El 18 de julio de 2017 la televisión pública ZDF-Kultur emitió, desde sus estudios en Berlín, una entrevista con el doctor Klaus-Dietrich Webor, especialista en asiriología y epigrafía protoelamita de la Universidad de Heidelberg. Esa noche anunció que su equipo había descifrado por completo la tablilla de Kandáru, un fragmento de arcilla de cerca de cinco mil años de antigüedad, datado en el 3100 a.C., resguardado en el Museum of Archaeology and Anthropology. No son cuentas de granos ni de ganado, dijo. Es el registro más antiguo que se conoce de un intercambio de palabras entre dos personas, aunque la tablilla no es el origen de ese encuentro: apenas lo puso por escrito. Lo que contiene, aclaró, ya era antiguo cuando alguien decidió grabarlo en la arcilla.
El texto transcribe una escena ocurrida diez mil años antes de que existiera la tablilla misma, en plena Edad de Hielo, entre un anciano y su aprendiz. Durante milenios esa historia había pasado de boca en boca, de generación en generación, hasta que alguien en Kandáru finalmente la fijó en barro. Webor empezó a relatar, palabra por palabra, lo que el hueso y la piedra habían guardado durante todo ese tiempo.
En una cueva fría que olía a grasa de tuétano quemada, a tierra mojada y al óxido metálico del ocre molido, la única luz salía de una lámpara de piedra, apenas suficiente para que las sombras de dos manos treparan gigantes por la pared caliza. Afuera el viento silbaba contra la boca de piedra como un animal que no logra entrar.
Tika tenía catorce inviernos y los dedos siempre manchados de negro. Al viejo Ókar los años le habían encorvado la espalda; llevaba el hueso de las lunas colgado al cuello, un peso que no podía soltar y tampoco quería. Ella era la aprendiz. Él, el guardián de las marcas que contaban el tiempo.
Tika miraba el hueso que Ókar tenía entre las manos, la costilla de mamut pulida, llena de esas muescas finas.
—¿Por qué ahí no está tu hijo? ¿Por qué nunca tallaste su nombre?
No lo preguntó con maldad. Era solo curiosidad, la que no mide dónde pisa.
Ókar no levantó la vista. Siguió raspando la piedra de sílex contra el hueso, una línea recta detrás de otra.
—Mi hijo dijo frente a toda la tribu que no era mi sangre —contestó por fin—. Lo dijo mirándome a los ojos, junto al fuego.
Ella dejó quieta la mano sobre la roca fría.
—Cuando mi padre se quebró la cadera cazando —siguió él—, quedó tirado tres días esperando que alguien volviera por él. Mi hijo estaba a media jornada de distancia. Sabía dónde. No vino.
El viento se coló por la boca de la cueva. Ókar cerró el puño alrededor del hueso.
—Por eso no lleva su nombre. Si lo tallo, se me mete en la palma cada vez que cierro la mano. Se me cuelga del cuello, se me mete bajo las uñas cuando cuento las lunas. No quiero sentirlo ahí. Quiero que el frío se lo coma, como se comió a mi padre.
Ella negó despacio, sin apartar los dedos de la piedra.
—Entonces píntalo aquí —propuso—. No en el hueso, que va contigo a todas partes y te muerde cada noche. Aquí, en la roca. La cueva se queda, nosotros nos vamos. Que la traición se quede con la tierra y no contigo.
Ókar miró la pared donde ya había un bisonte herido, la huella de una mano soplada en rojo.
—Si lo pinto ahí —respondió—, ¿quién carga entonces el recuerdo de mi padre? ¿La piedra que no siente, o yo, que sí sentí su peso en los hombros cuando lo bajamos de la montaña?
Ella no encontró qué decir. Bajó la mirada, esperó, como le habían enseñado que se espera cuando el mayor todavía no termina de hablar. Ókar volvió a levantar el sílex, esta vez sobre el hueso desnudo, y quedó con el brazo detenido en el aire, sin decidir si tallaba o no.
Aquí, retomó Webor, la tablilla se quiebra. Un golpe antiguo, tal vez un descuido de algún escriba, partió justo la línea donde Ókar decide. Jamás sabremos si esa historia terminó grabada en la roca o en el hueso. El fragmento que la habría respondido no llega hasta nosotros y probablemente no llegará nunca.
Hacia el final de la entrevista, el doctor Webor compartió una analogía biológica para explicar la fuerza oculta detrás de este hallazgo:
Científicamente, el espolón de un perro no muta por deseo, pero la evolución premia lo que insiste. Si a esa garra se le dan millones de años de presión y de instinto de supervivencia, termina siendo un pulgar capaz de sostener algo con cuidado. Con la mente pasó lo mismo: no solo aprendimos a pensar por necesidad de sobrevivir. También aprendimos a sentir el peso de lo que perdemos, y a cargarlo, o a intentar soltarlo.
La entrevista cerró con una reflexión que quedó grabada en la comunidad científica:
Pensar en la propia existencia no es un invento reciente. Esta tablilla demuestra que ya lo hacíamos hace quince mil años, frente a un fuego, sin saber todavía si el dolor se talla en un hueso o se pinta en una piedra. Puede que sigamos sin saberlo.
- Marcelo Caputo
OPINIONES Y COMENTARIOS