Faltaban dos meses para su cumpleaños. Después de tanto tiempo solo, ese fue el ultimátum que se dio a sí mismo para ver cómo iban discurriendo las cosas; como siempre había hecho, dejando que el mundo entero dictara su rumbo. Si no pasaba algo distinto, a partir de esa fecha pensaría ya en firme en recoger sus bártulos y mandarlo todo al carajo. A fin de cuentas, ¿qué coño estaba haciendo él allí, más solo que la una, lejos de todos sus conocidos y de todo su entorno?

Como muchas veces gustaba repetirse a sí mismo, más valía morirse de hambre que hacerlo de asco. Además, aquella vida lo estaba acabando: había empezado a tener problemas con los dientes cuando antes nunca los había tenido, dolores de espalda, de huesos, de cuello y hasta en un huevo y, para rematar, le venían visitando con insistencia sus viejas amigas las hemorroides. Pudieran ser los años, pero tanto y tan seguido ya le iba pareciendo un poco excesivo.

Vivía rodeado de los fantasmas de su pasado, más reales que nunca por culpa de su soledad. Muchas veces, en esas largas noches en vela, empezaba a recordar sus vivencias eróticas con aquellos fantasmas. Es extraño, pero, en su media locura, hasta las pesadillas se volvían sueños más o menos memorables.

Se acordaba, curiosamente, de las cosas más peregrinas, de aquellos hechos que nunca llegaron a pasar y que siempre se le grabaron como ocasiones perdidas. Sí, sabía que la única manera de exorcizar esos demonios sería el día que pudiera abrazar de nuevo a alguien, pero en este punto se sentía atrapado en una ambigüedad: deseaba desde lo más profundo tener a alguien a quien querer y ya no le importaban las nimiedades estúpidas que lo habían lastrado en su pasado. Ahora eso le daba igual y se maldecía por las ocasiones en que esos prejuicios habían echado a perder lo que podría haber sido una ocasión más que digna. Pero, por otro lado, la idea de volver a pasar trabajos y todo lo que conlleva una nueva relación se le antojaba tan pesada como levantar mil kilos a pulso; ni siquiera quería intentar empezar.

Quería compañía, pero en su tremenda pereza emocional no quería buscarla.

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