Hay una superstición, acaso la más difundida de todas, que identifica la duración con el conocimiento. Se supone que los años, por la sola obstinación de repetirse, terminan revelando el rostro verdadero de las personas. No estoy tan seguro.

Creo perfectamente posible tratar a alguien durante décadas y no haber cruzado jamás el umbral de su intimidad. Las costumbres, las cortesías y hasta los silencios pueden erigir una arquitectura tan sólida como engañosa. Dos seres pueden compartir una parte considerable de sus vidas y seguir siendo, el uno para el otro, apenas una conjetura.

También ocurre el prodigio inverso. Bastan, a veces, menos de sesenta minutos para que dos desconocidos descubran una afinidad que parecía aguardarlos desde siempre. No es un milagro del tiempo, sino de su calidad. Hay conversaciones que avanzan con la lentitud de un calendario y otras que atraviesan, en un instante, las regiones más secretas de la memoria y del pensamiento.

He llegado a sospechar que el tiempo no se mide por relojes ni almanaques, sino por la intensidad con que es habitado. Una hora puede contener una vida entera, del mismo modo que una vida puede no alcanzar para decir una sola verdad.

No debo olvidar otro elemento, quizá el más decisivo: la estrategia de la comunicación. Cada palabra elegida, cada silencio respetado, cada pregunta formulada con genuina curiosidad o con deliberado cálculo modifica el destino de un encuentro. Conversar no consiste únicamente en intercambiar frases; es decidir cuánto de nosotros revelamos y cuánto preferimos conservar en la penumbra.

Tal vez conocer a alguien no dependa del tiempo compartido, sino del raro instante en que ambos abandonan, aunque sea por un momento, el personaje que representan ante el mundo.

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