La escuela de los misterios.

Un amigo me hizo una historia sobre la escuela, me insinuó que algunos estudiosos la ubican en las montañas de los Himalayas; otros, la sitúan en la antigua Grecia. En mi caso, prefiero pensar que su localización es un error de cartografía: me inclino por un lugar sin coordenadas. Quizás en la conciencia humana.

Al continuar su relato, me aseguró que allí se celebra la iniciación espiritual y filosófica más antigua del mundo. Que no imparten solo conocimientos —eso sería demasiado simple—: transforman, como los misterios de Eleusis.

Comprendí, en la medida que escuchaba, que el conocimiento nunca se conquista del todo; que apenas unos pocos hombres llegan a dominar una porción. Nosotros, los que seguimos afuera, permanecemos en una frontera incierta. Hay muros altos que nos impiden ver lo que ocurre del otro lado.

La escuela, es un laberinto. Solo unos cuantos logran desenredar los rollos de pergamino que muestran la verdad; para luego transmitirla a sus seguidores, como quien entrega una copia, pero inevitablemente incompleta.

Un elegido no es un privilegiado, sino un estudioso: alguien que, por razones diversas, obtiene la admisión en esa universidad de los secretos.

Así me lo explicó mi amigo rosacruz, durante aquel encuentro casual en una de esas cafeterías de mesas para dos, donde el trajín de los dependientes interrumpe la charla, sobre todo cuando esta es seria. Mi amigo Santiago, no es un maestro; es apenas un hombre inclinado al bien, a las buenas lecturas y a ese esoterismo que no pretende imponerse. Al salir del lugar y despedirnos, supe que su relato me perturbó.

¿Cuándo nosotros, los normales, tendremos el conocimiento? ¿Qué es, en rigor, el conocimiento? La tarde daba paso a la noche, pero yo, atrapado por la conversación de la mañana, seguía rememorándola.

Lo espiritual —escribí— no es una doctrina ni una capa añadida, sino una experiencia. Fue cuando mi conciencia disolvió los muros. Y cuando el ruido del tráfico se volvió un eco lejano y, la penumbra de mi apartamento se hizo notar, supe al fin que el misterio de lo espiritual, no se resuelve: se habita. 

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