La conversión de Jonás

La conversión de Jonás

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30/07/2026

La comida chatarra, o junk food, se popularizó en la década de 1950. Su industria generó enormes ganancias. El impacto fue negativo en la salud pública, el bienestar animal y el medio ambiente. Entre 1970 y 1999 se popularizó aún más en EE.UU. y la dieta de los estadounidenses cambió significativamente. 

I

– ¡Permiso señor! Aquí tiene el informe sobre las french fries “The Good Taste”- Dijo la secretaria ejecutiva al presentarle el memorándum en mano a Jonás Montero, director ejecutivo de Kraft Foods U.S.A.

– Gracias Esmeralda – Contestó este tomando el informe y leyendo las partes señaladas con marcador amarillo. “Mejor inserción en el mercado en el último trimestre”, “Avanza 4,2 puntos porcentuales sobre “Placid Midday” de Nabisco, líder del segmento”. Sonrió para sus adentros dejando el papel a la derecha en el espacioso escritorio, y continúo estudiando el problemático memorándum sobre los últimos bombones que habían salido al mercado, los cuales no tuvieron una grata recepción ni por los glotones clientes heavy users de la compañía. 

La noche avanzaba de a poco sobre la tarde y ya era difícil ver los espaciosos y bellos jardines a través de los grandes ventanales de la oficina de Jonás, en la sede de la compañía en Northfields, en el condado de Cook, Illinois, a unas pocas millas del centro de Chicago, cuando este la abandonó.

Jonás neoliberal, creía que el estado solo debía tener funciones judiciales y de seguridad, todo lo demás debía estar desregulado dando lugar a la libre competencia; se afilio al partido republicano durante la presidencia de Ronald Reagan y gozaba de un alto consenso de sus ideas en el mundillo de la alta dirección. 

Se dirigió en su superdeportivo italiano Zonda C12 a su mansión en los suburbios de la ciudad. Cuando llegó y guardó el auto en el garaje con espacio para seis vehículos, a pesar que se ocupaban solo dos de la señorial finca que le había costado cuatro millones y medio de dólares tan solo el año pasado, luego de eso el mercado inmobiliario se había disparado, ya pasaban las nueve de la noche, lo estaba esperando Victoria Schwarz, su pareja desde siempre, con la cena lista preparada por la cocinera italiana. A pesar de que hicieran varios tratamientos de fertilidad no tuvieron resultados.

Hablaron poco, pero de manera amena durante la simple cena de fetuccini a la boloñesa, regados con un buen tinto, seguidos de un flan de vainilla con crema. Uno de los temas fue la proximidad del milenio, en menos de un año acababa el siglo, y se lo notaba en el aumento en la ansiedad de la gente.

Luego de despedir a la cocinera apagaron las luces de la planta baja y subieron a la recamara donde hicieron el amor, después de lo cual Jonás se dio media vuelta y se dispuso a dormir plácidamente, teniendo en mente el éxito con “The Good Taste”.

Al día siguiente fue uno de los primeros, como siempre, en ingresar al edificio insignia cuando no eran todavía las ocho de la mañana. Fue a su oficina en espera de Esmeralda, que llegaba un poco después que él.

Nunca le exigía que llegase antes, pues le gustaba estar un rato a solas meditando sobre asuntos importantes que se iban acumulando, o sobre cuestiones que hacían al día. Hoy era como arrebatarle a General Mills, la corporación de Golden Valley, en Minnesota, el liderazgo por sus malditos bombones de nombre precisamente “Golden Valley” con sus propios y fallidos “Michigan Coasts” de los cuales se había estado interiorizando.

Releyó una vez más el memorándum del día anterior sin dar en la tecla. “Muestreo de combinación de ingredientes 100 % excelente”, “Testeo de propaganda en el segmento impecable”, “Muestreo de envoltorios y empaquetamiento sobresaliente”. 

“¿Qué rayos sucede aquí? Si todo va tan bien, entonces ¿Por qué maldito motivo no los quieren?” pensó. 

En el momento que llegó Esmeralda Jonás le pidió que le prepararan el Gulfstream V, el avión ejecutivo de la corporación para volar a Atlanta por la mañana del día siguiente y supervisar él mismo lo que sucedía en la planta de producción, la inversión en ese producto era demasiada como para que se perdiera. Además, la visita sería de sorpresa, por si algo no anduviera bien.

       

II

Era un verano tórrido el de 1979; y Rosa, una niña de diez años, rubia, pecosa, con aparato de ortodoncia y unos grandes y expresivos ojos marrones de Minneapolis acababa de perder a su padre en un accidente automovilístico de regreso de su trabajo. Su madre los había abandonado ya hacía cinco años. Excepto un tío de treinta y cinco años, hermano menor de su padre, casado y con un puesto gerencial en una multinacional alimentaria que no quería hacerse cargo de ella invocando falta de tiempo, no tenía a nadie en el mundo.

 Cuando el juez de menores decidió enviarla a un orfanato, aparte del día en que el destino le quito a su progenitor fue uno de los más amargos de su corta existencia.

Recordaba haber estado en su casa algunas veces con Jonás Montero, el hermano de su padre, Richard Montero, también nebulosamente una o dos veces en la gran casa que su tío tenía junto a su esposa en Chicago. Y aunque Jonás se mostraba muy afectivo con ella, aquellas pocas veces les había llevado regalos, después supo que era porque no podía tener hijos.

Varios fueron los intentos infructuosos por ponerse en contacto con Jonás, incluso uno fallido de ir a verlo a su casa, creía que en la empresa en la que trabajaba podrían ayudarla a encontrarlo o darle su dirección, para pedirle auxilio en su desesperada situación, por el que casi pierde el derecho de asistir a la escuela. 

Buscando una válvula de escape encontró que la administradora de la institución era habitué de la cocina donde recibía sabrosos alimentos, los cuales disfrutaba de sobremanera. Así que tratando de imitarla en sus ratos libres ayudaba en los quehaceres de la cocina, siendo premiada con deliciosos restos de comida. Pronto alcanzó uno kilos más de lo aconsejable.

Muy pocas veces fue elegida para formar parte de una familia adoptiva, ya que su figura fue cada vez más redondita, y cuando lo era nunca llegaba a término su periodo de prueba, sus costumbres respecto a la comida eran cada vez más férreas, y los adoptantes querían un vástago dentro de la normalidad, no un presupuesto extra.

Cada vez que volvía iba a encuentro de la cocinera, ya su amiga fiel, quien con un instinto maternal la seguía adobando.

Con el pasar de los años en su vida se definieron dos intereses en particular, la comida y la enseñanza. Llegó a soñar que cuando cumpliera los dieciocho años y abandonara el Hogar estudiaría cocina para trabajar y alimentarse de su hobby al mismo tiempo; pero en sus momentos de reflexión pensaba que lo que hacía libre a una persona era su educación y cuanto menor fuera su edad de inicio en ella tanto mejor, y aunque sus notas en el Instituto Público, al que asistía becada por el estado en su condición de integrante de un orfanato, no eran de las mejores, se aplicaba lo mejor que podía para evadirse de su medio, y así disfrutaba de su aprendizaje.

Al llegar a la mayoría de edad, hora de dejar el orfelinato y después de aprender bastante de las artes culinarias gracias a su amiga decidió orientarse por sus intereses, por la mañana asistía a un college para graduarse de licenciada en formación docente y poder ejercer de maestra de primaria y por la tarde y noche trabajaba en un restaurante nocturno, mientras residía por un pago mínimo en un antro al que llamaban albergue. Fueron muy lentos los cuatro años siguientes, pero lo consiguió.

Al graduarse participo en un concurso para llenar una plaza de docencia en cuarto grado en la escuela de su antigua jurisdicción, podría asistir a los que como ella eran huérfanos.

Recién graduada y habiendo conseguido un trabajo adecuado conoció al que al parecer era el amor de su vida, Martín Moore, veintiocho años, segunda generación de irlandeses nacido en suelo americano, con la profesión precisa, cocinero, de un restaurante irish de moda, distante a pocas cuadras de su residencia, fue un flechazo a primera vista. Luego de unos meses de convivencia se casaron; Rosa ya tenía veintitrés años. Al año siguiente llegó el primer bebé, que nació sin complicaciones pese a la mediana obesidad de la madre, al que llamaron Timoteo; y un par de años después Estefan.

Grande fue la sorpresa de Rosa cuando la división de narcóticos de la policía local irrumpió en su hogar buscando a Martín que resultó ser el jefe de una pandilla de miembros del Sinn Féin Republicano que se dedicaba a vender ravioles de cocaína en el barrio, para capitalizar al IRA Provisional, en especial en las inmediaciones de su escuela. Si le echaban el guante le caerían más de cinco años en chirona. Ya hacia una semana que inexplicablemente faltaba de su hogar y de su trabajo. 

Cuando regreso ya Rosa había iniciado el juicio de divorcio en ausencia por abandono de hogar y malas influencias, no quería que el padre de sus criaturas fuese un reconocido capo mafia. La discusión a los gritos entre la maestra y el cocinero en el acostumbrado tranquilo y relajado hogar tuvo rango de épica. Hasta que él en un arranque de furia y dando un fuerte portazo salió de la vida de ella.

Rosa ahora una mujer en trámite de divorcio, con dos niños a cuesta de tres y un año, y sin el apoyo emocional de una pareja, y con un trabajo profesional que no le dejaba tiempo más que para cuidar de su prole y algo más, cuando no contrataba a una babysitter, comenzó a transitar el peligroso camino de reemplazar una dieta hiper calórica habitual por una ultra procesada de origen industrial. Se hizo común la ingesta de bombones, chocolates, papas fritas, snacks y demás. La talla grande dio lugar a la extragrande. La obesidad comenzó a presentarse como un problema mayor. 

III

Jonás luego de un largo y agitado vuelo a Atlanta y un recorrido por la planta fabril de la alimentaria llegó a la conclusión de que la razón que se escondía por debajo del pobre desempeño del producto era indescifrable. Tuvo una reunión con el gerente de la fábrica, quien le explico, como él ya sabía, los fundamentos en los que se basaba lo que allí se hacía.

Los químicos buscaban la combinación ideal de azúcar, sal y grasas de cada producto con la finalidad que una vez en la boca y en contacto con la lengua dieran una sensación de “sabor a más”, encontrada esta y relacionada con los demás ingredientes de manera exacta respondiera a un producto que en conjunto con los slogans publicitarios que acudían a la mente del público en general y de los clientes en particular resultara en un flujo continuo de ventas.

De la planta salían miles de chocolates, bombones, galletas dulces y productos azucarados en general al día; todos atractivos y debidamente empaquetados tanto para el mercado local, como el foráneo.     

Viendo que su requisa no aportaría nada nuevo al producto Jonás decidió que se trataba de un día perdido y volvió a la sede de su compañía.

Posicionado nuevamente en su oficina llegó Esmeralda con otro memorándum, esta vez se trataba de una demanda judicial interpuesta en la Quinta Jurisdicción en lo Comercial y Contencioso de Atlanta presentada por un nuevo grupo de presión formado por una sociedad de consumidores. El motivo era la negligencia y desidia que demostraba la corporación hacia la salud de sus clientes al poner a la venta comestibles con contenido muy altos en azucares, grasas y sal, fomentando la obesidad y la frecuente aparición de enfermedades como la diabetes, hipertensión, cardiopatías, y hasta diversos tipos de cáncer, resultando en la incidencia de la alta tasa de mortandad, incluyendo la infantil, por la que en los últimos años el veinticinco por ciento de los decesos en el país se debía a la mala alimentación.

Esmeralda comentó al pasar que todo el grupo de las ocho corporaciones alimentarias más importantes habían recibido la misma demanda.

Jonás lo leyó y le dio comicidad al pensar en que se basarían para fundamentar lo que aducían, y más aún al enfrentarse no a una sino a la totalidad de las ocho, con sus siderales influencias en los estratos políticos y judiciales.    

   Aquella tarde, malhumorado con las ocurrencias del día decidió regresar antes a casa dejándole el día libre a Esmeralda.

 Al llegar encontró a Victoria sentada en el cómodo y amplio living frente al televisor panorámico viendo un documental sobre las empresas alimentarias y sus mercados, y lo que decía un especialista al respecto. La saludo besándola en los labios y tomo asiento a su lado.

Peter Maxwell, el especialista, relataba en pantalla los ingredientes principales que se usaban en las fábricas de alimentos ultra procesados.

“La industria alimentaria odia la palabra adicción. Esto es porque para los centros de placer del cerebro hay mucha relación entre un paquete de galletitas Oreo y una dosis de heroína” decía Peter, y continuaba “La vida frenética de nuestro tiempo nos lleva a muchas insatisfacciones, algunas con nosotros mismos, por lo que la adicción a la comida chatarra se convierte en una manera de enfrentar nuestros problemas y obtener gratificaciones. Este círculo vicioso incrementa la toxicidad de nuestro entorno, lo que lleva al aumento de la obesidad mundial con sus consabidas enfermedades. El resultado es una escala sin precedentes de muertes por mala alimentación.” 

– Otra vez la muerte por mala alimentación – bufó Jonás.

– ¿Qué te pasa? – preguntó Victoria mirándolo sorprendida, mientras apagaba con el control remoto el televisor.

– Nada, mi amor. Es que nos presentaron una demanda en base de lo que acaba de decir ese hombre en la tele. Es algo irrisorio, pero… – compartió Jonás visiblemente molesto y anonadado.

IV

Caía una leve garúa en la tarde del Chicago de fines de primavera de 1999 y Rosa había llegado a la ciudad para asistir a una convención nacional sobre obesidad en el Chicago Cultural Center, edificio construido en 1897 y destinado a ser la primera biblioteca central pública de la ciudad.

Hacía años que ya había reconocido su grave problema con la obesidad, y se hacía atender por el servicio de obesidad de la sede central de la Clínica Mayo en la ciudad de Rochester, a unos noventa minutos de Minneapolis. Allí como otros cientos de pacientes acudía a un tratamiento interdisciplinario cuyos médicos que la trataban, Cinthya Dvorak y William Clinton eran dirigidos por los ya famosos Steve McCorwick psiquiatra, y Adrián Gorocito endocrinólogo. Además de una probable cirugía bariátrica, y las prescripciones médicas, como el reciente Xenical, aprobado ese año por la FDA, le sugerían que fuera a conferencias, además de las de la propia clínica, tanto para informarse, como para sentir de que no estaba sola en su lucha. 

Rara vez cuando asistía, tanto a la clínica como a alguna conferencia, llevaba a los niños; casi siempre los dejaba en la casa de alguna amistad, en cuyo caso la atención era siempre reciproca, o con alguna babysitter de confianza.

En la entrada del centro de convenciones coincidió con un hombre alto, morocho, de pequeños ojos negros y de unos cincuenta y cinco años, vestido de un impecable traje azul, camisa celeste y corbata a finas franjas verdes y negras; a pesar de haberlo visto por última vez hacia más de veinte años lo reconoció de inmediato:

– ¡Tío! – Exclamó con alegría, a la vez que lo miraba y alargaba un brazo hacia él.

– ¿Rosa? – Contestó él en voz baja y algo incomoda.

– ¿Cómo está?¡Nunca imaginé encontrarlo aquí! – Dijo con voz dulce, abrazándolo y apoyando la cabeza sobre su pecho.

– Nunca imagine encontrarte aquí – Respondió él dejándose abrazar.

Se sentaron juntos en la parte media de la reunión, la que duró tres horas y media y en la que hablaron varios expositores, tanto médicos, como psicólogos, especialistas en el tema y pacientes en general. Los temas de los que hablaron, excepto muy pequeñas diferencias, fueron los de todas las veces; lo importante es que algo se estaba consolidando en el ambiente.

A la salida Jonás invitó a tomar un café a Rosa; preguntaron por un bar cercano en un puesto de Hot Dogs, y les señalaron uno a dos cuadras; aún caía la leve garúa.

Ambos pidieron un cafecito y Rosa lo hizo acompañar de un sándwich de miga tostado.

– ¿Qué fue de tu vida, si me dejas preguntar Rosa, después de lo de tu padre? – Inquirió interesado Jonás.

Entonces ella desahogo su corta vida en su tío.

– ¡Perdóname por no haber hecho algo en su momento!

– ¿Qué podrías haber hecho tío? – sonrió ella – Estabas iniciando una carrera que te iba a llevar lejos, acompañado por una esposa que seguramente te comprendía y te aliviaba en tus tensiones. Una niña pequeña no entraba en tus horizontes.

– ¿Tenes hijos Rosa?

– Si. Tengo dos pequeños – respondió pensativamente con una sonrisa.

– Yo nunca pude tener hijos – Agrego él.

Pasaron unos minutos en silencio. Observaron a través de la ventana como la leve garúa que mantenía húmedo el piso se convertía en fina llovizna.

– ¿Quieres conocer a Victoria, mi esposa…te invito a cenar? – preguntó abruptamente Jonás.

– ¡Me encantaría! – Contestó Rosa.

Abandonaron el bar y se dirigieron caminando hacia el edificio de la playa de estacionamiento donde estaba aparcado el Zonda C12 azul de Jonás.

Cuando llegaron Rosa estaba deslumbrada por el bonito barrio en el que vivía su tío, al que pudo apreciar por la iluminación ambiental y que a pesar de la hora aún restaba luz del día, y por la magnitud y lujo de la mansión en la que residía.

     Conoció a Victoria Schwarz, la morocha, de estatura mediana, y delgada mujer, pareja de su tío de toda la vida. Hubo una inmediata empatía entre las dos. Y Mientras la cocinera preparaba la cena, una sopa espesa de verduras y hortalizas enteras con carne con osobuco, que en Argentina recibía el nombre de puchero, los tres se sentaron en el living a charlar.

– ¿Dónde vives? – Preguntó Victoria a Rosa.

– En Minneapolis, la ciudad de los lagos, Victoria.

– No me llames Victoria, querida, dime Vicky – señalo Victoria, continuando – ¿Y cuál es el más cercano a tu casa?

– El Lago de las Islas, contiene varias pequeñas islas, el pueblo Dakota le llamaba Wita Tópa. Además de salir a la plaza, es mi lugar preferido para ir a dar un paseo con los niños.

– Nosotros no pudimos tener niños. ¿Cómo te llevas con los tuyos? Deben ser unos diablillos.

– Estefan tiene cuatro años, y es un ángel rubio, bonachón y sentimental como yo; y Timoteo, de seis años, es un muchachito recio y apasionado, salió al padre.

– ¿Cómo es vivir en familia? Nosotros nunca lo experimentamos; no pudimos tener hijos. – preguntó de repente Victoria.

– Estoy divorciada. – comentó cabizbaja Rosa 

– Lo lamento. – señaló en voz baja Vicky, mientras cubría con su derecha las manos juntas de Rosa.

– ¿Por qué Jonás asistió a la convención de obesidad? – Preguntó abiertamente Rosa, curiosa.

– Recibió una demanda de una sociedad de consumidores por negligencia y desidia hacia la salud por cómo actúan las empresas como las que él trabaja, decidió informarse más profundamente y le pegó duro, estamos en la peor crisis epidémica de obesidad de la historia, y la cosa no tiene signos de mejorar.

– Si. Es cierto. – comentó Rosa sensiblemente. 

En ese momento entró la cocinera para indicar que la cena estaba lista.

A Rosa le encantó la comida argentina. Incluso le pidió permiso a Victoria para pedirle la receta a la cocinera, quien muy complacida la compartió.

Después de la entremesa, en la que jugaron juegos de tablero, Jonás le preguntó a Rosa si gustaba de pasar la noche en su casa, pero ella declino la oferta, estaba ansiosa de volver con sus niños. Entonces él compró vía telefónica un pasaje en el vuelo que partía poco después de la medianoche, y la acompaño a esperarlo en el superdeportivo. 

V

Jonás y Victoria adquirieron la costumbre de comunicarse por correo electrónico con Rosa cada tres o cuatro semanas, con la promesa de visitarse de nuevo mutuamente

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