Mi tío, el duque Federico, tras robarle el trono a mi padre, ha decidido que la inteligencia de su sobrina es una amenaza y me ha desterrado bajo pena de muerte.
La tragedia me ha obligado a cambiar los vestidos por pantalones y a huir al Bosque de Arden disfrazada del pastor Ganímedes, en compañía de mi fiel Celia.
Pero no consiento que el rugido del cielo silencie mi canto, ni que la densa niebla opaque mi mirada. Ante los días grises y el viento en contra, despliego mi humor como un estandarte de sol, transformando el aguacero en una danza y el lamento en risas.
—¡Oh, qué tragedia! —exclamé, acomodándome el corpiño.
Celia rio tras un arbusto.
—¡Qué horror respirar aire puro en vez de aguantar los chismes de la corte!
Mira los árboles, que Orlando ha llenado de poemas ridículamente cursis. ¡El amor! Esa enfermedad que vuelve idiotas a los hombres sanos. Miradlo, suspirando por mí mientras le hablo vestida de granjero. El amor no es ciego: es completamente sordo y muy, muy despistado.
¡Que viva el destierro si me libra de los cuerdos!
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