El amor en Carcosa

El amor en Carcosa

Ema UB

19/07/2026

Me mordió la oreja, besó mi cuello y finalmente se recostó a mi lado sonriendo, como siempre suele hacerlo cuando está cansada o cuando las pesadillas se han vuelto a presentar en sus sueños. Tarareaba aquella canción desconocida que siempre se rehúsa a compartir porque dice que los gustos estrambóticos pueden convertir a otro en algo similar a lo que ella es y ella no quiere copias. Ella siempre fue así: mitad locura y mitad cordura.

—No hay nada correcto en esta pequeña aventura de buscar al lobo para pintarle las uñas —decía—. Pero si hemos de morir, que sea haciendo incongruencias risibles en vez de matando al prójimo en alguna guerra estúpida. Tú sabes que odio con fervor a la gente necia; yo misma me detesto cuando la estupidez me domina y las guerras son casi siempre iniciadas por algún necio. Quisiera saltar de lo alto del puente que queda cerca de casa cada vez que lo pienso, pero recuerdo que quizá alguien me lloraría y me detengo… Aunque siempre me has visto caminar por el barandal y jugar al equilibrio en el borde del abismo. Quizá uno de estos días termine de resbalar y así ya no escuche ni vea más aquellas cosas que me fastidian en demasía; entre ellas, la guerra.

»Volviendo a esta pequeña aventura… Si me dieran a elegir entre morir intentando amarte o morir en un campo de batalla luchando por alguna ideología, Dios, Patria o Libertad, cree cuando te digo que prefiero que me mates tú con alguna traición o mentira. Seguramente Dios me recibiría en el cielo con los brazos abiertos, y si no es Dios, quizá el diablo me acepte entre sus concubinas… No creo ser tan fea.

Se reía como si le hubieran contado un gran chiste y, mientras lo hacía, sus ojos marrones destellaban una especie de maldad; esa malicia propia de las féminas que se saben dueñas y señoras de su vida. Iniciaba un pequeño debate consigo misma, se reía de sus propias ocurrencias, y yo me convertía en un simple espectador de ese monólogo al que ella llamaba «mi aburrida vida».

Dejó de reír por unos minutos y, con el rostro lleno de seriedad, me miró.

—Tienes un lunar en el cuello, yo tengo un lunar en el cuello. Tienes un lunar en el hombro izquierdo, yo tengo un lunar en el hombro izquierdo; besas como un demonio hambriento, igual que yo. Extraño… Parece que fuéramos reflejos y no personas diferentes. Pensar en eso me causa miedo, porque si fuéramos espejos, estamos destinados a matarnos mutuamente; así lo dicta la ley de la existencia. Los espejos no pueden encontrarse, y peor aún, amarse como lo hacemos nosotros. En algún punto nos romperemos y moriremos, porque cuando fuimos a Carcosa, recuerda que…

La besé para matar esos delirios en su boca, porque a veces su locura me hacía perder la paciencia, y yo, sin paciencia, soy un pésimo amante.

Así la recuerdo. Ese día recibí el llamado y las noticias me llevaron a rendirme de rodillas. Abandoné mi casa como el diablo abandona el infierno cuando lo convocan, y cuando la vi, parecía poesía: sus largos cabellos húmedos, sus ojos marrones escandalosamente abiertos y apagados, el escarlata derramado sobre su piel y el silencio que solo ella sabe dejar después de abandonar un lugar.

Un accidente decían, que había resbalado mientras cruzaba el puente en dirección a la estación de tren, un precipicio de 25 metros de profundidad recibió su cuerpo, lo abrazó con fervor y nunca más la soltó. Pero cuando besé sus manos para despedirme, encontré un símbolo marcado en la palma de su mano izquierda y en su mano derecha un pedazo de papel en el que decía: «Ellos lo saben»

Se fue, dejando la tarea inconclusa, y yo como ya es costumbre, buscaré a alguien más, alguien que pueda terminar lo que ella no pudo, amarme sin morir en el intento. 

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