El coleccionista de historias.

Antes que escritor, aquel hombre había sido un coleccionista de historias. No las escribía: las rescataba. Decía que las historias andaban sueltas por el mundo como los gatos de los puertos, esperando que alguien las llamara por su verdadero nombre.

En el café donde pasaba las tardes nadie sabía demasiado de él. Llegaba siempre a la misma mesa, pedía el mismo pocillo de café y aguardaba. No esperaba a una persona, sino a una conversación. Bastaba que alguien mencionara un viaje, una traición, una herencia o una lluvia extraordinaria para que él sonriera con la serenidad de quien acaba de encontrar una moneda antigua.

Entonces comenzaba.

Contaba la vida de un marinero que jamás había visto el mar; de un relojero que construía relojes sin agujas para que el tiempo dejara de perseguir a sus clientes; de una mujer que envejecía solamente los miércoles; de un arquitecto que diseñó una casa tan perfecta que nadie quiso habitarla por miedo a estropearla con la vida cotidiana.

Nadie sabía si aquellas historias eran ciertas. Él tampoco parecía interesado en responderlo. Solía decir:

—La verdad es una forma modesta de la imaginación.

Con los años ocurrió algo extraño. Las personas comenzaron a recordar aquellas historias como si les hubieran sucedido a ellas. Un comerciante juraba haber conocido al marinero. Una anciana afirmaba haber visitado la casa perfecta. Un niño insistía en que los miércoles su abuela envejecía de golpe.

Las historias habían dejado de pertenecer a quien las contaba.

Una tarde el hombre no volvió al café.

Los parroquianos lo esperaron durante días. Al principio con preocupación; después con resignación. Sin embargo, el silencio duró poco. Uno de ellos recordó la historia del relojero. Otro añadió detalles que nadie recordaba haber oído. Una mujer completó el final del marinero. Sin advertirlo, comenzaron a hacer exactamente lo que aquel hombre había hecho durante toda su vida.

Muchos años después, un muchacho preguntó quién había inventado aquellas historias.

Nadie pudo responder.

Tal vez porque las historias nunca fueron de nadie. Tal vez porque pertenecen al idioma, a la memoria o a ese territorio incierto donde los hombres intentan vencer al olvido. El viejo narrador había comprendido una verdad sencilla: quien cuenta una historia no la posee; apenas la acompaña durante un trecho del camino.

Y acaso esa sea la única forma discreta de alcanzar la inmortalidad: desaparecer, pero dejar que otros continúen hablando con nuestras palabras, sin recordar ya nuestro nombre.

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