El protagonista nunca profesó religión alguna. Las creía demasiado estrictas, en un universo que apenas se deja adivinar. Prefería la magia, quizá porque jamás había presenciado un milagro. Pero siempre sospechó que los prodigios elegían a quienes no los buscaban.
Durante unas vacaciones laborales llegó a unas ruinas olvidadas. Los arqueólogos las habían declarado estériles; los periódicos, un error. Esa desestimación fue, precisamente, lo que lo atrajo.
Entró en una cueva sin nombre. La linterna apenas vencía la oscuridad cuando un destello, bajo la tierra húmeda, detuvo sus pasos. Excavó con las manos y extrajo una lámpara de bronce, antigua y silenciosa. Recordó a Sherezade y sonrió con la incredulidad de quien teme que un sueño sea verdadero.
No la frotó enseguida. Se sentó frente a ella y ensayó, como un niño asustado, los tres deseos inevitables: volver a ser joven, poseer una fortuna sin medida y conocer, al fin, la felicidad.
Después pasó la mano sobre el metal.
La luz desapareció.
Despertó en una estrechez infinita, sin cuerpo y sin tiempo. Comprendió que habitaba el interior de la lámpara.
No sintió horror. Sintió reconocimiento.
Esperó al próximo hombre que la encontrara para concederle tres deseos.
Entonces recordó, con una lucidez peor que cualquier condena, que nunca había sido un genio. ¿Cómo podría conceder esos deseos?
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