Los
inicios del siglo XVIII en Europa estuvieron alumbrados por las
hogueras de la crudelísima Guerra de Sucesión a la Corona española
(1702-1713), considerada hoy por los historiadores como el primer
conflicto armado moderno. Arrinconada como potencia mundial desde
mediados de la centuria anterior, España continuaba siendo la cabeza
visible de un vasto Imperio ultramarino que, tras la muerte sin
descendencia del último de los Austrias, el enfermizo Carlos II el
Hechizado (1665-1700), despertó la codicia de las dos grandes
dinastías enfrentadas por lograr la supremacía continental: los
poderosos Borbones de Francia y la Casa de Habsburgo.
El
vacante trono español representaba una herencia tan fabulosa que el
ambicioso Luis XIV de Francia, el famoso Rey Sol, intrigó todo lo
que pudo para que su nieto el joven duque Felipe de Anjou
(1683-1746), fuera el elegido por el difunto monarca para sucederle.
Y para lograrlo, no le importó procurar la eliminación del único
candidato que le hacía sombra a su protegido: el príncipe elector
Fernando José de Baviera, nieto de la infanta española Margarita de
Austria ─la hija de Felipe IV retratada por Velázquez en Las
Meninas─, y cuya muerte en extrañas circunstancias,
seguramente envenenado, despejó el camino de los Borbones hacia el
Alcázar madrileño.
Pero
en su testamento, Carlos II puso como condición a su heredero que
las veintidós coronas que sumaban la totalidad de sus reinos, debían
permanecer unidas entre sí y separadas de la monarquía francesa,
único modo de preservar la integridad del Imperio de los Austrias.
Sin embargo, el respeto a esta disposición testamentaria no formaba
parte de los planes del Rey Sol, quien enfrentado en una lucha de
poder contra Inglaterra, su mayor rival, aspiraba a conformar con el
viejo Imperio español un supra estado continental y marítimo como
jamás se había visto en Occidente.
En
un principio, casi toda Europa, salvo Austria, aceptó a Felipe V de
Borbón como rey de España e Indias, pero en febrero de 1701,
creyendo que su nieto ya estaba bien asentado en el trono hispano,
Luis XIV obligó al Parlamento de París a que reconociera a Felipe
como único heredero de la monarquía francesa. Este acontecimiento
dinástico, que hubiera podido dar lugar a la unión de España y
Francia bajo una misma corona, alarmó tanto a las potencias europeas
que, atizadas por Londres y la dinastía de los Habsburgo, se
apresuraron a declarar la guerra a los Borbones, firmando en La Haya
(mayo de 1702) la gran coalición que dio origen a la Cuádruple
Alianza entre Inglaterra, Austria, Holanda y Prusia. Al
inevitable enfrentamiento con Francia, pronto se sumaron los reinos
de Portugal y Saboya, con el Manifiesto de Évora, iniciando
así un conflicto internacional que convirtió a la Guerra de
Sucesión española en una larga y cruel contienda, al verse
comprometidos en ella la defensa de los intereses económicos,
coloniales, marítimos y estratégicos de media Europa.
En
el propósito de los coaligados, no sólo estaba inclinar a su favor
el frágil equilibrio político militar del llamado «balance de
poder», sino también apropiarse de los territorios continentales
todavía en poder del Imperio español: Nápoles, Sicilia, Cerdeña,
Milán, Flandes y Luxemburgo, además del rico comercio con las
Indias, que a partir de entonces quedaba amenazado por el monopolio
borbónico. Para ello, acordaron deponer a Felipe V de Borbón y
respaldar al nuevo pretendiente del trono español: el archiduque
Carlos de Habsburgo, hijo del emperador Leopoldo I de Austria y
biznieto de Felipe III, quien se ofrecía dispuesto a satisfacer
todas las pretensiones de sus aliados, aún a costa de desprenderse
de la posesión de varios puertos del Cantábrico y recompensar la
ayuda portuguesa con la entrega de algunas plazas fronterizas en
Zamora, Salamanca, Extremadura y Huelva.
Para
colmo de males, el conflicto también reviste un significativo
enfrentamiento territorial entre Castilla y la Corona de Aragón. La
primera, partidaria del nuevo rey porque la decadencia de los
Austrias la ha empobrecido y no está dispuesta al desmembramiento
peninsular que la afecta de lleno. Mientras que Aragón, Valencia,
Cataluña y Baleares, que han prosperado y ganado en autonomía por
la debilidad de la Corona, abrazan la causa del pretendiente porque
mantienen una sorda rivalidad con Francia y tras el advenimiento
borbónico ven recortados sus privilegios forales y su economía
grabada con la subida de impuestos. Por estas mismas razones
económicas y de pérdida de sus prebendas, la Iglesia y una buena
parte de la nobleza, también optan por la causa austracista,
generando así un cúmulo de rivalidades internas de las que
resultará una enconada guerra civil.
Lo
cierto es que la mayoría de los españoles de la época tampoco se
veían como súbditos de una monarquía unificada hispano-francesa y,
por el contrario, aspiraban a tener su propio rey y no un monarca
bajo la tutela francesa. Por ello, no consideraron el conflicto como
una simple cuestión dinástica, ajena a sus intereses, y los
castellanos se implicaron en la defensa del joven Felipe V cuando
este se opuso, con vehemencia, a cualquier enajenación de los
territorios que había heredado. Con ello, la causa borbónica se
reveló como la mejor manera de hacer frente a la amenaza del
desmembramiento del Reino a manos de los aliados, tanto en Europa
como en Ultramar.
Los
Borbones, abuelo y nieto, confiaban en el poder militar que por
tierra ostentaban los regimientos franceses para resultar vencedores.
Sin embargo, la Guerra de Sucesión implicó la irrupción del poder
naval como un nuevo factor determinante, que además extendía la
contienda por todo el escenario atlántico, modificando su centro de
gravedad continental. De ahí que Felipe V recurriera a la pujante
Marine Royale para que escoltara las Flotas de Indias,
que regresaban a la Península con los bienes americanos embarcados
en Nueva España, Perú y Tierra Firme desde el mismo inicio de la
guerra (1702).
No
quedaba más remedio, habida cuenta de la ruina en la que había
caído la marina de los Austrias, tras décadas de estancamiento
económico y el déficit crónico de la Real Hacienda. A este
respecto, el monarca se dejó aconsejar por sus ministros franceses,
Orry y Amelot, confiando en que la Armada de su abuelo sería
suficiente para proteger los envíos de metales preciosos con los que
ambos esperaban financiar los cuantiosos gastos de la guerra. No
obstante, muy pocos políticos resultaban conscientes de la gran
debilidad que España ofrecía por mar a sus enemigos, hasta que
estos no tardaron en superar todas nuestras defensas. En el
Mediterráneo, Felipe V había heredado un total de veintiocho
galeras, dispersas por sus diferentes posesiones, y la situación no
era mejor en el Atlántico, en donde sólo contaba con poco más de
una veintena de viejos galeones para proteger las rutas comerciales y
contribuir a las defensas de las poblaciones costeras que prosperaban
en ambas orillas del océano.
La
campaña naval del almirante Rooke
Con
la llegada del buen tiempo, una armada compuesta por más de medio
centenar de buques de guerra (británicos, holandeses y austríacos)
y cerca de cien transportes de tropas atacó Cádiz a finales de
agosto de 1702, con el doble objetivo de conseguir el levantamiento
de Andalucía y poner fin al comercio ultramarino español. La
escuadra enemiga estaba a las órdenes del almirante inglés George
Rooke, embarcado en el famoso navío Royal Sovereing, asistido
por el almirante holandés Van Almonde y el general James Butler,
duque de Ormond, bien decididos a cosechar grandes triunfos.
Pero
la sufrida población gaditana, con el concurso de los guardacostas y
galeras mandados por el conde de Fernán Núñez, capitán general de
la Armada Real del Océano, resistió el asedio de la fuerza
invasora gracias a la eficaz defensa del puerto gaditano que
proporcionaron las galeras artilladas, impidiendo la toma de la
ciudad. Ante su fracaso evidente, el 12 de septiembre los aliados
optaron por desembarcar sus fuerzas en la vecina población del
Puerto de Santa María, saqueándola con tanta saña y bestialidad,
que los austracistas acabaron con cualquier posibilidad de que los
andaluces y, todavía menos la población gaditana, abrazaran jamás
la causa del archiduque Carlos.
Eufóricos
por estos primeros triunfos y tras su escala en el puerto de Lagos
(30 de septiembre), para reponerse de sus pérdidas al amparo de sus
aliados portugueses, Rooke recibió el aviso del avistamiento de la
flota de Nueva España, que bajo la protección francesa, traía a
Felipe V los ansiados recursos en metales preciosos. Sin dudarlo, el
almirante ordenó a su escuadra zarpar de inmediato para salir a su
encuentro, sabiendo que la captura del tesoro americano podría
proporcionarle riqueza y una gran victoria.
Sin
tener noticias de lo que sucedía durante su ausencia, el 11 de junio
de 1702 partía de Veracruz el almirante Manuel de Velasco y Tejeda,
al mando de los diecisiete buques en los que se transportaban los
caudales de la Corona y las mercancías de Indias con destino a
España. El marino, que aún se mantenía fiel a la causa
austracista, hasta el punto de enarbolar la enseña de la Casa de
Austria en su capitana: el galeón Jesús,
María y José, de 70 cañones y la
nave mejor artillada de todas las hispanas, aunque para aumentar su
capacidad de carga, sólo embarcara 40 bocas de fuego.
Como
los catorce mercantes y tres galeones de guerra que formaban su
escuadra habían permanecido fondeados en el puerto de Veracruz
durante casi dos años seguidos, a la espera de la prometida escolta
francesa y por temor a la acción de los navíos corsarios, estos ya
acumulaban un gran tesoro en sus bodegas, que algunos autores cifran
en más de cien millones de pesos ─contando el dinero acuñado, los
lingotes de metales preciosos y las mercaderías de lujo─. Sin
duda, se trataba de uno de los mayores envíos que hasta entonces se
habían reunido de bienes y recursos procedentes de América, de ahí
la demora hasta contar con la protección de la flota aliada. Esta
escuadra estaba formada por quince navíos de línea, cuatro
fragatas, dos brulotes (barcos incendiarios) y media docena de
avisos, comandados por el almirante François-Louis de Rousselet,
conde de Château-Renault, quien llegó a Veracruz a bordo de su
capitana: L´Fort, armada con 76 cañones. (1)
Tras
su habitual escala en La Habana, de donde zarparon el 24 de julio, la
travesía transcurrió sin incidencias hasta que un brote de fiebre
amarilla, en las dotaciones de dos buques galos: L´Volontaire y
L´Dauphine, ambos de 46 cañones, incorporaron la epidemia a la
mayoría de la flota. La enfermedad diezmó más a las tripulaciones
francesas, menos acostumbradas a las picaduras de los mosquitos
caribeños ─alrededor de 150 muertos─, obligando a los hispano
franceses a realizar una escala en las Azores para desembarcar a los
enfermos, aquejados de estas fiebres y hemorragias. Pero al conocer
el asalto anglo-holandés a Cádiz, estando fondeados en el
archipiélago luso, Velasco y Château-Renault decidieron cambiar sus
planes de arribar al puerto de Sevilla, que por entonces monopolizaba
el comercio con el Nuevo Mundo. En su lugar, eligieron poner rumbo a
las rías bajas de la costa gallega, con la intención de burlar a
los enemigos y desembarcar su preciada carga en el arsenal de El
Ferrol.
No
obstante, a los tres días de su partida de las Azores, una balandra
portuguesa les informó a su vez del bloqueo de este puerto por los
aliados, con una escuadra al mando del vicealmirante inglés
Cloudesley Shovel, obligándolos nuevamente a cambiar de destino.
Huelga decir que Velasco y su homólogo galo, manteniendo ideologías
e intereses contrapuestos no congeniaban en absoluto, pero obligados
por las circunstancias, en lugar de dirigirse a El Ferrol, Rousselet
propuso continuar la travesía hasta alcanzar los franceses de Brest
o La Rochelle. Sin embargo, ante el temor de que los franceses se
quedaran con todos los bienes embarcados, nuestro almirante, apoyado
por los hermanos Chacón (José y Fernando), sus segundos en el mando
y el virrey José Sarmiento y Valladares, conde de Moctezuma y Tula,
un gallego natural de Redondela que viajaba con su familia a bordo
del galeón Santo Cristo de Maracaibo ─de regreso a España
tras cumplir con su mandato─, impuso que la flota pusiera rumbo a
la ría de Vigo, para buscar refugio en el fondo de su ría.
Este
fue el escenario en el que tuvo lugar la batalla de Rande, que para
nuestra consideración ejemplifica, mejor que ningún otro episodio
bélico de esa contienda, la penosa situación por la que atravesaban
las flotas de Indias al advenimiento de los Borbones, sin que
nuestros gobernantes hubieran tomado clara conciencia de ello y menos
aún, puesto remedio. Recordemos que este importante combate naval,
librado en el interior de la ría de Vigo el 23 de octubre de 1702,
enfrentó sin remisión a las dos escuadras anglo-holandesa e
hispano-francesa, con los funestos resultados que todos conocemos.
Para
dar a conocer su destino a la Corte de Madrid, el almirante francés
ordenó a sus ligeros avisos su partida hacía los puertos de
Sanlúcar y Santander, a donde llegaron la media docena de ellos sin
tropiezo, arribando con el grueso de sus unidades a Vigo el 22 de
septiembre. Allí fondearon sus treinta y seis naves en las ensenadas
de Ulló, isla de San Simón e inmediaciones de Redondela, pasado el
estrecho de Rande (que hoy atraviesa el puente del mismo nombre), en
el que esperaban estar bien protegidos por las baterías de Vigo y
las defensas de los castillos de Corbeiro (Moaña) y Rande, ubicados
en las márgenes norte y sur de la ría.
No
obstante, y perdiendo un tiempo precioso, el valioso cargamento no
fue desembarcado nada más llegar, porque los funcionarios de Sevilla
se opusieron a ello, alegando que el puerto hispalense era el único
lugar donde tales riquezas podían depositarse. Durante esa espera
obligada por las negociaciones administrativas, a los
anglo-holandeses les dio tiempo para alcanzar la ría de Vigo y
descubrir el escondite de la flota que, según algunos autores,
transportaba el equivalente a unos doscientos millones de libras en
mercancías más unos veinte millones de pesos.
Como
al cabo de cuatro semanas desde la llegada de los galeones, estos aún
mantenían a bordo una buena parte de su valiosa carga, puede que el
Consejo de Indias se retrasara en ordenar la descarga de todas sus
bodegas, aunque el organismo ya había encargado esta labor a su
enviado Juan de Larrea, quien desde el 27 de septiembre procedió al
recuento de todas las mercancías, dando instrucciones precisas sobre
la forma en que debía realizarse la fiscalización de esos bienes
embarcados y el traslado a la Corte del llamado Quinto Real.
Este impuesto era el equivalente a la quinta parte de todo lo
embarcado en la flota de Nueva España, y supuso alrededor de veinte
millones de pesos en monedas, lingotes y objetos preciosos, según
estiman las valoraciones más recientes. Sabemos incluso que este
envío fue depositado en centenares de carros de bueyes que después
marcharon con destino a Pontevedra, Santiago y Lugo, de donde muchos
fueron reenviados al alcázar de Segovia y el palacio del Buen Retiro
(Madrid), poniéndose así a salvo una buena parte de los impuestos
debidos a la Corona. Gracias a ello, se estima que cuando se produjo
el ataque, no quedaban más que unos treinta y cinco millones de
libras en lingotes de oro y plata embarcados en la flota, o bien, que
se salvaron alrededor de trece millones y medio de pesos, de los que
una buena parte fueron a las arcas de la Hacienda Real y de paso, a
las francesas de Luis XIV, en pago de la ayuda militar que prestaba a
su nieto.
Las
aguas de la ría se tiñen de sangre
Afrontando
el ataque de los aliados, Velasco y Rousselet dispusieron las naves
de la flota combinada en facha, formando una línea defensiva con los
buques de guerra en paralelo a los galeones, colocando a los navíos
L´Esperance (de 70 cañones) y L´Bourbon (68)
protegidos bajo el castillo de Rande y el baluarte de Corbeiro.
Velasco situó además a su capitana y los dos galeones artillados de
los hermanos Chacón: La Bufona (54) y El Azogue (50),
entre los mercantes y la línea gala, integrada por los quince navíos
de línea, además de las cuatro fragatas y los brulotes (2), que
quedaron dispuestos en ambos extremos de la línea defensiva, con las
dos primeras fragatas en el norte y el resto de las unidades en el
sur. Por último, los gallegos también habían reforzado la
artillería de sus defensas de tierra con los cañones procedentes de
los mercantes, y entre los extremos del estrecho tendieron una
barrera flotante a base de agrupar falúas y pataches, reforzados con
mástiles y tablones de madera sujetos entre sí con gruesas cadenas
de hierro, tratando de impedir la entrada de los buques enemigos.
Por
su parte, los anglo-holandeses planearon un asalto anfibio con el que
esperaban arrollar todas estas defensas, desembarcando el duque de
Ormond a sus tropas de infantería en las playas para tomar al asalto
las posiciones españolas en ambos lados de la ría y, una vez
dominados los fuertes y castillos de tierra, sólo les restaría
atacar a la combinada con el grueso de su flota. En total, sumaban
189 naves, de las que alrededor de setenta eran buques de guerra,
gracias al refuerzo que supuso la llegada de la escuadra del
vicealmirante Shovell, quien había dejado el bloqueo de El Ferrol.
Las fuerzas austracistas dispusieron así de unos catorce mil
hombres, de los que más de nueve mil eran ingleses y galeses, que
nuevamente al mando del duque de Ormond se iban a distinguir por su
brutalidad, junto con los cerca de cinco mil neerlandeses dirigidos
por el barón Sparr y el brigadier Pallandt.
Para
su defensa, en el castillo de Rande había trescientos cincuenta
marineros (200 franceses y 150 españoles), mientras que en el de
Corbeiro, se pusieron a las órdenes de Manuel de Velasco dos
compañías de soldados de infantería procedentes de su escuadra,
reforzados por unos doscientos milicianos. A Vigo se destinaron un
millar de hombres procedentes de esta tropa, la mitad de ellos a la
ciudadela de El Castro, y alrededor de trescientos al ruinoso fuerte
de San Sebastián, enviando otros mil más a reforzar las baterías
ribereñas de la ensenada de Teis, dejando a unos tres mil hombres en
la reserva, prestos para acudir a donde se les necesitara. No
obstante, la escasez de armas de fuego y la demanda de combatientes
entre la población civil hicieron que más de dos mil gallegos que
se habían alistado en la recluta se quedasen con las manos vacías;
pero dispuestos a tomar los mosquetes de los caídos durante la
ofensiva.
Esta
no se hizo esperar y en la madrugada del lunes 23 de octubre dio
comienzo el ataque enemigo, desembarcando sus tropas de infantería
en las playas de Moaña y en la ensenada de Teis (entre Vigo y
Rande). Los transportes estaban escoltados por los navíos ingleses
Pembroke
(60) y Essex
(70), junto con los holandeses Veluwe
(64) y Alkmaar
(72), que soportaron el fuego cruzado de las baterías ribereñas de
Teis, Rande y Corbeiro, al tiempo que el inglés Torbay,
de 80 cañones y nave insignia del vicealmirante Hopson, ponía rumbo
aguas arriba al mando del capitán Manning. El poderoso y fuerte
navío estaba provisto en su proa de un gran ariete, e iba custodiado
de cerca por las unidades: Mary,
Grafton, Kent y Monmouth, todas de
70 bocas de fuego, además de las naves de apoyo, Phoenix
y Vulture, junto con la división
holandesa formada por otros tres navíos de gran porte: Slot
Muyden (72), Dordrecht
(72) y Zeven Provinciën (90),
este último izando el estandarte del vicealmirante Philips van der
Goes, quien encabezaba la segunda línea de apoyo, siendo el primero
de los siete grupos dispuestos para el asalto.
A
mediodía, la progresión de las fuerzas enemigas resultaba evidente
y al fuego de los navíos atacantes se unía el procedente de los
primeros fuertes y baluartes en tierra conquistados por las tropas de
Ormond. Con ello, la escuadra aliada consiguió al fin romper la
barricada flotante que les cerraba el paso a la ensenada de San
Simón, enfrentándose con el grueso de la escolta francesa.
El
vicealmirante Hopson fue de los primeros en entrar en el reducido
espacio de la ensenada y tras él, se deslizaron todos los demás
buques de su división. Al mismo tiempo, rompiendo la barrera por el
lado norte, el primero de los navíos holandeses, Zeven
Provinciën, penetró seguido de sus
escoltas. Lo exiguo del espacio disponible para los casi ochenta
buques implicados en el combate hacía imposible cualquier maniobra,
por lo que el grueso de la batalla se desarrolló en las
inmediaciones del fondeadero de San Simón ─un área aproximada de
2 km.2 ─
y algunos buques enemigos, que desconocían los bajíos, quedaron
encallados durante la bajamar cerca del islote que da nombre a la
ensenada.
El
almirante Rousselet había dispuesto su defensa formando un
semicírculo con sus unidades, a levante de la bahía de Rande, pero
no pudo soslayar el rotundo castigo que comenzó a recibir por el
fuego cruzado procedente de los baluartes capturados y los navíos
enemigos. Hoy sabemos que los franceses lucharon derrochando valor y
que su brulote Zeripsee
intentó inmolarse contra el enorme Zeven
Provinciën, para proteger al resto
de su flota, pero fue hundido a cañonazos antes de que se acodara a
su objetivo. De la misma forma, el caballero de Pomarade, capitán
del navío L´Eveille,
y el teniente L´Escalette, que murió en la acción al mando de su
brulote L´Favori,
recibieron todos los homenajes por el valor demostrado en la batalla.
La terrible lucha duró toda la tarde y noche de aquella funesta
jornada, prolongándose durante buena parte del 24 de octubre, si
bien los atacantes tuvieron que pelear más con las llamas de los
incendios que con sus enemigos, toda vez que, de acuerdo entre sí
españoles y franceses, antes que rendir sus naves las prendían
fuego.
El
cargamento de oro, plata y otras riquezas, que podía quedar
embarcado en los tres galeones de guerra al mando de Velasco y los
hermanos José y Fernando Chacón, además de los catorce mercantes,
nunca lo sabremos con seguridad, pero sin duda fueron muy
considerables. La mala disposición de nuestras unidades para su
adecuada defensa y la superioridad anglo-holandesa, facilitaron que
la batalla se decidiera en favor de los austracistas. Las defensas
galas finalmente cedieron y una buena parte de sus escoltas quedaron
envueltos en llamas dejando acceso a los codiciados galeones, por lo
que Velasco ordenó a su segundo, el contraalmirante José Chacón,
el hundimiento de todos ellos.
Dicen
que este prendió fuego en persona a la vela mayor de La Bufona,
para dar ejemplo a sus hombres y causar la desesperación e
impotencia del enemigo. De hecho, las modernas investigaciones sobre
los fondos marinos de la ría de Vigo tienen catalogados un total de
veinticinco pecios, entre mercantes y buques de guerra, de la
treintena de naves (11 españolas y 19 francesas) hundidas en Rande,
además del galeón sepultado en las Cíes. Según el historiador
García Baquero, el valor de lo capturado por los enemigos pudo
equivaler a unos diecisiete millones de doblones de a ocho,
incluyendo las mercancías ordinarias y los posibles artículos de
lujo.
Pero
una vez ganada la batalla naval, las tropas del duque de Ormond ─que
acabará sirviendo a los Borbones tiempo después─, saquearon a
conciencia la localidad de Redondela y la isla de San Simón,
mientras que Vigo se mantuvo a salvo gracias a la protección de su
gran muralla y sus fuertes defensas. Al final, el almirante Rooke
ordenó abandonar la ría de Vigo el 30 de octubre, dejando una
guarnición de veintisiete navíos al mando del vicealmirante Shovell
para custodiar la media docena de galeones apresados. En su retirada,
los anglo-holandeses causaron numerosos incendios y cuantos desmanes
pudieron, dejando las tierras viguesas desoladas tal y como dieron
testimonio los cronistas de la época, incluyendo el propio informe
que elaboró Chacón.
Hasta
hace unos años se consideraba que, de los tres más grandes y
robustos galeones capturados: Nuestra Señora de los Remedios, San
Francisco Javier, y Santo Cristo de Maracaibo, había sido este
último el que los enemigos remolcaron cargado de monedas y metales
preciosos en sus bodegas. Sin embargo, los arqueólogos e
historiadores gallegos Ramón Patiño Gómez y Yago Abilleira Crespo
─autores de Los galeones de Vigo (RP ediciones, 2005), y Los
tesoros de Rande (RP ediciones, 2014)─, han demostrado con sus
pesquisas en el Archivo de Indias que en realidad fue la nave Nuestra
Señora de los Remedios la que a su salida de la ría, y mientras
iba remolcada por el navío Monmouth, del capitán Jennings,
encalló por su excesivo calado al paso por los bajíos de las islas
Cíes y se hundió con todas sus riquezas.
Según
los diarios de a bordo de varios buques aliados y algunos testimonios
españoles, el galeón tardó en hundirse entre seis y ocho horas,
por lo que a los ingleses les dio tiempo a rescatar buena parte de su
carga antes de su pérdida. Aun así, este naufragio contribuyó como
pocos otros a las leyendas de los fabulosos tesoros sumergidos, que
alimentaron las mejores páginas de la narrativa de aventuras y
piratas. Recordemos cómo el escritor Julio Verne situó en la ría
de Vigo la fuente del oro del capitán Nemo y el submarino Nautilus
en su famosa novela: 20.000 leguas de viaje submarino.
Respecto
al resto de los buques ingleses y holandeses, según los mencionados
investigadores gallegos, los navíos Torbay
y Prince George, dados por perdidos
en Rande por otros autores, pese a quedar muy maltrechos, pudieron
seguir navegando. Los aliados por tanto no perdieron ninguna nave en
contra de lo que afirmó Rooke en la investigación realizada por la
Cámara de los Lores. Tampoco los holandeses sufrieron ninguna baja
significativa en sus unidades, tal y como declaró el almirante Von
Almonde. Así se demuestra acudiendo al diario escrito por el marino
neerlandés Petrus Zaunsliever, considerado como un testigo fiable de
la batalla.
Para
colmo de males, el desastre de Vigo fue el primer dislocamiento del
músculo financiero de la Real Hacienda de Felipe V, y confirmó la
vulnerabilidad naval en la que había caído España desde hacía
tiempo, sumada a la impotencia francesa para defendernos frente al
enemigo común. Si las pérdidas económicas que ocasionó la batalla
de Rande fueron muy significativas, no eran nada comparadas con las
territoriales que poco después se nos venían encima, incluida la
ominosa toma del Peñón de Gibraltar por el almirante Rooke, por la
falta de una adecuada Marina de guerra. El único instrumento de la
época capaz de neutralizar y responder a las agresiones navales de
los coaligados.
Notas:
- El
recuento de naves y fuerzas enfrentadas en Rande suele oscilar según
las fuentes consultadas, por lo que en este relato me atengo a los
datos que se exponen en el Museo de Rande «O Meirande», inaugurado
en 2013 como centro de interpretación de la batalla y custodio del
patrimonio histórico y cultural de la ría de Vigo. En el museo
también se explican las setenta y seis actuaciones realizadas para
el rescate de los pecios a lo largo de tres siglos, que han
resultado muy destructivas. La extracción de madera fue abundante y
los explosivos se emplearon sin miramientos. Hasta principios del
siglo XIX los pecios eran visibles, pero en el informe de la rada de
Ernest Bazin (1872), quedó reflejado que ya estaban medio
sepultados y bastante deshechos. Hay que tener en cuenta que los
pecios no solo fueron barrenados con explosivos, sino que también
se intentaron reflotar una decena. Pero no salió bien y acabaron
reventados, al no soportar el maderamen la presión, por no hablar
de las dragas mecánicas que se usaron indiscriminadamente. En la
actualidad, solo se podrían encontrar quillas y sobrequillas, según
han demostrado las sonografías
realizadas desde el año 2000 en diferentes campañas, así como
unos cuatrocientos cañones de hierro. - Navíos:
L´Solide (56), L´Prudent (64), L´Oriflamme (64), L´Fort (76), La
Sirene (62), La Superbe (70), L´Propmte (76), L´Assure (66),
L´Ferme (74), L´Espérance (70), L´Modere (54), L´Bourbon (68),
L´Eveille (60), L´Dauphine (46), y L´Volontaire (46). Fragatas:
L´Triton (35), L´Entreprenant (34), La Choquante (15) y La
Emeraude (15), y los brulotes L´Favori (12) y Zeripsee (12).
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