En algunos barrios las esquinas no son el cruce de dos calles, sino el de dos destinos. Hay hombres que lo saben. Por eso, cuando vuelven de noche, aminoran el paso antes de llegar a ellas, como quien se acerca a un viejo amigo que ha aprendido a callar.
Conocí a uno de esos hombres. Decía que las esquinas guardaban memoria. No la memoria de los historiadores, siempre ocupados en batallas y presidentes, sino la otra: la del primer beso, la de un perro que esperaba a un dueño que nunca volvió, la de un tango silbado por un muchacho que ignoraba que estaba siendo feliz.
—Las ciudades envejecen porque olvidan —me dijo una vez—. Los barrios, en cambio, sobreviven porque recuerdan.
Nunca supe su nombre. Tal vez no lo tenía. Hay personas que son apenas una costumbre del universo.
Una madrugada me confesó un secreto. Aseguró que todos los amores perdidos siguen viviendo en una esquina cualquiera. No vuelven porque alguien los espere, sino porque el tiempo, que es distraído, a veces deja abiertas algunas puertas.
Desde entonces, cuando paso por una esquina desierta, miro dos veces. No espero encontrar a una mujer del pasado ni a un amigo muerto. Espero encontrarme a mí mismo, ese desconocido que alguna vez creyó que el mundo era infinito y que bastaba una noche de verano para justificar una vida.
Tal vez ése sea el verdadero oficio de las esquinas: recordarnos que nadie regresa al pasado, pero que el pasado, de vez en cuando, tiene la delicadeza de venir a saludarnos.
OPINIONES Y COMENTARIOS