que nunca me ha abandonado. Si Dios existe, no necesita que lo defendamos. Si no existe, nuestras discusiones tampoco lograrán abolir la nostalgia que inventó su nombre.
Nadie respondió.
En ese instante ocurrió algo que ninguno de nosotros pudo explicar.
Uno de los libros sin autor cayó lentamente de un estante.
Se abrió exactamente por la mitad.
Todas sus páginas estaban en blanco.
Nadie se atrevió a decidir si aquello era una prueba… o una invitación.
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