La espalda de Vulk

Meseta de Giza, 1935. Bajo una pérgola de parra, el viejo Marwan apoyaba las manos sobre su bastón de madera mientras el té se enfriaba en un vaso de metal. A su lado, sentada en un taburete bajo, Farida sostenía un cuaderno de tapa gastada sobre las rodillas, rodeada de gallinas que picoteaban la tierra.

—Abuelo —dijo la niña, jugando con la punta de una de sus trenzas negras—, ¿por qué el perro nos sigue a todos lados como si fuera de la familia?

Marwan sonrió despacio y apoyó el bastón contra el respaldo del sillón de mimbre. Las arrugas alrededor de sus ojos claros se hundieron un poco más con el gesto.

—Porque lo es, Farida. Y esa historia no empezó ayer. Empezó hace muchos milenios, cuando el mundo era mucho más frío y ni tú ni yo teníamos nombre todavía.

Y entonces Marwan contó.

En el borde de un valle, donde un río todavía joven arrastraba agua de deshielo entre sauces bajos y abedules enanos, un campamento de pieles y huesos de mamut se sostenía contra el viento. El humo de una fogata subía recto en las noches sin ráfaga, y algo se movía entre los arbustos, atraído por el olor de la carne asada.

Deghemon lo notó antes que los demás. Dejó la lanza de hueso apoyada contra una piedra y se quedó quieto junto al fuego, los brazos cubiertos de cicatrices de caza sobre las rodillas, esperando. Un lobo merodeaba cerca del campamento desde hacía dos noches, y esta vez no se había ido con el amanecer.

La primera noche no se acercó más allá de las sombras. La segunda, se quedó a mirar desde la orilla del círculo de luz, y Deghemon alcanzó a ver un pelaje gris manchado de barro. La tercera caminó hasta quedar a un salto de distancia de las brasas, orejas erguidas hacia el menor sonido, y ahí, con la lengua afuera y el pecho agitado, habló.

—Te ayudaré a cazar —dijo Vulk—. Mi nariz encuentra lo que tus ojos no ven, y mis patas alcanzan lo que las tuyas no alcanzan.

Deghemon lo escuchó sin moverse. Cuando por fin habló, su voz sonó tan baja como la del animal.

—Yo te alimentaré. Compartiré contigo lo que cace, aunque estés lejos cuando lo traiga.

—Te buscaré si te pierdes, y te esperaré si te demorás. No te voy a comer, aunque el hambre me tuerza las tripas y tú duermas sin defensa a mi lado.

—Nunca te quitaré la llanura que te pertenece. No habrá jaula ni soga para ti mientras yo viva, ni usaré tu piel para cubrirme del frío, aunque el invierno me muerda los huesos.

Vulk bajó la cabeza un instante, como quien pesa una decisión, y agregó la última condición.

—Jamás hablaré tu lengua, para que nadie fuera de nosotros sepa lo que aquí se ha dicho.

—Ni yo la tuya. Esto que pactamos, se queda entre nosotros dos y la noche que nos escucha.

El viento movió las ramas de los sauces cercanos al agua. Vulk redujo esa distancia hasta quedar al alcance de una mano extendida, y entonces dijo lo último:

—Sé que un día me vas a traicionar. Sé que el tiempo hará que me olvides como soy ahora, que me encierres cuando ya no confíes en mis colmillos, que me cambies por otros como yo, criados a tu gusto y no al mío. Y aun sabiendo eso, voy a estar a tu lado.

Deghemon no dijo nada. No tenía palabras para eso, o quizás tenía demasiadas y ninguna alcanzaba. Estiró la mano y la sostuvo quieta en el aire, cerca del lomo del animal, sin tocarlo todavía.

Fue Vulk quien terminó el gesto. Se dio vuelta despacio y le ofreció el lomo al hombre, dejando expuestos el cuello y la columna, todo lo que un cánido protege con su vida frente a cualquier otra criatura del valle. Y en ese instante, mirando hacia la oscuridad más allá de las brasas, más allá de Deghemon, más allá del propio valle y del propio tiempo en el que estaba parado, algo en los ojos de Vulk pareció alcanzar una distancia que ningún lobo debería poder ver. Como si supiera que ese pacto, dicho una sola vez junto a un fuego que se apagaría esa misma noche, iba a seguir ardiendo miles de años después, en otro fuego, frente a otras dos personas, y en las manos de alguien que ni siquiera había nacido todavía y que en ese momento sostenía un cuaderno de tapa gastada sobre las rodillas.

—Abuelo —dijo Farida, con los ojos muy abiertos y el lápiz detenido a mitad de una línea—, ¿por qué le dio la espalda? ¿No es peligroso dársela a alguien?

Marwan la miró con una calma que no parecía tener edad, la barba entrecana asomando bajo el turbante blanco.

—Eso, mi niña, es la señal más grande de confianza que un lobo puede dar. Ningún animal salvaje le da la espalda a algo que teme. Yo lo aprendí mirando a los perros del pueblo, no en ningún libro. Algún día alguien lo va a escribir en uno, aunque para entonces nosotros ya no estemos para leerlo.

Farida se quedó pensando, descalza, moviendo los dedos de los pies en la tierra tibia, con la mirada perdida entre las gallinas.

—Aquel lobo —retomó Marwan— se transformó, generación tras generación, en el compañero que hoy duerme a los pies de nuestra cama. El pacto se cumplió del lado del lobo: nos ayudó, nos alimentó de compañía cuando estuvimos solos, nos esperó en la puerta cuando volvimos tarde. Del lado nuestro, la historia todavía se está escribiendo.

Quedaron en silencio, con el sol bajando detrás de las pirámides.

—Abuelo —dijo por fin Farida, cerrando el cuaderno sobre su falda—, ¿y los gatos? ¿Ellos también hicieron un pacto como ese?

Marwan sonrió, esta vez con algo parecido a un secreto guardado.

—Esa, mi niña, es otra historia. Y no estoy seguro de que ellos hayan prometido nada.

. Marcelo Caputo

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