La sala no existe ni siquiera en el tiempo. Flota en una región donde, cansada de arder, no tiene forma fija.
Allí llegan las almas antes de vestirse de carne. Como llevadas por una corriente silenciosa. Cada una conserva restos de otras vidas, hasta una culpa sin rostro, un amor incompleto, pues las pasiones no se pierden del todo.
En el centro de la sala hay un espejo de las posibilidades que refleja destinos. Quien se acerca ve desdoblarse historias que aún no han ocurrido: El espejo no juzga. Solo muestra. Y cada alma siente mucha calma en ese sitio.
A veces se repliega sobre sí misma y desaparece, pero es solo el comienzo de un ciclo.
En el vientre, los señores observan. No son justos ni crueles. Saben que cada nacimiento es un acto de independencia.
Cuando llega el momento, la presión se vuelve insoportable. La oscuridad se quiebra. La carne duele. La luz hiere.
El alma atraviesa el umbral con un grito que no es solo suyo, sino de todas las esencias que han pasado antes por ese corredor.
Y comprende, con una claridad que pronto olvidará, que no ha llegado a un hogar perfecto, sino a uno posible. Eso basta.
Porque con la llegada, comienza un nuevo aprendizaje.
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