Me he convertido en putrefacción.
Ya no busco quién calme el frío, ya no hay abrigo, este se ha vuelto nido.
Ya no busco manos que me armen de nuevo.
Si tuve que morir para aprender a ser nido, que sea entre mis ruinas donde me encuentre viva.
Me pudro por dentro como hueso olvidado en tierra, carcomido por el tiempo y la espera.
No duele al inicio, duele cuando el gusano nombra cada grieta donde antes brillabas con una sonrisa.
Mi corazón cada día sin ti cruje como puerta vieja.
Se deshace en astillas, se vuelve polvo y fango, porque sin ti, no hay carne que lo sostenga.
Me encerré a vivir en lo oscuro, cada brindis es una condena.
En este cuarto ni el eco se atreve a quedarse, estoy dopada, estoy completamente sola.
Aquí aprendí que la soledad no mata, solo te enseña a morderte, a calmarte, a moldearte, a enfrentarte a esa versión odiada.
Y entre ansiedad y depresión, nacieron polillas ciegas de fé, hambrientas de luz, de color, de vida.
Rasgando mi piel, rasgando mis venas, rasgando esa tela de lo que un día fui.
Un hueso podrido también abona, y un corazón roto también germina.
Hoy me recojo astilla por astilla, me siembro sola, por mí, para mí.
Porque la muerte me enseñó que hasta en las cenizas se hace nido.
Y ahora entiendo:
Si tuve que podrirme para aprender, pues voy a empezar a arder, a renacer.
En este cuarto oscuro la soledad me obligó a abrazar mi sombra.
Ya me cansé de llorar, no puedo seguir desangrándome más.
~Juth
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