Eran las tres de la tarde. El reloj decía, en cada vuelta, que ya estaba por terminar mi día de trabajo. Yo era el mensajero de aquel lugar; ella, la nueva: la linda, la maravillosa princesa cuya sonrisa me atrapaba y me dejaba sin aliento, en ese intenso desespero por hablarle un poco más.
Con su silueta de reina y sus ojos lindos, con esos mil y dos mil dones que me volvían loco a mí y a este terco corazón que, en cada latido, mencionaba su nombre.
Quisiera decirle que jamás me había gustado tanto la idea de trabajar como me gusta ahora.
Pocos entenderán esta historia; solo quienes hemos amado en silencio. Ahora, todos los días le dejo un chocolate con un poema y un «gracias por llegar a mi vida», con el miedo de que no corresponda a este sentimiento que es más grande que yo.
Verte es la paz en medio de la guerra. Verte es huir de este planeta, jugar con la angustia y quedarme en la luna cuando me besas. Y, entre besos y caricias, me dices: «Sigue intentándolo». Yo también soñé con un hombre como tú, pero solo es un sueño, porque, en esta realidad, mi temor puede más que yo.
Ya es tarde. Terminó mi día de trabajo y, antes de irme, esperaré a que salgas y te recoja ese taxi de las seis. Tú, tan linda, siendo la más bella creación de Dios; yo, tan loco y sin nada que ofrecerte.
En la mañana siguiente enciendo la estufa y le doy gracias a Dios por todo lo bueno: por dejarme conocerte, por dejarme verte y por permitirme suspirar con tu aroma y ese perfume de Chanel que vuelve loco mi olfato.
No sabes cuánto cambia mi día con solo verte unos segundos. A veces pienso que el destino fue generoso conmigo al cruzar nuestros caminos, aunque solo sea para admirarte en silencio. Tal vez nunca sepas todo lo que provocas en mí, pero cada amanecer le agradezco a Dios por regalarme la oportunidad de volver a encontrarte.
Salió el sol mientras la luna se despedía con una tristeza agobiadora, capaz de estremecer el cuerpo de cualquier ser sensible.
Alistar todo y salir emocionado para abordar ese tren era parte de mi rutina. Lo que no sabía era que el destino y Dios ya me habían preparado una cita sin que tú ni yo la planeáramos.
La sorpresa fue inmensa cuando te vi en el primer vagón, abrazando tu bolso. En ese instante sentí frío, aun cuando el calor abrazaba la mañana. Tú, con una sonrisa, me diste la más hermosa bienvenida.
Me acerqué y, con la voz temblorosa, te pregunté si podía sentarme a tu lado. Sonreíste y me respondiste:
—Esa silla quizás sea para vos.
Los dos sonreímos. En medio de aquel silencio, te miré fijamente. Entonces me preguntaste si yo trabajaba en el mismo lugar que tú, que ya habías notado mi presencia.
En ese momento se me quedó la mente en blanco. Mi corazón latía como un reloj cumpliendo con su deber de mantenerme vivo. Apenas pude responder con un simple:
—Sí.
Quería que ese tren llegara rápido a su destino y, al mismo tiempo, deseaba que nunca terminara el viaje, para que te quedaras siempre a mi lado.
Entonces me hablaste de nuevo y me hiciste una propuesta inesperada.
—Si querés, nos vamos juntos en el taxi hasta el lugar donde trabajamos.
El tren llegó a la estación y, sin pensarlo, abordamos el taxi. Tú no hablaste, yo tampoco. El silencio era evidente. Cuanto más avanzaba el camino, más me acorralaba el miedo de no saber qué decir ni cómo romper aquella quietud.
Al llegar, me bajé primero, te abrí la puerta del taxi y te vi entrar. Yo me quedé afuera esperando que abrieran el parqueadero para sacar mi vehículo y comenzar mi trabajo como mensajero.
Aquel día fue el más atareado de todos. No pude volver a verte, ni siquiera a la salida. Llovió con tanta fuerza que tuve que esperar a que escampara para no mojar unas carpetas que eran muy importantes para la empresa.
Al día siguiente pensé que volvería a encontrarte. La tristeza fue enorme cuando, en aquel tren, solo viajaban los recuerdos del día anterior y la angustia de pensar que no volvería a verte.
Las horas pasaron lentamente. Ese viaje fue aburrido, silencioso y eterno.
Cuando terminé la rutina del tren y el taxi, llegué a mi lugar de trabajo. Lo primero que hice fue mirar hacia la recepción.
Y allí estabas.
Me miraste sonriendo, me saludaste con esos ojos brillantes y me dijiste:
—Buenos días.
Después me ofreciste un café.
Sentí que había tocado el cielo con las manos, como si por un instante hubiera podido hablar con Dios.
Te pregunté cómo estabas, cómo te había ido y si ya habías desayunado.
Me respondiste que no.
Corrí de inmediato a la cafetería, compré una empanada y una avena, y te las llevé.
Poco después tuve que volver a mi trabajo y ya no pude verte sino hasta el día siguiente.
Pero ahí comenzó el verdadero problema.
Me levanté más temprano que nunca, puse todo en su lugar y dejé listo lo necesario para empezar el día. Sin embargo, olvidé colocar mi corazón donde debía estar. Olvidé decirle que no debía enamorarse de quien, quizás, nunca le convenía.
No sabía que el verdadero problema estaba por venir; que un día me verías dejando aquel chocolate junto a ese poema sobre tu escritorio.
Tal vez esa fue la razón por la que renuncié. Entendí que no había necesidad de que me dieras una explicación. Tus palabras fueron tan severas para mi alma que, ese día, se vistió de luto, porque murió la ilusión de estar cerca de ti.
Ahora el destino quiere burlarse de mí y, por casualidad, vuelvo a encontrarte. Me saludas con la misma sonrisa de siempre y me dices que ya no tienes novio, que ya no trabajas en aquel lugar y que ahora te dedicas a ayudar a tu papá en el negocio familiar.
Entonces, con una tranquilidad que me rompe por dentro, me confiesas que jamás botaste aquellas cartas, que guardaste cada poema y que siempre esperabas esos pequeños detalles. Me dices que sabías que era yo.
Y, con el corazón hecho pedazos, solo pude preguntarte:
—Entonces, ¿por qué nunca me dijiste nada?
Te acercaste, me abrazaste y, con la voz quebrada, respondiste:
—Porque nunca me diste la oportunidad. Saliste corriendo como un cobarde, mientras yo te extrañaba sin saber qué había sido de ti ni de tu vida.
En ese instante comprendí que, muchas veces, el amor no termina por falta de sentimientos, sino por falta de valentía para quedarse un momento más y escuchar el corazón del otro.
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