Salí de casa antes de que aclarara, como salía siempre. Me acomodé la gorra de visera gastada y sentí la escarcha colarse por los bordes, sobre la calva que ya no tenía mucho que esconder. Setenta y seis inviernos encima, el saco de lana marrón de las noches heladas, el pantalón con la rodillera remendada dos veces. Caminé por la vereda de siempre, las manos en los bolsillos, esquivando sin mirar las baldosas rotas que piso desde antes de que mi hijo naciera.
Pasé por Plaza España. Los bancos vacíos, las palomas amontonadas bajo los aleros. Me senté en el tercero desde la esquina, al que le falta una tabla en el asiento desde hace años. Ahí, mirando la plaza, me vino la escalera.
De metal, angosta, con los escalones perforados como coladores y el pasamanos helado hasta en verano. La bajé mil veces con paso firme. La última vez la bajé distinto, con un miedo que no venía de la altura sino de más adentro. Cerré el puño alrededor del caño, los dedos que ya no cerraban del todo, y apreté con lo poco que me quedaba.
Me levanté del banco. El sol pegaba parejo, sin sombra todavía.
Dos hombres me sostenían, uno de cada lado, como se sostiene algo que puede quebrarse, y yo no quería que me llevaran así, sin preguntarme. Quería bajar por mis propios medios, aunque fuera mal. Quería hacerlo a mi manera. El brazo se me fue quedando pesado, ajeno, y el frío que sentía no era el de afuera sino uno que subía desde adentro, despacio, sin apuro, como sube el agua en una zanja.
Un pasillo angosto. Una luz demasiado blanca sobre la cara. Olor metálico mezclado con algo más ácido, más de cuerpo, que el alcohol nunca termina de tapar. Sentí manos sobre el pecho, dedos que apretaban buscando el pulso, y un metal redondo que se apoyó un instante contra mi piel antes de que todo se apagara. Una respiración agitada cerca de la mía, que no era la mía. El sonido parejo de una máquina, constante, hasta volverse una sola línea larga, sin subidas ni bajadas, como el silbido del viento contra una boca de piedra.
Esas manos, todavía tibias de tanto apretar, se quedaron quietas un segundo antes de soltarme la muñeca. Nudillos secos, piel cuarteada de tanto lavárselas. Bajaron la mirada al piso antes de decir algo que no llegué a escuchar del todo. Alguien lloraba cerca, con un llanto ahogado contra una tela. Yo apretaba los puños sin saber con qué mano, si con la de ese momento o con la del pasamanos.
Después, otra vez la calle. El sol más alto.
Llegué a mi calle. La reconocí por el ritmo de mis pasos, que ahí se hacían más lentos, como siempre después de un día largo.
Y vi las rejas.
Ahí seguían mis huellas, en la pintura verde descascarada: la marca de los dedos, la piel que había dejado esa noche sin decidirlo, aferrado a los barrotes con lo poco que me quedaba. Puse los dedos sobre mi propia marca. No sentí nada. Sentí que ese lugar seguía existiendo, más firme que yo mismo.
Empujé el portón. Cedió sin ruido, como si me hubiera estado esperando.
La ventana estaba iluminada, aunque afuera ya era de día.
Mi hijo, sentado a la mesa, más flaco de lo que recordaba, el pelo más corto, la espalda encorvada sobre las hojas con la misma curva de cuando dibujaba de chico. Me acerqué al cristal despacio, sin que me viera, y leí el papel desde la luz.
Decía Plaza España. Decía la escalera, el pasamanos helado. Decía un metal redondo contra el pecho y un llanto ahogado contra una tela. Decía que, después de mi muerte, ya no le quedaban lágrimas.
– Marcelo Caputo
@EpidermicPoetry
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