Diario de mi vida

Diario de mi vida

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29/07/2026

Diario de mi vida

— vale

Con esa palabra termina mi vida.

Dado que estoy muerto, no veo mejor ocasión para escribir qué me ha pasado, qué me está pasando más bien. Estamos a domingo, 12 de julio, o sea, otro verano de mierda. El lunes 6 cortamos mi vida y yo, en persona quiero decir, el jueves 9, definitivamente, como un golpe seco, como un último suspiro, realmente un último suspiro, cortamos la conexión. No más “buenos días”, no más “buenas noches”, no más “te amo”, no más “te quiero”, no más “te veo”, no más “ñokiss”, no más “tontaina”, no más “te llamo”, no más “me siento muy afortunada”, no más “podría acostumbrarme”.

“Podría acostumbrarme”. Esa frase me perseguirá para siempre. Se me olvidaba, también no más “siempre tuya”, ni “¿cuánto amor puede un cuerpo?”, ni “mi baraka”, “mi botijo”, “mi vida”. Yo creo que nunca he sentido tanta pena más que ahora, que he perdido a mi vida, y con ella nuestro vocabulario. Me ha robado la voz. Han pasado seis días y mi voz no suena igual, casi no la he usado más que para gemir al llorar, al recordar todos y cada uno de los momentos felices que he pasado con mi vida desde el pasado 23 de diciembre, cuando nos conocimos en persona. Mi voz no suena igual. Es como si hablara un desconocido, es una voz lánguida, unos tonos más arriba, casi susurrada, infantil, asquerosa. Pero es que tampoco escucho, ni miro, ni degusto, ni toco igual. Es que estoy muerto. Es que el dolor en el pecho que siento al recordar no es síntoma de vida, seguido del mareo, la falta constante de fuerza y equilibrio y el descontrol de mis manos pasando compulsivamente sobre mi piel en busca de un consuelo que ya no pueden ser sus manos, ni sus abrazos, ni nada. Es que estoy muerto. Y cómo pude dejarla ir, no lo sé. Le sequé las lágrimas con mis dedos, le di un beso en la parte favorita de su cuerpo, su nariz, y se marchó siguiendo la orilla del río. La vi alejarse y me marché siguiendo la orilla del río, en dirección contraria.

Imagino que la gente cuando se conoce no se imagina cómo será la última vez que se va a ver. Yo lo imaginé en el primer beso que le di. Siento que me estoy torturando escribiendo todo esto. Era la tercera cita, acabamos la tarde en un parque, agarrados de la mano, sentados cara a cara, y le dije

— ¿Te enfadarías? ¿Te enfadarías si te dijera que me gustas?

    En fin. Nos besamos. No fue improvisado, estuve esa tarde dándole vueltas a cómo decírselo y creí que esa sería la forma menos dolorosa de ser rechazado. Pero nos besamos, e instantáneamente me entró miedo. ¿Cómo trataría de impedir que mi vida se marchara en un futuro aterrador? Volver a hacerle la misma pregunta… Me imaginaba la escena de noche, bajo la lluvia, yo con un ramo de flores, y ella acabaría yéndose sin siquiera responder. Resulta que todo ocurrió durante la hora dorada, con buena temperatura y yo gritándole “¡no te estrelles!” mientras se alejaba subida en su Plasencia, su bicicleta. Coincidimos en que nunca acabaría dándose la vuelta.

    Normalmente tardo media hora en volver a casa desde el centro de la ciudad. Regresé como dos horas y media tarde.

    Resulta que para cuando estoy escribiendo esto ya estoy a 13 de julio. Resulta que el 13 de cada mes celebrábamos nuestro amor de manera especial, “la suerte del 13” lo llamábamos. Resulta que este 13 no va a haber nada, yo estoy a 400 kilómetros de ella otra vez y no nos hablamos. No nos hablamos desde ese jueves 9. Desde ese jueves 9 diría que estoy peor que muerto, estoy obligado a vivir, tengo un alma huera, tengo tantas cosas que decir y a nadie a quien contárselas, tengo tantos buenos recuerdos que confundo a mi fábrica de lágrimas. “Huera”. Es gracioso porque lo único que me queda de mi vida
    es un libro, de donde he sacado esa palabra. Mi vida acostumbraba a prestarme libros en ocasiones especiales, no soy practicante, no leo, pero sus libros los he engullido como ningún otro. Los santos inocentes de Delibes. De ahí “huero”. Ciento y pocas páginas tiene, voy por la setenta y algo, no lo quiero leer. No lo quiero leer porque se me está acabando y, si se me acaba, se me acaba ella, ahora sí, definitivamente. Aunque se lo tendré que devolver, pero ya llegaremos a esa parte.

    Yo el cine y ella la literatura. Ahora soy incapaz de ver ninguna película. En realidad, ahora soy incapaz de hacer nada, a eso quería yo llegar, ese era el motivo por el que he empezado a escribir creo yo. Que nunca me había sentido tan vulnerable en el mundo, tan arrinconado. Tengo que esquivar todos los estímulos que me hacen recordarla como si de balas se tratasen, y ahora mismo soy una diana gigantesca. No puedo escapar de mi vida ni queriendo. De las primeras cosas que pensé que tendría que evitar fue la música de Olivia Rodrigo, que por lo que sea también le gusta, por lo que sea puso todos sus álbumes la última vez que subí a Yabisa, su coche, por lo que sea ha sacado un disco nuevo y por lo que sea la gente no para de compartir sus canciones. Yo, por lo que sea, no puedo evitar asociarlas. Caí después en que tampoco podré escuchar otras canciones. “El sol sabe mi nombre”, “Flaca”, “No puedo enamorarme de ti”. Esa última ni siquiera la teníamos en común, simplemente sonó en la radio de Yabisa y yo presté atención de más a la letra y me puse triste. Al final tenía razón. Tampoco voy a poder comerme un helado almendrado en un buen tiempo… Cada vez que se comía uno me mandaba una foto, odio que me gusten tanto… Ni podré evitar sentirme terriblemente mal al lavarme los dientes en el baño, pues nos recordaré a los dos frente al espejo, la cantidad de efectos personales que dejó sobre el lavabo y la frase “podría acostumbrarme” después de escupir. “Podría acostumbrarme”…

    Están ocurriendo demasiadas casualidades que no me están gustando nada. Sabía que regresar a Madrid sería otro puñetazo importante. En Murcia habíamos vivido, en Madrid había soñado. Había soñado, además, con una cama vacía que creía haber completado, y unos marcos con las fotos que mi vida me había regalado. Volver iba a ser morir de nuevo. La ida a la estación de autobuses fue sepulcral, no pude hablar con mi madre. Me despedí de ella con un

    — Te quiero.

      Solo porque ya no me quedaba nadie más a quien decírselo y deseaba sentir la misma satisfacción al pronunciarlo, pero no fue así. Sé que es triste admitir eso. El trayecto en bus fue… fue. Recordaba aquel viaje que hicimos a Granada y cómo nos sujetábamos la mano mientras mi vida dormía.

      — Me hacías sentir segura.

        Me dijo…

        Me puse a leer el libro. Me gusta bastante, pero llegó un momento en el que ya no pude concentrarme más por el resto del viaje. Una pareja joven se sentó a mi lado, se besaban, se acariciaban, se acurrucaban… Me estaban torturando, podríamos haber sido nosotros perfectamente… Delante, además, había un padre con su hija pequeña sentados. Me ha dado por pensar últimamente en el futuro que no tendré. Me ha dado por pensar en nuestro perro, Orfeo, y en nuestros hijos, que dijiste que serían guapísimos… Me duele tantísimo no haber llegado a cumplir nada, ni un mísero viaje a Quesada… Me duele mucho. Pero, ¿sabes qué es lo que más me duele? Que ahora que no estás estoy soñando contigo, y cada vez que me despierto deseo no hacerlo nunca más, porque me odio, es como si mi cabeza me estuviera gastando una broma horrible cada vez que cierro los ojos, cuando antes ni siquiera soñaba. Nunca más voy a poder abrazarte, me lo recuerdo cada mañana.

        En el piso estamos mi hermana, mi madre y yo ahora. Yo como si no estuviera, estoy fatal. Total, que en un intento desesperado de consolarme mientras comíamos salió todo lo contrario, así que cogí y me largué corriendo fuera a las cuatro de la tarde. Salí a dar una vuelta, necesitaba estar solo. Estuve casi toda la tarde en un banco, pero no podía pensar con claridad. Intenté autoconvencerme en voz alta durante el camino de vuelta de que tomamos la decisión correcta. Volví para las siete. Durante la cena, mi hermana se topó por la tele con la película El peor vecino del mundo, la dejó puesta, decía que era buenísima, que me iba a gustar. No sé qué parte de un hombre que ha perdido a su mujer y se quiere suicidar porque la recuerda todo el rato y solo le queda un libro suyo creyó que me iba a gustar, la verdad. Total, que he cenado mirando al plato y me he venido a la habitación para escribir esto.

        Veintiséis de julio, sigo. Escribir todo lo anterior me sirvió para desahogarme, ahora estoy un poco mejor. Miento, parece que estoy un poco mejor, pero creo que mi malestar se está manifestando de otras maneras. Me he dado mucha pena al leer lo anterior: “dijiste que serían guapísimos”, “ahora que no estás”, “contigo”, abrazarte”. Escribía pensando en ti, y pensaba en ti con tanta tristeza que creía tenerte delante. Patético. Qué complicado es ser lector de males ajenos, ¿verdad? Que no estoy mejor, por ahí iba. Me duele todo, siento una desesperación constante, una nostalgia incesante. Es un dolor en el alma, siento que he perdido el futuro, estoy atrapado en una cámara que me devuelve el eco de todos mis pensamientos. No tengo ningún propósito, no tengo razón de ser, realmente no. No entiendo cómo podía vivir antes de ella. No sé cómo vivir sin mi vida, no puedo, estoy cayendo a un vacío y, mientras caigo, todas mis vísceras salen de mi cuerpo dejando el rastro de una cometa contra una tormenta, donde cada recuerdo cae como un rayo que solo me empuja a caer más rápido. Ya casi no lloro, se me secan las lágrimas antes de salir. Mi vida está en todas partes, dejó pequeñas migas de pan que a veces encuentro. Me di cuenta al encender el ordenador de una carpeta que tenía en el escritorio, no recuerdo bien cómo la llamé, creo que algo tipo “carpeta en la que nadie se va a fijar”, bastante irónico. La creé para el cortometraje que le hice como regalo de cumpleaños. No quería nada material, quería un corto, y yo me dejé el corazón y el sueño haciéndolo. Recuerdo dormir apenas de tres horas la noche antes de coger el bus para bajar a Murcia, estaba terminando Te veo, te quiero, te amo, que así lo llamé, por las tres “etapas” por las que pasamos como enamorados. Al principio, muy prontito después de decirnos

        — Me gustas.

        — Tú también me gustas.

          Le dije

          — Te veo. No significa que te vea literalmente, significa que veo dentro de ti.

            Me dijo

            — Te veo.

              Echo de menos esa etapa, eran muy tiernos nuestros “te veo” para evitar decirnos

              — Te quiero.

                No. No fue así. La primera en decirlo fue ella, de la forma más bonita del mundo, no me imagino una mejor… Creo que es el recuerdo más bonito que tengo de toda mi vida… Paseábamos por el centro de la ciudad, cerca de la catedral. Me quería decir algo, pero no le salía, yo le insistía, pero se negaba, hasta que, atravesando el camino de los arcos, ese que está pasada la torre y antes de la Plaza del Cardenal Belluga, se paró delante de una librería y me señaló el cristal. Un libro de poemas de Gloria Fuertes. Posó sus brazos sobre mi cara y dijo, dándome un beso verso tras verso

                — Pienso mesa y digo silla, compro pan y me lo dejo, lo que aprendo se me olvida, lo que pasa es que te quiero

                  Lo que pasa es que te quiero, mi vida. Lo que pasa es que te quiero… Lo estoy escribiendo como si fueras el mismo papel sobre el que caen mis lágrimas. No sé por qué me dirijo a ti, no creo que nunca llegues a leer esto.

                  Dejó otro rastro en mi ordenador. Me percaté hace poco, al abrir el navegador, de unos grupos de marcadores que tenía en la barra: “TOL. BUS ALBA” y “TOL VUELTA”. Queríamos ir a Quesada, el pueblo protagonista de uno de los libros que se había leído, pero estaba en mitad de la montaña de Jaén y no había ninguna forma viable de ir sin coche. Es por eso que busqué alternativas, sabía que mi vida quería ir a Toledo así que investigué, y todo lo que fui investigando lo guardé en esos marcadores, sin saber que no acabarían sirviendo de nada. Aun así, prometimos hacer el viaje a Quesada este verano los días que tuviera vacaciones. Creo recordar que el día de hoy es uno de ellos, yo estoy en Madrid, y ella… No lo sé. Tenemos ese viaje pendiente, espero que ninguno de los dos vaya sin el otro, pero llegados a este punto… nos hicimos varias promesas y la más importante ya no existe, “por nuestro propio bien”, pero ya no existe. No, no pienso pisar ese pueblo sin ella, debo ser muy estúpido, pero aún mantengo todo lo que le dije, será porque aún la quiero como la quise. Será porque nunca me olvidaré de ella. Soy un miserable. ¿Cómo pude empezar con un lado vacío en la cama, completarlo, llegar a mirarlo sin pena y ahora volver a sentir la soledad? ¿Cómo hizo que estar solo fuera menos real? ¿Cómo hago para estar solo sin que me tenga que atormentar? Me dormía y me despertaba pensando en ella, y ahora que no está también. Debería eliminar una alarma de mi móvil, la de las 17:01. En ella añadí el recordatorio “mi vida tren 7”, de cuando debía irse la última vez que estuvo en Madrid conmigo. Debería eliminarla, sí. Siento un puño contra el pecho al leer su nombre, en cualquier contexto, por eso huyo, aunque siga en mi mente. Ahora, soy el hombre más solitario del mundo. Mi vida dijo eso cuando vimos Noches blancas, refiriéndose al protagonista. Este narra la historia siendo anciano, aún recordando un amor pasado del que nunca volvió a saber nada después de cinco noches. Me han pasado cinco meses como cinco noches. El silencio es aterrador. Hablé muchísimo, ahuequé las paredes de tanto hablar y hablar y hablar con ella y, ahora, ya no hablo, me llega el eco del ladrillo martilleado por mi voz como queriéndome decir

                  — Estás solo, ¿ahora qué?

                    Siento en falta una llamada con ella. Necesito escuchar su voz, su risa. Necesito escucharnos decir te amo. Te quiero. Te veo. Necesito saber cómo está, qué piensa, qué hace. Cómo se ha levantado. ¿Ha dormido bien? ¿Qué plan lleva? Si le ha ido bien en el trabajo, qué ha comido, qué va a hacer esta tarde. ¿Qué tal con sus amigas? ¿Cómo le fue en terapia? ¿De qué hablaron? ¿Se siente mejor? ¿Sigue leyendo ese libro? ¿Por qué página va? ¿Qué hacemos mañana? Necesito tirarme tres horas con ella al teléfono, que me duela la mano de mantenerla contra la oreja, tirado en la cama sin saber cuánto ha pasado desde que comenzó la llamada, intuirlo, quizá, por el volumen de su voz, cada vez más susurrada, hasta acabar con un

                    — Buenas noches, te amo, mi vida.

                      El silencio es lo que me mantiene muerto, ya no hay nadie quien me despierte, ni nadie que me acueste. No se puede vivir después de perder ese cariño. No se puede. A veces siento la inercia de enviarle algo y me doy cuenta al instante de que ya no puedo. Aun así, me lo guardo, por si algún día quiere saber con qué me acordé de ella.

                      Llevo semanas sin escuchar música. Cuando he escuchado ha sido sin letra. Temo la música cantada, por si me aparece alguna de nuestras canciones. Me ha dado por pensar que ojalá no me implicara tanto con la gente a la que quiero, porque cuando deje de quererme dejaré por el camino muchas cosas que compartíamos, como canciones, por ejemplo. Soy incapaz de escucharlas. Pero es gracioso, escuchando una de las que puedo permitirme, sin letra, me dio un ataque nocivo de nostalgia. “Strangers (I Hope We Meet Again)”. Leí el título, agaché la cabeza y dejé pasar todo por mi mente. Me permití llorar.

                      Ahora que no estoy con ella vuelvo a estar “activo creativamente». No sé por qué, ahora tengo muchas cosas que hacer, aunque me cueste hacerlas. Pero sacrificaría el arte por seguir con ella. Dejaría de escribir todo esto, por dios, nunca tendría que haber dejado que llegase a esta situación. Lo peor es que sigo sin comprender si ese día que diste el paso para acabar con todo aún me querías, creo que esa es la mayor espina que tengo clavada, haber hecho que me borres y me reemplaces por alguien que no soy, y que ese alguien devorara todo ese amor que tenías para mí y acabara con nosotros, con lo que éramos, y con nuestro futuro, con los planes que decías que tenías conmigo. Yo también me imaginaba contigo, muy lejos, muy viejos, muy acompañados. Muy felices.

                      Necesito abrazarte, estoy muy mal, mi vida, ojalá estuvieras aquí. Ojalá nunca haber hallado la respuesta a tu pregunta

                      — ¿Cuánto amor puede un cuerpo?

                        Ojalá en un futuro te encuentres bien contigo misma y yo sea la persona de la que creías que te habías enamorado, y nos volvamos a decir

                        — Te veo. Te quiero. Te amo.

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