En Rincón y Pavón existió, o acaso existe todavía, una sociedad secreta cuya misión era encender los faroles que ya nadie necesitaba.
No hablo de los faroles eléctricos, esos que obedecen a un reloj o a una oficina municipal. Me refiero a los otros: los que iluminan una conversación demorada en la vereda, el regreso de un enamorado sin coraje o la tristeza de un hombre que decidió caminar una cuadra más para no llegar tan temprano a su casa.
Los socios se reunían en un café que ya había cerrado varias veces. Cada nuevo dueño creía inaugurarlo; ignoraba que el verdadero café seguía siendo el mismo, sostenido por las discusiones de siempre. Allí se sentaban un violinista que desafinaba con elegancia, un colectivero jubilado que aseguraba haber transportado ángeles en el recorrido 53, y una muchacha que conocía de memoria los nombres de todos los gatos del barrio, incluso los que todavía no habían nacido.
El presidente de la sociedad era un hombre insignificante. Esa condición resultaba indispensable para el cargo. Decía que los héroes llaman demasiado la atención y terminan perjudicando los asuntos delicados.
Cada tarde repartía las tareas.
—Usted —le decía a uno— cuide la esquina de Bacacay. Allí hay un muchacho que esta noche va a declararse.
—¿Y si no se anima?
—Entonces encienda dos faroles. A veces el amor necesita más luz que valentía.
Nadie cobraba un peso. La recompensa consistía en esos milagros mínimos que las personas atribuyen a la casualidad: encontrar una carta perdida, cruzarse con un amigo al que uno estaba por olvidar o descubrir que una canción antigua conoce mejor nuestra historia que nosotros mismos.
Con el tiempo llegaron las luces de neón, los teléfonos que responden antes que los amigos y las pantallas que prometen compañía sin exigir presencia. Muchos creyeron que la Sociedad de los Últimos Faroles había desaparecido.
Se equivocaban.
Las sociedades secretas nunca desaparecen. Apenas dejan de figurar en las conversaciones de la gente prudente.
Todavía hoy, si uno atraviesa Rincón y Pavón en ciertas noches de invierno, puede advertir una claridad extraña en alguna esquina. No es la luz de un foco ni la de la luna. Es un resplandor antiguo, hecho de recuerdos, de promesas incumplidas y de esperanzas tercas.
Los vecinos siguen de largo sin advertirlo. Pero hay quienes, al pasar por esa luz, sienten de golpe que el barrio los reconoce. Y esa sensación, aunque dure apenas un instante, basta para creer que el mundo no está del todo perdido, porque todavía queda alguien —o algún ángel con discreción porteña— empeñado en encender los faroles que el alma necesita.
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